La vida, ese don impagable de la existencia, es la fuente de todas las cosas; algunas son buenas y las sentimos como un regalo generoso y otras son malas y las sentimos con dolor. Incluso algunas las sentimos con ambas cosas, alegría y dolor, como si fueran las dos caras de la misma moneda. Estar vivo significa, pues, esa amalgama de sentimientos y sensaciones contradictorias las más de las veces. El cuerpo se expresa en parámetros de euforia, cansancio, dinamismo, pasividad, alerta, sueño, según el esfuerzo empleado y las gratificaciones conseguidas. También las frustraciones de las expectativas dejan señales en el cuerpo, muchas de ellas negativas hasta el punto de que duele alguna parte del cuerpo si duele alguna parte del alma.
Sigmund Freud dice de la histeria de conversión que produce unos síntomas físicos de cualquier clase, sudores, taquicardias, parálisis, cansancio extremo cuando el yo no encuentra la manera de cargar con todo lo que según la percepción del individuo - a veces ampliada exageradamente- siente que tiene que responder a las propias expectativas. Entonces, una buena parte de la carga libidinal del sujeto se traslada al propio cuerpo creando síntomas varios como los enunciados antes. Con ello, descarga una parte de su peso y, debido a los síntomas, recibe de su entorno cuidados y atención, lo que se llama beneficios secundarios.
Las personas que actúan así acostumbran a ser seductoras y también por lo tanto fácilmente seducidas. Tanto es así que a veces les resulta imposible decir no a cualquier propuesta, sea ésa de trabajo, de diversión o sexual, da igual; la dificultad está en poner un límite con el no. De manera que con la inmensa variedad de propuestas que suele haber a lo largo de su vida, se extenúan por su incapacidad de poner un límite e ellas. Y entonces, como mecanismo de supervivencia, el yo descarga todo lo que le sobra sobre el cuerpo y esa carga duele. Duele porque se altera el ritmo de sus funciones aunque no se haya estropeado ningún órgano. La biología humana tiene un ritmo y la alteración continuada de ese ritmo puede acabar produciendo lesiones.
Existen trastornos que cursan con dolor, trastornos que no se detectan en análisis ni prueba alguna, pero están allí como un signo de que hay que cambiar el ritmo de las cosas o de la vida que se lleva. Algunas personas prefieren dar a esos trastornos nombre y apellidos, lo que se dice un buen diagnóstico, para así tener la certeza de que arrastran alguna enfermedad un poco invalidante que les dé una clase de bula para no tener que plantearse las cosas del alma, o del espíritu o de la mente, o lo que quieran llamarle a la parte no material de la persona. Pero ese engaño puntual que el yo encuentra para descargarse de tantas demandas es un engaño que cuela de momento, pero como en todos los engaños tiene repercusiones importantes. La primera es el rechazo a la reflexión de por qué ocurre y por lo tanto se cierra la puerta para una revisión del modo de vida que de manera tan evidente supera a la persona. Las otras repercusiones son de la categoría de instalarse en un síndrome crónico tipificado oficialmente y cerrar la otra puerta a una maduración del individuo.
El transcurrir de la vida trae dificultades añadidas siempre, no hay luz sin sombra, ni amor sin temor a perderlo. Es así y vale más enterarse y estar preparado para ello y, si alguna vez llega el dolor de una pérdida, que más tarde o más temprano llega, aceptarlo permite que pueda vivirse de otra manera que no sea como una ofensa personal. La inteligencia sirve para eso precisamente, para poder aceptar tanto las alegrías como las penas sin necesidad de grandes estropicios. Y aunque la vida duela a veces, creo que lo importante es vivirla.

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