No se ha producido una verdadera sorpresa. Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas son conformes, en líneas generales, a lo que anunciaban -con extremada prudencia- las empresas de sondeos. En la segunda vuelta, en consecuencia, se enfrentarán Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, y los sondeos efectuados desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta dan a entender que Nicolas Sarkozy, plausiblemente, debería triunfar. Según el criterio de los profesionales del sector, estas encuestas se cuentan entre las más dignas de crédito.

¿Qué balance cabe extraer de la situación actual? Una primera observación - aún superficial- remite a la elevada participación electoral: casi un 85% de los electores ha acudido a las urnas, factor que da fe de un enorme interés por la política, a considerable distancia de lo sucedido hace cinco años.

Tal interés es indisociable de una vivísima conciencia de los cambios o de la auténtica mutación que tiene lugar en el espacio político francés: en el 2002, el marasmo y la falta de confianza en el futuro político eran realmente considerables; esta vez, los electores se han apasionado al ser perfectamente conscientes del hecho de que su voto podía alumbrar verdaderas transformaciones. Cabe añadir incluso que la indecisión recogida por todos los institutos de opinión (alrededor de un 30% del electorado se ha decidido en los últimos días) traducía una perplejidad de carácter político entre dos tipos de posibilidades: votar por un candidato inscrito él mismo en el ámbito de la oposición izquierda-derecha o votar por un candidato defensor de la ruptura de este binomio, desde una perspectiva sea centrista sea extremista.

En este momento, los extremos son, precisamente, los grandes perdedores de estas elecciones: el partido comunista ya no existe a los efectos que nos ocupan, los verdes han obtenido muy magros resultados, la extrema izquierda presenta un panorama fracturado, de escaso peso específico, en tanto que en el otro extremo del tablero, los candidatos al acecho han fracasado - incluido Philippe de Villiers- y, sobre todo, Le Pen se halla en caída libre. Cuestión esencial que indica que el tránsito generacional del padre, Jean-Marie Le Pen a la hija, Marine, no tiene lugar precisamente como una seda y que, en suma, se ha pasado una página. Los comentaristas se refieren a ello de modo opuesto: unos dicen que, al seducir a buena parte de este electorado, Nicolas Sarkozy se ha lepenizado; otros dicen que le ha puesto fecha de caducidad al Frente Nacional, debilitándolo como nadie hizo antes.

Los sondeos trazaron el panorama de un François Bayrou a la baja, siendo así que ha obtenido un resultado - el 18,5%- que le convierte de hecho en un personaje clave en la segunda vuelta y también, tal vez, en el futuro. No parece muy verosímil que Bayrou elija sin ambages uno u otro bando: más bien cabe esperar que adopte una estrategia consistente en el ni-ni,ni con Ségolène Royal ni con Nicolas Sarkozy. En realidad, el hombre que encarna el centro ha de esforzarse por disponerse a encarar adecuadamente las próximas elecciones legislativas, en las que intentará, en definitiva, pesar en el escenario político presentando al calor de su estandarte candidatos en todas las circunscripciones. Pero, veamos, ¿sobré qué base descansa realmente el fenómeno Bayrou?, ¿qué lleva en sus alforjas ese 18,5% de votos que ha obtenido en la primera vuelta? Una hipótesis pesimista es que se ha tratado de un fenómeno coyuntural que, de ser así, habría permitido expresarse a los electores que ante todo querían protestar contra la política de su propio bando en tal sentido (en la izquierda y en la derecha): en este caso, ha sido a humo de pajas. La segunda hipótesis ve en ello, por el contrario, el principio de una construcción política. Es menester considerar al respecto, como mínimo, dos escenarios. En el primero, François Bayrou articula una fuerza política auténticamente centrista, asentada en medio del tablero político: una tercera fuerza situada entre izquierda y derecha. En el segundo, propone más bien una tercera vía que se abre en dirección a un centroizquierda moderno, vuelto hacia Europa, desembarazado de cierto lastre arcaico con el que sigue tropezando con excesiva frecuencia el Partido Socialista.

Ahora bien, en este momento debe tenerse en cuenta precisamente que los escenarios asociados a la figura de François Bayrou dependen, ante todo, de la izquierda. La derecha, en efecto - bajo la batuta de Nicolas Sarkozy- ha logrado modernizarse para formar, con la UMP, un gran partido popular de facetas progresistas y autoritarias a un tiempo. Por el contrario, la izquierda francesa, a diferencia de sus homólogos europeos, no ha sabido poner en práctica su aggiornamento y modernizarse, y permanece en tensión tanto bajo corrientes modernizadoras como bajo otras que no dejan de posar su mirada en la extrema izquierda a la par que no cejan en su lucha ideológica contra el mercado, por no hablar de las tendencias soberanistas que encarna Jean-Pierre Chevènement, que ha recuperado en cierto modo su buena estrella en esta campaña electoral. La bipolarización deseada y querida por los franceses es imperfecta - o desigual-, porque mientras la derecha ha dado pruebas de una gran capacidad a la hora de dotarse de un importante partido unificado y galvanizado por un gran proyecto (atrayendo a electores en virtud de las convicciones), la izquierda al parecer sigue presa de sus problemas internos, carente de un proyecto realista y recibiendo votos en buena parte faltos de convicción.

Las oportunidades de François Bayrou de construir una tercera fuerza o de imponer su liderazgo mediante la articulación se ven notablemente condicionadas por lo que sucederá a la izquierda, en el Partido Socialista. Si Ségolène Royal triunfa - algo poco verosímil-, apenas le quedará espacio político a Bayrou. Si pierde - de forma nítida, la posibilidad más plausible en este momento-, entonces su partido entrará en una fase crítica y espasmódica que no obstante podría propiciar su aggiornamento,si se tercia bajo la dirección de Dominique Strauss-Kahn, pero que podría desembocar asimismo en un estallido susceptible de legitimar claramente una recomposición en cuyo seno François Bayrou podría tener un papel.

Y, para complicarlo todo, recuérdese que las elecciones parlamentarias vienen a continuación de las presidenciales, de forma que vendrán a ser como una tercera y cuarta vuelta... cuando aún estamos en la primera.

Cabe constatar, en cualquier caso, que Francia ha saldado su déficit político entrando en una fase anunciadora de grandes cambios que atañen a la escena política pero también a los medios de comunicación y a los intelectuales. Los primeros han parecido escasamente capaces de organizar auténticos debates de fondo, de impulsar a los candidatos a expresarse en lo tocante a ideas, a proyectos, a programas. Los segundos, una vez conocida la adhesión de algunos de ellos a Nicolas Sarkozy, han estado poco presentes en la campaña, sorprendentemente silenciosos o poco audibles. Es verosímil que ello signifique, sobre todo, el final de un determinado estilo de periodismo y el declive de la figura clásica del intelectual.

Razón de más para considerar en su justo valor la importancia del proceso político actualmente en curso en Francia.

MICHEL WIEVIORKA, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.