LA NUEVA OFENSIVA DEL TERRORISMO ISLAMISTA

Los atentados de Argel y las escaramuzas suicidas de Casablanca confirman lo que era evidente desde principios de año: la reactivación de Al Qaeda y la apertura de un nuevo frente en el Sahel, una franja de cinco o seis países del sur del Sáhara, donde mantiene una base de operaciones, se financia con el contrabando y recluta a los aspirantes al martirio. La proximidad con Europa, a juzgar por las soflamas de sus cabecillas, permite mantener encendida la llama ideológica de la conquista de Al Andalus.

Los expertos coinciden en que Al Qaeda es más fuerte que nunca y está a las puertas de Europa. La hipótesis de su repliegue y su incapacidad para organizar ataques de envergadura refleja un estadio superado en la evolución del hiperterrorismo, según confirman los atentados de Londres del 2005, los abortados el verano pasado en la ruta aé- rea del Atlántico norte y los recientes de Argel. La dirección operativa es cada día más global, más enraizada en internet y mejor financiada. Los informes del espionaje estadounidense, citados por el New York Times, incluyen entre los nuevos dirigentes al egipcio Abu Ubaidah al-Masri, veterano de Afganistán, uno de los principales estrategas; el marroquí Jalid Habib y el kurdo Abdul Hadi al-Iraqi. El mando actúa desde varios centros regionales de la yihad: Al Qaeda en Mesopotamia (Irak) y Al Qaeda en el Magreb.

ANTE EL Comité de Información del Senado, el responsable de los servicios secretos norteamericanos, John Negroponte, al presentar el informe anual, en enero último, se vio forzado a reconocer que Al Qaeda había reforzado sus vínculos operacionales con los grupos asociados del Oriente Próximo, África del Norte y Europa. El número dos de Al Qaeda, el egipcio Ayman Al-Zawahiri, pronunció en el 2006 no menos de 15 grandes discursos, generosamente difundidos por la televisión Al Yazira, en los que trató de Irak, de Somalia y de la necesidad de desencadenar una nueva ofensiva en Europa. El peligro islamista ya no está embozado por el caos iraquí.

La integración de los argelinos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que desde enero último se denomina Al Qaeda en el Magreb, le ha permitido mantener su modo de actuación habitual: atentados simultáneos y espectaculares en objetivos muy protegidos, con gran resonancia mediática, como los de Argel el 12 de abril. Su máximo dirigente es Abu Musab Abdulwadud, un estudiante de ciencias convertido en fabricante de bombas. La misma inclinación se atribuye al Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), que participó en los atentados de Casablanca en 2003 y de Madrid en 2004.

Mientras mantiene incólume su santuario en el Waziristán pakistaní, Al Qaeda ayuda a los talibanes en su combate contra las tropas de la OTAN, está instalada en Somalia, Arabia Saudí, Argelia, Sudán y Marruecos, y sus células durmientes se extienden por España, Francia, Italia y el Reino Unido. Si hemos de creer sus invectivas, el objetivo estratégico permanece inmutable y tiene alcance universal: el establecimiento de un califato bajo su dirección espiritual y estratégica, capaz de abarcar todo el orbe islámico y doblegar a los infieles. Este proyecto tropieza a veces con el cisma religioso entre sunís y chiís o los intereses de los grupos implicados en conflictos locales o regionales, como Hamás en Palestina o Hizbulá en el Líbano. A raíz de los atentados fallidos de Casablanca, mucho se ha escrito sobre el proselitismo terrorista en los barrios más miserables de la ciudad, pero los estudiosos del fenómeno yihadista insisten en otros factores: la extracción universitaria de los líderes, la demografía galopante, el paro y, sobre todo, la opresión y el despotismo como causas de la creciente sensibilidad de las frustradas clases medias ante la prédica islamista, la única crítica tolerada contra el orden injusto y antidemocrático. Ese desengaño se traslada a Europa, donde las policías no se ponen de acuerdo sobre la capacidad operativa de los grupos islamistas de los barrios periféricos.

PESE A los numerosos indicios de la amenaza que pesa sobre Europa, las fuerzas políticas siguen enzarzadas en una estéril polémica sobre el multiculturalismo y cómo tratar al islam. Las discrepancias están polarizadas. Aunque Al Qaeda no oculta su fanatismo y su ide- ología antioccidental, su propósito de sustituir el Estado democrático por el califato y la ley coránica (sharia), los especialistas del contraterrorismo discuten sobre la operatividad y coordinación de los suicidas. Tampoco hay un consenso político y social sobre la extensión del mal, sus presuntas causas y la mejor manera de combatirlo.

La iniquidad, el misoneísmo y la miseria están muy visibles en el mundo islámico, pero los europeos no son unánimes en proclamar que la situación social o histórica de los terroristas en ningún caso modifica la responsabilidad moral ni debe servir de coartada. Los estropicios de la integración aumentan la inseguridad y alimentan la xenofobia, pero persiste la disputa entre los que defienden el imperio de la ley y los valores democráticos, base de la convivencia civilizada, y los partidarios de excepciones arriesgadas en el ámbito público por motivos religiosos. Y, en medio de la controversia, proliferan las profecías que, compitiendo con el apocalipsis climático, auguran una Europa islámica a final de siglo.

Mateo Madridejos.Periodista e historiador.