Que rectores de universidad y líderes de la investigación estén por la vuelta atrás hacia la restitución de un departamento propio, es tan preocupante como la desatención gubernamental que motiva su razonable protesta. Una cosa es el frenazo de la inversión pública, debido, por la composición de lugar que me he podido hacer, a tres motivos. Uno, el cambio de Govern provocado por la expulsión de ERC y el final precipitado de la pasada legislatura, que aparcaron un sinnúmero de temas y propiciaron la reorientación pasajera de otros. Dos, la prórroga del presupuesto. Y tres, la clara orientación del tripartito hacia las políticas sociales. Los dos primeros son consecuencia de la inestabilidad política. Sucede que siempre se anuncian desastres cuando falla la estabilidad, pero a pelota pasada, cuando las consecuencias se hacen notar, ya nadie se acuerda de dónde provienen.

En cuanto al tercer motivo, la prioridad social, es imprescindible un reequilibrio. Lo que no implica una vuelta atrás. Todavía no se ha señalado con suficiente nitidez, pero la apuesta del Govern por integrar universidades e investigación en una conselleria dedicada a la economía productiva es un claro avance, por lo menos en las intenciones. La universidad no debe ser un mundo aparte, como la justicia, sino un conjunto de haces entrelazados con la sociedad. El modelo anterior, claramente anticuado, consistente en conseller o comisionado que funcionaba como delegado de los intereses del lobby universitario en el Govern, se ha visto sustituido por otro que supone retos continuos. Ahora los equipos rectorales no tienen un representante en el Govern, sino que deben acudir al Govern y negociar. Ahí duele. Y no vale, no es leal, ni conveniente para el futuro de Catalunya como país puntero, aprovechar los apuros presupuestarios y las dificultades del encaje a la nueva situación para poner sobre el tapete posturas involucionistas.

Recordemos sólo un dato: las universidades catalanas están a la cabeza europea del triste ranking de la endogamia. Andreu Mas-Colell intentó cambiar esta vergonzosa situación importando criterios anglosajones, pero la endogamia es tozuda. El profesor que no esté al servicio de los intereses de un círculo cerrado lo tiene mal para estar en el equipo de gobierno de su universidad y es imposible que llegue a rector.

Con esos y otros mimbres que conforman un presente problemático, en el que lo mejor es la calidad de un buen número de equipos de formación e investigación y lo peor se reparte entre las estructuras organizativas de las universidades y el desinterés de la mayor parte del tejido productivo por implicarse en la recerca,deberíamos aprovechar la oportunidad para debatir a fondo y reorientar la enseñanza y la recerca según un modelo lo más cercano posible al finlandés, en el que el mundo empresarial financia la mayor parte de la investigación, en el que la universidad lo es todo menos un mundo aparte. Otro punto a favor de la crisis actual es que las soluciones, la orientación del futuro, dependen en muy buena parte de nosotros. A ver si, por una vez que la culpa no la tiene Madrid, somos capaces de aprovechar una situación delicada para reenfocar uno de los temas clave de cualquier país en la era de la globalización. La peor salida a la crisis consistiría en enfriar la patata caliente llenando de millones la boca de los rectores o concediendo que uno de ellos será conseller.

Hoy es Sant Jordi, el día más bonito y peculiar del año en Catalunya, aprovechemos para expresar un buen deseo: que la cultura, parte de sus creadores, se asocien a la investigación y la innovación científicas. No es un disparate, es puntero. Está empezando a ocurrir en Estados Unidos, el Reino Unido y Finlandia. Huguet y Tresserras tienen mucho que decirse.