EL RUNRÚN
Fiel a su cita anual con los ciudadanos, también este Sant Jordi se ha repetido la polémica sobre si ese día debe ser festivo o no.
Es una polémica bastante desbravada, la verdad sea dicha, pero a falta de algo mejor, cuando se tiene sed hasta la gaseosa desbravada parece aceptable. En La Vanguardia Digital, una encuesta que han hecho estos últimos días ha dado como resultado que la mayoría de los ciudadanos (la mayoría de los ciudadanos que han votado en esa encuesta, se entiende) querría que Sant Jordi fuese festivo. Hay incluso quien ya concreta a cambio de qué. En el mismo diario digital, en declaraciones a Sílvia Colomé, Manel Garcia Biel, de CC. OO. de Catalunya, propone convertir en laborable la Inmaculada a cambio de hacer festivo Sant Jordi. Dice Garcia Biel: "Sant Jordi está muy arraigado, por eso se podría sustituir por otra. La única que está por motivos que no se saben muy bien, porque no tiene raíz popular ni destaca ningún hecho importante, es el 8 de diciembre. Sant Jordi tiene más motivos de ser festivo que la Inmaculada".
Pero ¿aceptarían los partidarios de un Sant Jordi no laboral que la Inmaculada fuese día de trabajo y perder así el gran puente que casi cada diciembre se consigue gracias a ir saltando del sábado y el domingo al día de la Constitución, de éste al de la Inmaculada, y del de la Inmaculada al sábado y el domingo siguientes? Por motivos distintos, los partidos políticos con pulsiones anticatalanistas llevan años con una batalla paralela: rebajar el Onze de Setembre a la categoría de día lectivo y hacer que Sant Jordi se convierta en la fiesta oficial (que no nacional) de este país. El motivo es claro. Aunque esté amansado, el Onze de Setembre perpetúa cada año una reivindicación y, en cambio, Sant Jordi reivindica poco: es el regionalismo catalán en su estado más diluido y folklórico.
Afortunadamente, la decisión de hacer festivo o no un día determinado no se toma tras un referéndum al estilo suizo. Porque hacer festivo Sant Jordi sería una animalada. Si Sant Jordi fuese festivo, los libreros verían cómo, el día del Libro, en las calles hay mucha menos gente, porque están en las playas o esquiando, según decida la santa climatología. Cada año que el 23 de abril cae en domingo, los libreros cruzan los dedos y ruegan a los dioses en los que creen (si es que creen en alguno) que el año pase pronto para, así, al año siguiente tener un Sant Jordi normal. Y normal quiere decir laborable. Pero, más allá de los intereses de los comerciantes, hacer festivo Sant Jordi desvirtuaría por completo la jornada. Si Sant Jordi no hubiese sido laborable, no sería hoy como es. Precisamente, una de las gracias de ese día es que, en principio, se trabaja. Es una gran fiesta laborable: la única bendita fiesta laborable del año. ¿Se imaginan Sant Jordi sin tener que ir a trabajar? ¿Se imaginan Sant Jordi sin inventarse excusas para escaquearse del trabajo, bajar un rato a pasear y quizá comprar un libro que no leerán (o sí) y unas rosas para quedar bien o tirar los tejos? Si Sant Jordi no fuese laborable, ¿cómo se lo montarían entonces todos los adúlteros de la categoría compañeros de oficina que - contraviniendo el consejo popular de evitar simultanear olla y polla (o eina y feina)-regalan cada 23 de abril una rosa a su amante sin despertar más sospechas de las habituales?

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