El ojo del tigre

Lo que ha sucedido en IU de Asturias refleja el peso de las oligarquías en la cúpula de los partidos.

Quienes manipularon los hilos en el telar en donde se tejió la Transición destinada a vestir el régimen, que se había quedado desnudo políticamente, prometieron que, a partir de entonces, la sociedad luciría la espléndida túnica de la democracia que, durante casi medio siglo, les habían prohibido usar a los españoles. Sin embargo, transcurridos apenas treinta años -contados a partir de la proclamación de la Constitución que avala la calidad del nuevo tejido político- la misma sociedad vuelve a sentirse desnuda... La democracia ha menguado tanto, que apenas le sirve para tapar las vergüenzas que le depara la mezquindad con que son tratados asuntos que requieren, por lo menos, tolerancia. Sobre todo, cuando están en juego los principios sagrados de la libertad individual en cuestiones de pensamiento ideológico.

El sonoro conflicto familiar planteado en la organización de Izquierda Unida es un test político que, rebasando los límites de la estricta intimidad orgánica de la citada coalición, invade el amplio espacio social ocupado por la hipotética soberanía popular. Para un atento observador del paisaje social actual, sin más interés que el de intentar conocer el escenario político en donde se halla -a menudo, tan desorientado, y, por lo tanto, tan perdido...-, este tormentoso experimento de autoridad orgánica, que atribula a Izquierda Unida como organización política, y a sus militantes como socios de una común empresa (supuestamente) ideológica, es la consecuencia clarísima del despotismo político que, a lo largo de las tres últimas décadas, se ha instalado en la dirección de los partidos.

El poder de las oligarquías que manejan los mandos de los partidos ha conseguido meter otra vez a la sociedad civil en el redil de la partitocracia: sorprendentemente, el mismo redil del que parecía haber salido liberada cuando se proclamó la Constitución de las libertades democráticas de 1978: La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado. (Artículo 1.2 de dicha Constitución). Pero esto, hoy, ya es pura arqueología política. E ideológica.

EN ESTE momento, en España no se disfruta de la democracia plena; ni los partidos son ejemplos de la democracia real; ni el ciudadano es el factor esencial de la soberanía popular. Actualmente, un español es un individuo desnudo democráticamente; por consiguiente, muy vulnerable a las agresiones partitocráticas. Lo mismo que lo fue cuando en este país el poder estaba en las manos -incluso en los bolsillos, como ahora...- de quienes personalizaban la partitocracia representada por el partido único. Han modificado la teoría, pero no la práctica. Lo cual quiere decir que solo hubo un trueque de actores, pero no un cambio del argumento. Es decir, que la comedia continúa representándose.

Ese desaforado protagonismo de las oligarquías que monopolizan la actividad de los partidos -en el caso español, los grandes protagonistas solo son dos: el PSOE y el PP-, limita el papel de los partidos minoritarios hasta convertirlos en meros compases que, unas veces, hacen de muletas y, otras, de bisagras aunque su vocación sea la de ser puerta... Es probable que ahí radique el origen de la creciente abstención electoral; la cual, ya tiene el perfil de un partido: el del silencio de los ciudadanos desencantados, desconfiados de la representatividad de la soberanía popular, que se les atribuye en los partidos constitucionalmente; con lo que acaban por darle la espalda a las urnas para escenificar su rechazo a la democracia de representación.

Pero eso es algo que no parece importarles -mucho menos, preocuparles- a los partidos, cada vez más obsesionados con adorar a sus cúpulas e ignorar a sus bases. De este error -tremendo error...- le llegó a Izquierda Unida el conflicto en el que absurdamente se ha metido, de hoz y coz, la oligarquía que maneja a la coalición en Asturias.

No es fácil encontrarle una explicación convincente a ese torpe choque frontal entre el PCA y el PCE -o viceversa...- tan univitelinos en términos ideológicos. Solo desde la intuición se puede intentar entender los motivos. Por ejemplo, animada la coalición de IU por el tremendo éxito burocrático de su alianza de intereses con el PSOE, para contribuir a la gobernanza del Principado de Asturias, quizá quiera, ahora, repetir el experimento aliándose con el PSOE en la municipalidad ovetense para hacerle frente al PP que, como oligarquía local, monopoliza la Corporación del Ayuntamiento de Oviedo.

Para conseguirlo, bastaba con quitarse de en medio a los dos concejales actuales de IU cuyo mérito principal es su coherencia con la ideología que representan y con el compromiso adquirido con la ciudadanía. Roberto Sánchez Ramos Rivi y Celso Miranda -después de haber sido elegidos para encabezar la candidatura municipal a las próximas elecciones de mayo, por unanimidad- han sido barridos de manera tan heterodoxa -por no decir sucia...- que una minoría de la ciudadanía (la sensata, la concienciada políticamente), superviviente del naufragio de las libertades democráticas, ha decidido apoyar públicamente la presencia de estos dos jóvenes políticos en las urnas del 27 de mayo próximo.

Asamblea de Ciudadanos por la Izquierda es la respuesta más inteligente a la absurda arbitrariedad de la oligarquía de IU en Asturias; una coalición que, en este momento, está más burocratizada que ideologizada; que es más socialdemócrata -de derecha- que comunista... Esa ciudadanía, que desprecian las oligarquías de los partidos, es la que pone el 10 por ciento con su voluntad electoral a disposición de los depurados por los burócratas de IU. El resto, nada menos que el 90 por ciento -tan necesario para que los citados concejales recuperen su dignidad personal como políticos-, se ha encargado de ponerle la coalición depuradora al convertirlos en las víctimas inocentes de una ambición de poder desmedida. Cuando la sociedad civil decide vestir su desnudez democrática por su cuenta, ojo al cristo que es de plata...

Lorenzo Cordero. Periodista.