Establecer límites geográficos allí donde la naturaleza no los ha puesto es siempre un ejercicio arriesgado y posiblemente inútil. No tiene sentido trazar una raya entre dos pueblos separados por apenas un kilómetro de distancia física y por ninguno de distancia humana. Aun así, la comarca suroccidental de Asturias tiene una serie de características comunes que le dan un sello propio.

Compartimos una historia de pequeños pueblos ganaderos que fueron surgiendo colgados en las laderas de las montañas, y de pueblos grandes y villas comerciales que crecieron a lo largo de los cruces de caminos más importantes. Nunca ha habido un impulso industrial significativo, y ello nos abocó (y nos aboca) a la emigración, con diferentes destinos en cada zona, siguiendo al pariente o al vecino que había triunfado, pero con el mismo deseo de huir de la pobreza y la misma añoranza.

Compartimos una cultura; tradiciones rurales de mayadas y esfoyazas, de ferias y fiestas que se van perdiendo, pero que dejan tras de sí un gusto por el trabajo común, por la reunión de amigos que se manifiesta en la multitud de asociaciones que existen y en nuestra tendencia a reunirnos en el chigre, delante de un buen vino de la tierra, a arreglar el mundo o, por lo menos, a mejorarlo con unas cuantas canciones.

Juntos vivimos en el pasado el auge de la minería con el despegue económico que ello supuso, y nos unen ahora las consecuencias de una reconversión que ha supuesto la pérdida de la mayor parte del empleo del sector y la precariedad y bajos sueldos del que queda. Juntos vivimos ahora un presente que mira con preocupación hacia un futuro incierto donde, al abandono progresivo de los pueblos, se ha unido el descenso de población en las villas. Nuestros jóvenes se ven obligados a buscar su porvenir fuera de la comarca y muchas veces fuera de Asturias, y con ellos se llevan gran parte de nuestras esperanzas.

Nos une, por fin, la distancia, tanto física como espiritual, del centro. Esa ancestral sensación de estar lejos y olvidados ha contribuido sobre todas las demás circunstancias a conformarnos como somos. Nos ha dado cohesión y nos ha permitido conservar nuestra identidad mientras en otros lugares se iban diluyendo en la cultura urbana global. Nos ha ayudado a conservar nuestro entorno natural en unas condiciones envidiables, pero ha dificultado la implantación en la zona de empresas que hubieran podido romper nuestra excesiva dependencia del sector primario.

Los concejos del suroccidente asturiano se encuentran hoy en la misma encrucijada. Las brutales reconversiones del campo y de la mina están dando ahora sus últimos coletazos, dejándonos con una sensación de lenta decadencia que es necesario combatir. Contamos a nuestro favor con un importante patrimonio natural, cultural y con productos de reconocido prestigio, pero no podemos seguir dejando que nuestro patrimonio humano se desangre poco a poco, viendo cómo nuestros jóvenes mejor preparados han de llevar sus conocimientos y su impulso a otras zonas.

Antonio B. Ochoa Rodríguez es director de la Escuela Hogar de Cangas del Narcea.