Sant Jordi o el principio de Peter, de Félix Martínez en El Mundo de Cataluña
SECRETOS Y MENTIRAS
El presidente de la Generalitat, José Montilla, afronta su primera Diada de Sant Jordi. Habrá que ver si está a la altura institucional de sus predecesores, dado que él sí ha cumplido y vulnerado el principio de Peter y entra de lleno en el de Dilbert.
En 1969, el anglocanadiense Laurence J. Peter se adelantó a toda la legión de gurús empresariales que proliferaron durante las dos décadas siguientes formulando grandes remedios para optimizar el funcionamiento de las grandes organizaciones, especialmente empresas, pero también administraciones públicas. Desde la deconstrucción, a la administración creativa, pasando por la teoría del caos, pero, desde los años 70 han aparecido cientos de recetas para mejorar la dirección de las organizaciones y, en la mayoría de los casos, vender humo.
Peter publicó en 1969 The Peter's Principle, El principio de Peter, según el cual que en una empresa, entidad u organización las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad una y otra vez, hasta que alcanzan su nivel de incompetencia. La formulación concreta del principio es que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia». A diferencia de la gran mayoría de los gurús, el principio de Peter enfrenta a las organizaciones a una realidad inexorable y preocupante: consecuencia de lo que el principio manifiesta, muchos puestos de alta dirección son ocupados por profesionales que no tienen la suficiente cualificación para su trabajo, lo cual conduce a graves errores en las decisiones que toman las personas responsables en muchas organizaciones.Existe una lógica en este proceso, ya que los responsables de seleccionar una persona para un nuevo puesto se fijan en primer lugar en la propia organización. Si un empleado existente cumple bien su actual cometido, dichos responsables de la selección deducen equivocadamente que será igualmente eficaz en el nuevo puesto.
Pero el tiempo ha demostrado que, a pesar de que el principio de Peter es cumplido inexorablemente en las organizaciones, especialmente cuanto más complejas son, la sentencia se ve vulnerada constantemente, en ocasiones para bien, y, en la mayor parte de los casos para mal. Peter partía de una premisa equivocada, que los responsables de recursos humanos de las organizaciones eran personas bienintencionadas que tomaban las decisiones sobre quiénes debían ocupar los puestos de responsabilidad. Peter no contemplaba la necesidad de adulación de algunos líderes, valores como la lealtad o el temor a que el alumno acabe superando al maestro y, sobre todo, la necesidad de ciertas personas de no escuchar jamás nada que suene a autocrítica.
Cualquiera de nosotros tiene cerca casos en los que el sujeto alcanzó su nivel de incompetencia varios ascensos atrás y ha seguido ascendiendo y ascendiendo en la organización hasta alcanzar niveles peligrosos de poder de decisión. Con una cierta e irónica indignación, el dibujante Scott Adams creó un personaje cómico durante los años 90 que ridiculizaba hasta desternillarse las continuas y previsibles vulneraciones del principio de Peter.Adams acabaría por formular su propio Principio de Dilbert, según el cual, empresas y organizaciones habían dado con la clave para que sus empleados más incompetentes y virtualmente más peligrosos: la dirección. Allí podrían perder el tiempo en inútiles e interminables reuniones sobre el precio de café de las máquinas o sobre los lemas para motivar al personal.
Como en el caso del principio de Peter, todos conocemos casos en los que se cumple y en los que se vulnera hacia arriba en incontables ocasiones. En el caso del de Dilbert, además, cuando vemos sus tiras cómicas, solemos reconocer en alguien próximo al más estúpido de los directivos retratados por el pincel de Adams. La cuestión es si tanto el principio de Peter como el de Dilbert son aplicables a la política. En este país, cada vez más, la política es la alternativa para los expulsados por el sector privado.
Los dos predecesores de José Montilla en el cargo de presidente de la Generalitat, Jordi Pujol y Pasqual Maragall, de ser los Peter y Dilbert verdades incuestionables también en la política son dos anomalías. Pujol, porque es evidente que podría haber sido mucho más que el presidente de la Generalitat. Sus dotes políticas iban mucho más allá. Pero él cumplió su ambición de convertirse en presidente de Cataluña que se había fijado a los 12 años y dedicar el resto de su vida a la reconstrucción nacional de su país. Maragall porque, por mucho que sean numerosos los que quieren ver en él un personaje de caricatura, iba demasiado adelantado a su tiempo. El cargo y el país le venían pequeño.Su propio partido y sus socios, que sí cumplían tanto con Peter como con Dilbert.
En Cataluña curiosamente, a pesar de ser una sociedad aconfesional, tiene mucha más importancia la celebración del patrón católico del país, Sant Jordi, que la Diada Nacional, el 11 de septiembre, en el que se conmemora la derrota de los catalanes ante las huestes borbónicas de Felipe V en 1714. La recepción que celebrará hoy Montilla en el Palau de Pedralbes es por encima de cualquier otra la mayor celebración institucional de Cataluña. Tal vez porque Sant Jordi venció al dragón y lo del 11 de septiembre fue una derrota en toda regla. Durante el cuarto de siglo que Pujol gobernó Cataluña no estaba muy claro si lo que se celebraba era Sant Jordi o la onomástica del president, que, como el legendario santo, estaba venciendo al dragón encarnado en el Estado español.
Maragall cambió el protocolo, pero le dio un carácter más institucional.Ahí, si había una analogía era entre el proyecto del president y la doncella en peligro. Ahora se enfrenta al primer reto de estar a la altura institucional que Maragall dio al acto. Especialmente, porque visto el final del caso Endesa o con la polémica por el hecho de que TV3 no se vea en Valencia a causa de que Montilla otorgó las frecuencias que utilizaba a la Sexta, Zapatero no habrá empleado con él el principio de Dilbert. Un principio que él conoce muy bien porque está claro que debe su cargo a Scott Adams.
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