ZOOM

Cuando yo era pequeño, el enchufe era uno de los escasos asuntos que el franquismo admitía como objeto de crítica social. Así aparecía en las comedietas de la televisión, junto a los baches en las calzadas y la inútil lentitud funcionarial. El enchufe, así, esa palabra, ahora está, en buena medida, en desuso. Se habla, directamente, de corrupción: un gerifalte bancario que privilegia el sueldo de su amante, un concejal que adjudica obras a su cuñado, un director general que encarga un estudio a la empresa de su mujer... Bueno, todo esto es muy feo, pero no es exactamente un enchufe, pues reporta un beneficio económico al enchufador.

La palabra enchufe está en desuso. Es una palabra menor, y ahora lo que se llevan son las palabras mayores. Corrupción, ya digo. El enchufe ha quedado como un atributo leve del costumbrismo picaresco o de la picaresca costumbrista, lo que no impide que, en ocasiones, se utilice como imputación. ¿Necesita padrinazgo la palabra enchufe?

Vivimos en una sociedad dura, desestructurada, de solitarios, de supervivientes, que tiende a dejar a su suerte a los individuos en una desabrida pugna por sobrevivir.

Adelanto: las condiciones para que el enchufe sea o pueda ser una institución plausible son inexcusables y no son otras que su universalidad y la ausencia de beneficio económico del enchufador. Que todos, arriba y abajo, a izquierda y a derecha, puedan usar del enchufe, en cualquier nivel, como sujetos activos o pasivos sin cobrar o pagar peaje.

La opinión pública, que tiene un puntito hipócrita en su frecuente indignación, abjura del enchufe del que el ministro hace objeto a su sobrino, pero no considera que el dueño del taller de reparaciones del barrio también hace lo propio para emplear como aprendiz al hijo de su hermana.

Mientras que el enchufe sea universal, como, de hecho, es, será ecológico, esto es, contendrá un juego de compensaciones muy extendido que anulará la injusticia de los casos flagrantes. Buscamos, de boquilla, que el mayor mérito sea la causa de un trabajo o un empleo, pero, si esta condición no se da en todos los casos, la oportunidad de un equilibrio sostenible se da cuando, en cualquier posición social y en cualquier tamaño de privilegio, se aplica el enchufe -siempre que contenga una cierta valoración sobre la idoneidad- como consecuencia de lazos de afecto y cariño.

En un mundo inhóspito, querer lo mejor para el familiar, el amigo, el vecino o el conocido -y obrar en consecuencia según el poder disponible- termina siendo un instrumento de refuerzo social, siempre, ya digo, que el enchufe sea una institución universal y que no descuide un punto de objetividad. En el fondo, se habla poco de enchufe y mucho de corrupción, porque esta premisa comentada está aceptada. La corrupción viene a ser un enchufe a lo bestia y sin cariño, sólo por interés. Y, ay, tengo dudas de que, a estas alturas, la corrupción no sea una de las bases del sistema.