Cuenta un prestigioso escritor cómo le temblaba la cuchara cuando era joven. Eran las primeras veces que compartía mesa con otros intelectuales a los que admiraba, invitado a esas cenas concertadas que amenizan unas conferencias o una entrega de premios literarios. Con temor, contemplaba unos instantes el plato de sopa que, amenazante, humeaba ante sí. Vaya, sopa otra vez, qué mala suerte. Esforzándose por mantener un aire desenvuelto en la conversación con sus insignes colegas, al joven escritor le temblaba la mano. La zozobra de su cuchara en el recorrido eterno del plato a los labios dejaba un reguero de caldo en su camisa, una y otra vez. Por más que se concentrase en relajar el antebrazo y respirar profundamente, su mano se la jugaba con vida propia. Hasta que un día dio con la clave del efecto contrario. Y usó la estrategia de dar la orden al revés. No importa, tiembla cuchara, tiembla, decía para sus adentros, tiembla, vamos, tiembla más. Hasta que el utensilio, como preso por la hipnosis, dejaba de tiritar, y el escritor recobraba el control de la sopa y la situación.

La estrategia de actuar al revés quizás se vale de nuestros instintos adormecidos de rebelión. Me están diciendo que sí, me estoy diciendo que sí; pues mira, no. Y al revés. O de nuestra agotadora necesidad de reafirmar el yo, que, según se mire, viene a ser lo mismo. En todo caso, a veces produce efectos sorprendentes. También para conciliar el sueño, según dicen algunos expertos, conviene actuar al revés. Y aconsejan al insomne que trate de no dormir con todas sus fuerzas. En este caso, dar la vuelta al asunto es una manera de vencer algo que se ha convertido en una dificultad y, como una bola de nieve que va rodando, cuanto más lo miramos como un problema, más problema se hace. Lejos de pelear contra el desvelo con las cosas aparentemente relajantes de toda la vida, puede ser mejor alejarse de las sábanas con firmeza y desear permanecer despierto sin titubeos. "No quiero dormir", te dices, "no voy a dormir", hasta que entras en el mundo de los sueños, eso sí, preso de una ligera confusión.

Pero el poder del no, según en qué manos caiga, puede ser muy perverso. No hace mucho, por ejemplo, hemos sabido que sirve también para bombardear.

Las famosas frases de Aznar sobre las armas de destrucción masiva están llenas de no, y perfectamente construidas al revés (y si te paras a pensarlas, no sabes si son las más idiotas o las más indignantes que has oído en tu vida, y se te incrustan en el pensamiento como una garrapata, así pasen los meses). Él no sabía que no había armas de destrucción masiva. Ajá. ¿Eso quiere decir algo? ¿No se trataba, en todo caso, de lo contrario, de sí saber que sí había? Y además él tenía el problema de no haber sido tan listo de no haberlo sabido antes. Ajá. Los otros eran unos listos. Y él tenía un problema. No lo supo antes. Y, claro, había prisa, no fuera que sí se supiese que no había, y hubiera que devolver los pedidos de misiles al supermercado. O sea, que basándonos en las infinitas posibilidades del no, orinamos en el principio fundamental de la justicia de la presunción de inocencia y bombardeamos por si acaso.

Si uno quiere echarse a llorar y no puede, no hay nada como repetirse, una y otra vez: "No voy a llorar, no voy a llorar". O mejor aún (esto es infalible): "No voy a llorar porque no tengo ningún motivo para llorar". Como te concentres un buen rato en que no tienes ningún motivo para llorar, y cuanto más rotundo mejor, "no tengo ningún motivo para llorar y nunca lo he tenido", posiblemente consigas un hondo sollozo. Cada uno por lo que sea.

CLARA SANCHIS MIRA, actriz.