A la política española sólo le faltaba esto: que una institución como la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), encargada de la pureza del sistema financiero, entrara en una grave crisis de credibilidad. Al Gobierno español sólo le faltaba esto: que se esté aireando una imagen intervencionista y de trapicheos, manejados desde el entorno del presidente. Ala solidez del Gabinete sólo le faltaba una Oficina Económica del palacio de la Moncloa que actúa a espaldas de la Vicepresidencia y de la indiscutida autoridad de don Pedro Solbes. Y a la propia España sólo le faltaba una herida en el prestigio de sus órganos reguladores del mercado y en su propio crédito como nación seria, sin toques de actuación bananera.
Pues todo eso es lo que ha dejado la penosa aventura de don Manuel Conthe camino de su dimisión. Digo penosa, por los aires con que comenzó: la petulancia de no dimitir si no le escuchaba el Congreso de los Diputados. Y lo sigo diciendo por los aires con que terminó: erigiéndose como el único símbolo y representante de la pureza, en un ambiente contaminado por relaciones de amistad y maridaje, nunca mejor dicho, porque el señor Arenillas es marido de la ministra de Educación. Parece que el señor Conthe ha presidido una institución sucia, penetrada por el poder político y zarandeada por las veleidades de la Moncloa.
No le demos muchas vueltas: los críticos con este Gobierno ya han elegido al señor Conthe como su héroe. Los partidarios lo consideran poco menos que un intoxicador que dejó sugerencias y no aportó pruebas. Y tampoco hay sorpresas sobre la Oficina Económica del presidente: el refrán dice que "cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas". Cuando la función administrativa es escasa y se queda en asesoría, se dedica a otras labores. Unas veces maneja o anima utópicos proyectos de asalto a un gran banco, y otras se convierte en brazo ejecutor de lo que el Gobierno no puede hacer de forma oficial ni bajo cuerda. A veces, gestiones inconfesables.
¿Saben lo que me parece más inquietante? Un ruido que podemos escuchar en conversaciones políticas y medios periodísticos: un regodeo en anotar estas historias como una perniciosa gestión de José Luis Rodríguez Zapatero.
Esto, que es legítimo, se convierte en peligroso cuando, por perjudicar a Zapatero, se agrandan los efectos. Y así, es posible leer y oír estos días que España ha perdido todo su prestigio internacional, que nadie se fía de nosotros y que hemos dejado de ser un país creíble. Incluso hay quien atribuye el batacazo de las empresas de construcción en la bolsa a la retirada de los inversores extranjeros, espantados por los manejos de la CNMV.
¿Y saben lo peor? Que hay gente que se alegra, simplemente, porque perjudica a Zapatero. Con tal de ver en el horizonte que esto sirve para echarlo, vale todo: incluso jugar con el prestigio y los intereses del país. El Partido Popular, por ejemplo, se lanza a pedir una comisión de investigación, cuando sabe que esas comisiones son tan lentas que sólo prolongan la misma sensación de crisis y el deterioro de la imagen exterior de España que denuncian; pero es útil para el partido, en una discutible estrategia de "benefícieme yo, aunque se hunda el mundo". Salvadas las enormes distancias, es la misma sensación que teníamos con el famoso proceso de paz: parecía haber gente que disfrutaba con el rearme de ETA. Sobre esas bases, sobre esa confusión de simpatías ideológicas con los intereses nacionales, díganme ustedes: ¿hay algo que tenga solución?

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