LA CUESTIÓN CATALANA: Las secuelas del Estatut
Mientras dirigentes de ciertos partidos políticos y los sectores más nacionalistas de los medios de comunicación están, desde hace semanas, calentando el ambiente para orquestar un rechazo político a una eventual sentencia negativa del Tribunal Constitucional, desde otros relevantes sectores de similar ámbito aumentan las críticas a éste y se confiesan los errores que se han cometido al aprobarlo. Me refiero, obviamente, a las sonadas declaraciones de Maragall, pero no sólo a eso. Me refiero también a diversas declaraciones de Pujol en que, de forma sibilina, se ha distanciado de la operación Estatut y ha dado claras muestras de escepticismo ante su resultado final. También el mismo Josep Maria Soler, abad de Montserrat, declaraba ayer en La Vanguardia:"Creo que todo el debate en torno al Estatut no ha facilitado las cosas y todos hemos salido perdiendo. Estamos en un periodo muy importante, que pide reflexión, mucha pedagogía, menos partidismos y menos disputas bizantinas. Y una mente abierta". Efectivamente, faltan reflexión y pedagogía, y sobran partidismos, disputas bizantinas y mentes cerradas.
La verdad es que muchos en privado están de acuerdo con Maragall y opinan también que el enorme esfuerzo político dedicado a reformar el Estatut "no ha valido la pena". Pues bien, la reflexión debe empezar por buscar a los culpables de esa actuación inútil y perjudicial. No se trata de elaborar una lista de nombres. Se trata más bien de pensar en lo que falla en la sociedad catalana para llegar a la situación en la que nos encontramos.
En efecto, algunos, muy pocos y muy aislados, advirtieron desde el principio que el nuevo estatuto no conducía a nada positivo y que éste era un camino equivocado. Inmediatamente se les consideró, con éstas u otras palabras, como anticatalanes y españolistas; en definitiva, se les trató de traidores. No hay adjetivos más apropiados para crear aislamiento en la Catalunya oficial: en privado muchos admiten las razones de los discrepantes pero en público nadie las sostiene. Hay miedo. Y cuando hay miedo, en lugar de un debate abierto y argumentado, en un país se pueden cometer los más grandes errores. Yen este país, me refiero a Catalunya, hay que eliminar tabúes y tener más sentido crítico, moderar el papel de los sentimientos y utilizar más la razón.
Pero las palabras de Maragall han incidido de lleno en el debate de estas semanas: la constitucionalidad del Estatut. Maragall ha dicho que el gran error ha sido haber emprendido la reforma sin haber modificado previamente la Constitución. Con ello, admite implícitamente que el actual texto, en primer lugar, no pudo conseguir lo que se pretendía con el proyecto aprobado en Catalunya y por ello fue severamente modificado en el Congreso; y, en segundo lugar, que a pesar de estas modificaciones probablemente no se ajusta a lo que cabe en la Constitución y, por ello, algunos de sus artículos serán considerados inconstitucionales. El desespero en el PSC es comprensible ante la inoportunidad política de su ex presidente, pero quizás los ciudadanos deben pedir cuentas a todos - a Maragall el primero- de cómo se ha llegado a tal desaguisado.
Los catalanes presumimos de que una de nuestras características es la obra ben feta.Quizás deberíamos llegar a la conclusión de que, como en todas las sociedades, unos hacen las cosas bien y otros mal. Algo tan simple y natural como eso.

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