Lo ha dicho Santiago Fisas, consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, al estilo del viejo refrán de Mahoma y la montaña: «En Cataluña por Sant Jordi sacan los libros a la calle, nosotros queremos meter a los ciudadanos en las librerías». Se dice, se repite, se vuelve a repetir que en España no se lee y en Madrid menos, que el del libro es un negocio maldito. Se quejan los editores, se quejan los libreros y nos quejamos los escritores para no perder comba. Pero el libro, en España, es como la novela en la historia de la literatura: siempre dicen que se está muriendo y siempre renace de sus cenizas.
Lo que pasa es que la gente no lee lo que, supuestamente, tiene que leer. O sea, lo que dictan los suplementos culturales, los tochos filosóficos de gran calado, las obras completas de Kipling, mis novelas y las de mis amiguetes. El común de los mortales prefiere deleitarse con intrigas esotéricas y mamotretos históricos. La gente es cazurra y va a lo suyo. Rafael Reig (que ha novelado la literatura hispánica de los dos últimos siglos sin dejar títere con cabeza) dice que leer a Dan Brown es como votar a Hamás: son cosas que la gente no debería hacer, pero les dan libertad y, claro, las hacen.
La madrileña Noche de los Libros es la prueba viviente de que en España el libro goza de una mala salud de hierro, como uno de esos parientes millonarios y achacosos que nunca acaban de diñarla. En su segundo año, más de medio centenar de escritores deambularon por Madrid como fieras sueltas por el zoológico, para demostrar al personal que los libros no muerden. Pero eso ya lo sabíamos. Se celebraba el Día del Libro, es decir, la fecha en que encajamos las efemérides de Cervantes y Shakespeare, dos de los nombres más altos que ha dado la cosa ésta de literatura.
La gente paseó, compró, leyó, entró en los cafés, participó en tertulias, se pasó por las librerías a tomar una copa, oyó música. Muchos ojearon algunos de esos extraños artefactos donde, desde tiempos de Gutenberg, almacenamos el saber, los sueños, la aventura, el amor, la vida, la muerte. Los libros son peligrosos, siempre lo han sido: ya lo sabíamos. Secan el seso, como decía el cura del Quijote, que un día se vistió la toga de censor y, prefigurando las hogueras nazis, convirtió en humo un montón de novelas de caballerías.
Corrigiendo tanta imbecilidad, Cervantes también escribió que «no hay libro tan malo que no contenga algo bueno». En algunas tribus africanas, cuando muere un anciano es como si ardiera una biblioteca. Análogamente, quemar una biblioteca es pegarle de nuevo fuego al mundo. Miguel Servet subió a los cielos mezclado con las pavesas de sus obras completas. Alejandría, Pérgamo, Leipzig, Pekín, Sarajevo, Bagdad: por desgracia y por mucho que diga Manuel Rivas, los libros arden cojonudamente.
David Torres es el autor de La sangre y el ámbar (Ediciones B).
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