La Coctelera

Reggio

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28 Abril 2007

La desgracia de ser un genio, de Gregorio Morán en La Vanguardia

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Me hubiera gustado titular Ser genio es una putada pero entiendo que los hábitos lectores obligan a una cierta autocensura. Conforme la uniformidad ha invadido nuestros varemos sociales, cualquier cosa chocante produce el efecto de un disparo. No me cabe ninguna duda que ser un genio está entre las mayores putadas que le pueden ocurrir a un ser humano. Aunque haya suficientes casos notorios en la historia cultural de la humanidad, se me confirmó y con carácter de evidencia, al leer las Conversaciones con Glenn Gould recién aparecidas en castellano (Edit. Global Rhythm). Si utilizáramos símiles tan precisos como audaces podríamos afirmar que el genio es como el cerdo ibérico, del que no sólo se aprovecha todo sino que resulta al completo de altísima calidad. Y además, como éste, lleva una vida destinada, desde que se descubre su genialidad, al usufructo de esa su cualidad excepcional; vive para ser descuartizado gozosamente. Su disfrute, placer, ansiedades, obsesiones, inclinaciones y gustos, podrán ser cumplidos en función de que tarde o temprano el genio produzca para un mercado insaciable. La metáfora desazonadora de Orson Welles -otro genio que convirtió su vida en una frustrante putada- al final de Ciudadano Kane con la bola de cristal y la palabra Roosball, o algo parecido, que evoca el trineo de su infancia perdida, es el reconocimiento de dos obsesiones, la del gran hombre riquísimo e infeliz, y la de un director de cine capaz de obligar a los espectadores a ver una película de metraje disparatado como mínimo dos veces, único modo de ser capaces de ligar escenas tan distantes y fugaces.

Siempre me han conmovido los padres que se esfuerzan por conseguir que sus hijos sean genios de probeta, ya sea en el arte o en el deporte, fraguando en todos los casos una vida desgraciada. Incluso teniendo éxito y siendo adorados por la sociedad, el resultado es patético para el personaje que acaba convertido en genial. No sé si era Edisson el que resumía la condición de genio en un diez por ciento de inspiración y otro noventa de transpiración, o lo que es lo mismo: la inexplicable concesión de los dioses y todo lo demás esfuerzo. ¿Quién no tuvo como compañeros de colegio a algún genio local en estado de promesa? Yo recuerdo incluso que, cuando tuve ocasión de volver a los lugares de mi infancia, como evocaba a alguno, pregunté por él e incluso le fui a ver; sin ningún interés malsano sino por tratar de descubrir el eslabón de la cadena de su vida que se rompió y le dejó en la inmensa cuneta de la vida común.

¿Qué padre no sintió una cierta emoción y orgullo ante el progenitor de Mozart, el implacable Leopoldo, elemento capital en la formación del genio que sería su hijo? Es verdad que aquel Amadeus de Milos Forman tiene un montón de elementos, digamos que literarios, extrahistóricos, como lo del perverso Salieri, que era un buen hombre por lo que se sabe y músico notable al viejo estilo. Una maldad que habían inventado primero Pushkin -otro genio jodido en su grandeza- y luego el brillante Shaffer. Pero había un núcleo de verosimilitud en esa historia y era el aprovechamiento obsesivo del genio por su padre. Porque hacer de un hijo un genio, y por tanto, forzarle hasta romperle, única forma de constatar si se trata de un genio o un fraude, es por encima de todo una inversión. La mejor inversión familiar. Antaño y ahora. No entiendo nada de carreras de coches, por no saber no sé ni conducir, pero es conocido que en Oviedo, ciudad donde el toque de mediocridad provinciano se compensa con una conciencia sarcástica muy elevada, se burlaban de ese padre que hacía montar a un niño de apenas cinco años en unos cochecitos de carreras forzándole a interminables ensayos, obsesionado en convertir a su hijo en lo que hoy es Fernando Alonso. ¿Y la cantidad de gilipollas megalómanos que hicieron lo mismo y tienen a su hijo hecho unos zorros en la consulta del psiquiatra?

Vivimos en tiempos de mediocridad pero con un elemento nuevo que es la facilidad para convertirte en genio virtual, en genialidad efímera. Ahí tenemos el caso de Andy Warhol; difícil encontrar un artista más mediocre y a su vez no apreciarle como un genio de la promoción. A Cesare Lombroso, una lumbrera en su tiempo, hoy felizmente apagada, le debemos muchos de los tópicos de la sociedad burguesa, algunos de los cuales perviven en nuestras reacciones, y no para bien. De las apariencias físicas de un tipo, o de un grupo racial, hay quien extrae conclusiones sobre su bondad o perversidad, sobre su inclinación al delito o a la beatitud. Lombroso sostenía que el genio era una de las formas de la insania, lo que hoy traduciríamos por no estar sano. Una persona sana no podía ser genio.

Glenn Gould fue uno de los pianistas más geniales de los que tiene conciencia la historia de la música. Podrán gustarnos mucho o nada sus versiones de Bach o de Brahms o de Beethoven, pero nadie que haya escuchado una grabación de Glenn Gould puede sustraerse a la fascinación que produce su brillantez, su pulsación única, su peculiar modo de reinterpretar cualquiera de los cánones con los que nos habíamos pertrechado desde hace más de un siglo. No hay dos intérpretes iguales, es una obviedad, pero Gould es quizá el más diferente, un rara avis en el mundo del piano. Un mundo de leyendas probablemente desde Liszt, uno de esos músicos-pianistas que conforme me he ido haciendo mayor me atrae más, y al que Glenn Gould reconoce y admira. No es para menos, bastaría decir que un tipo capaz de transcribir para piano las sinfonías de Beethoven y que consiguiera hacerlo no sólo brillantemente sino logrando la genialidad en casos como el de la Quinta, tan escuchada como asesinada, merece la categoría de genio. Los intérpretes del piano, más que otros instrumentistas, han dado productos humanos peculiarísimos. Yo no diría que excéntricos, porque es una expresión demasiado común y aplicada a la vida solamente, y en el caso de los pianistas afecta en primer lugar y sobre todo al modo, al ritual diríamos, de cómo se toca el instrumento. Hace muchos años dediqué un artículo a otro espécimen pianístico excepcional, Sviatoslav Richter, al que seguí en tres conciertos sucesivos: Barcelona, Reus y Soria, dos plazas, estas últimas, que delataban ya la singularidad de Richter.

Me hubiera gustado escuchar en directo a Glenn Gould y no conformarme con las grabaciones; un concierto en directo resulta único en su atmósfera, es música total -siempre y cuando uno sepa abstraerse de las toses de los enfermos de ansiedad y aburrimiento, cosa que yo no consigo-. Quizá sea ese desgaste total de la interpretación única, del concierto en directo, lo que haya llevado a muchos pianistas a la desesperación, a la enfermedad o a encontrar vías que suplanten el esfuerzo ¡y el riesgo! Fue el caso de Glenn Gould que dejó de dar conciertos y se encerró en hoteles y salas de grabación. Estas conversaciones realizadas por Jonathan Cott poco antes del fallecimiento del pianista, tienen un aditamento curioso, significativo. Son charlas telefónicas, porque Gould, al tiempo que los conciertos, abandonó la vida social y se aisló tanto que sólo mantenía relaciones por teléfono. Larguísimas conversaciones telefónicas con la gente que le interesaba. Curiosamente lo mismo que practicó durante los últimos años Stanley Kubrick. Que nadie espere en estas conversaciones densas reflexiones sobre la música o el arte, por más que haya alguna aproximación a cuestiones técnicas del piano -hay una deliciosa disquisición sobre los conflictos pianísticos entre la mano derecha y la mano izquierda, "un asunto privado, dice, entre la mano derecha y la izquierda"- y también detalles curiosos sobre los gustos de Gould tanto como intérprete, como en la música pop. Detestaba a los Beatles y admiraba a una cantante, creo que hoy olvidada pero a la que escuchamos mucho en los años sesenta, Petula Clark. ¡Quien podía pensar que Glenn Gould iba a hacer una brillante disquisición sobre la calidad de algunas canciones de Petula Clark! O mostrar su entusiasmo sobre la capacidad como actriz y cantante de Barbara Streisand, que humildemente comparto.

Pero lo que más me sorprende de estas conversaciones, amén de desgranar referencias a la literatura con conocimiento y sin pedantería, es la sensación de que un músico pertenece, en la escala de los valores estéticos, a otro registro. En concreto, su forma de sumar elementos, políticos, sociales, culturales, a un instrumento, el piano, al que se refiere casi como si se tratara de una persona. Cita los pianos individualmente, casi les da nombre, no sólo el del fabricante, sino que lo describe, si era viejo, si tenía esto o lo otro. Esa familiaridad, casi diría ese matrimonio del intérprete con un instrumento tan versátil como el piano, permite la separación, el divorcio y hasta la poligamia, pero admite que su vida está ligada a él, que hablar de su pareja es lo único que da sentido a todo lo que hace. Podrían haber titulado estas curiosísimas conversaciones como Mis pianos y yo, con todo lo demás al fondo, porque el genio, si se caracteriza por algo, es por una conducta obsesiva. Y ésa es la más obvia de las caracterizaciones si tenemos en cuenta que nuestra sociedad está llena de obsesivos y los psiquiátricos también. Quizá los genios son obsesivos a los que no consentimos que se mediquen. ¿Ven cómo eso sólo se puede describir como una putada?

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