AQUI NO HAY PLAYA
Una tras otra las ballenas se arrojaron sobre la playa. La falta de agua las dejó sin aire y descubrieron que morir es secarse por dentro. Los hombres estaban allí. Las empujaron de nuevo al agua y a la vida. Pero los hombres no somos dioses. No siempre. Las ballenas volvieron de nuevo a vararse en la arena. Trece ballenas. Sucedió hace pocos días en las playas de las islas Galápagos, en Ecuador. Dicen que el último santuario de la vida salvaje en este planeta azul y devastado. Parece que por todas partes las ballenas se suicidan navegando tierra adentro, hasta convertirse en esqueletos en las playas de medio mundo. Hay quien dice que han comprendido que el cambio climático está acabando con su universo y la contaminación de los humanos ha destruido los océanos. Puede ser. Puede ser que las ballenas sean las únicas que sepan lo que pasa ahí fuera y aquí dentro.
Puede ser, aunque otros dicen que las ballenas, como los madrileños, son animales que siguen ciegamente a su líder. Si el líder las conduce a un banco de plancton y pececillos comen. Si el líder pierde el rumbo y las envía a morir, mueren. Las ballenas se orientan gracias a un sonar tan delicado como un instrumento de navegación espacial. Se ha demostrado que los últimos radares militares como los utilizados por el Ejército de Estado Unidos alteran el sonar de las ballenas. El líder las conduce hacia la muerte creyendo que las lleva a un festín de peces. El día del desastre de las ballenas la primera dama norteamericana, Laura Bush, y sus hijas estaban visitando las islas Galápagos protegidas por algunos barcos militares de los Estados Unidos. En las web de los ecologistas se da por seguro que las ballenas que creían seguir a su líder en realidad seguían las ondas de los radares de Laura Bush. Nadie sabe si las ballenas piensan que son libres, pero al menos a nosotros nos queda el consuelo de pensarlo mientras enfilamos la nueva M-30 llena de modernos túneles camino de otro atasco y de otro puente.
Quizá las ballenas querían escapar de los líderes y las promesas electorales de estos días igual que nosotros queremos escapar de la crispación y la persistente lluvia. Nadie sabe las leyes ocultas que rigen la estresante escapada de la ciudad sin ley ¿Huimos del tráfico, de los agobios o de nosotros mismos? Sabemos que al final de la carretera nos encontraremos más tráfico, quizás más agobios, a lo peor a nosotros mismos. Ni nosotros ni las ballenas sabemos adónde va el Planeta Tierra. Ni quién va a ganar las elecciones autonómicas y municipales ni mucho menos la Liga de Fútbol. Las ballenas no tienen días festivos. No se guían por Alberto Ruiz-Gallardón ni por un GPS. Pero nos queda, como a ellas, el gran consuelo de no saber si quien dirige nuestros pasos al abismo es Bush o un extraterrestre.
© Mundinteractivos, S.A.

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