NO ESTOY muy seguro de que Mariano Rajoy acertase la otra noche al negarse a decir en televisión lo que ganaba. Sí lo estoy, sin embargo, de que toda respuesta no evasiva que hubiera pretendido evitar la utilización demagógica del tema le habría exigido dar explicaciones adicionales que, probablemente, hubieran resultado improcedentes en aquel lugar y aquel momento.
Explicaciones, en primer lugar, sobre lo que ganan quienes desempeñan puestos, públicos o privados, de responsabilidad similar al que Rajoy ocupa hoy. Y explicaciones, sobre todo, acerca de lo que Rajoy ganaba antes de dedicarse a la política o lo que podría ganar si mañana decidiera abandonarla y volver a ejercer su profesión.
Lo primero hubiera sonado, con toda seguridad, a una disculpa y no habría resultado muy eficaz ante un público -el del plató y el numerosísimo que seguía el programa por la tele- compuesto en su inmensa mayoría por gentes que ganan mucho menos que Rajoy. Y es que si hay algo que no es fácil de explicar a quien trabaja todo el día y gana poco es por qué las diferencias de preparación y responsabilidad justifican desigualdades salariales. Sobre todo si, como acontece en España, algunas de ellas son tan desproporcionadas que carecen de toda justificación sensata y racional.
Más útil -aunque quizá no más oportuno en la peculiar circunstancia del momento- habría resultado que Rajoy pudiese explicar si, teniendo en cuenta que era registrador de la propiedad antes de entrar en la vida pública, ha pasado a ganar o perder dinero dedicándose a ella.
Tal información me parece de una eficacia primordial para formarse un juicio razonable sobre los motivos de diferente naturaleza que pueden llevar a un político a hacer política. De hecho, sólo disponiendo de la aludida información puede comprobarse en cada caso si es cierta o no la generalizada presunción social de que todos los políticos están en donde están porque así ganan más dinero del que ganarían dedicándose a su profesión u oficio originario. Lo que en unos casos es verdad y en otros no.
Por ejemplo, al día siguiente de que Rajoy se negase a decir en la pantalla lo que gana, José Blanco sacó pecho y, demostrando que él no le tiene miedo al público, anunció urbi et orbi su salario. Si el dirigente socialista hubiera dado cuenta al mismo tiempo de cuánto ganaba previamente desempeñando su trabajo hubiera sido más fácil, obviamente, comparar su caso y el caso de Rajoy. Eso en el supuesto -que desconozco- de que José Blanco haya ganado alguna vez algún salario que no tenga que ver, directa o indirectamente, con su dedicación a la política.

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