ANÁLISIS
Casi a la misma hora en que, en Bilbao, Juan José Ibarretxe pedía perdón a las víctimas de ETA por la frialdad de espíritu del nacionalismo vasco en los peores años de plomo - ese silente "algo habrán hecho", tantas veces repetido en la oscuridad de pueblos y caseríos-, la diosa Naturaleza, aérea y plateada, hacía su entrada en el gran mitin socialista de Carabanchel. España es así. Rara.
Salió la diosa Naturaleza en lo alto de una grúa, simulando que pilotaba un avión de papel. Lunar y coqueta, la vestal mileurista venía a simbolizar la pureza mancillada por el monóxido de carbono y la codicia inmobiliaria. Bajo la grúa, un tipo vestido con unas alas de moscardón se presentó al público como Morfeo, el dios de los sueños.
Sin duda había dormido mal el tal Morfeo. Esbozó en cinco minutos un discurso inenarrable: citó de un tirón y sin previo aviso al jansenista Jacques Delors, al masónico Papageno (Mozart), al Principito de Saint-Exupéry, a Shakespeare y su noche de verano, y a don Miguel de Cervantes Saavedra. Acto seguido, entraron en escena cinco cabezudos que, en fraternal alianza de civilizaciones, simbolizaban las razas humanas. Cuando ya todo carecía de sentido, cuando sólo faltaba que el moscardón invocase a Ionesco, rey del absurdo, hizo su aparición Sancho Panza a lomos de un burro disfrazado de bicicleta. Un dragón hinchable - "he ahí la fantasía", dijo Morfeo- completó el entremés. Cinco bailarines zapateaban percusiones sobre unos enormes tambores. Faltaban los osos polares.
La dirigencia socialista, dominical y relajada, parecía contenta con la inventiva de Pepiño Blanco. "Estoy orgulloso de dirigir el partido socialista más moderno y mejor organizado de Europa", diría más tarde José Luis Rodríguez Zapatero, en negro (la chaqueta) sobre blanco (la camisa). María Teresa Fernández de la Vega, cimbreaba el talle y era aclamada por el socialismo de Vallecas. Alfredo Pérez Rubalcaba, zorruno impenitente, incluso parecía alegre: quizá se imaginaba fauno una noche de verano. Sólo Felipe González parecía algo ausente. De vez en cuando levantaba la mirada y observaba a la diosa Naturaleza tejiendo arrumacos en lo alto de la grúa. ¡Qué pensaría!
Los delirios de Morfeo y la estrambótica puesta en escena de la vía zapaterista al panteísmo desdibujaron la principal novedad del mitin: el discurso de Miguel Sebastián, candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid. Atención al dato: por primera vez en muchos años, los socialistas parecen tener un candidato adecuado para luchar en serio por la capital de España.
Sebastián es un tipo con ideas propias, está muy bien conectado con las elites económicas, parece capaz de hablar el lenguaje de las nuevas clases medias y no viste chupa de cuero. Su principal inconveniente es que es muy poco conocido por el gran público, aunque el staff de Zapatero cree que ello puede acabar beneficiándole cuando, dentro de pocas semanas, comience la campaña electoral y sea percibido como la novedad.Sebastián esbozó un discurso alternativo que podría resumirse así: después de la etapa cementera y faraónica de Ruiz-Gallardón, humanizar Madrid, barcelonizar Madrid. Hay en Sebastián algo de político parisino, pero lo tiene crudo; el PP madrileño, pese a las campañas de la extrema derecha contra Gallardón, es una mole.
Zapatero dibujó el cuadro y dio la consigna: poner la otra mejilla; mantener al PP a la derecha. "A cada insulto, una idea; a cada descalificación, una propuesta; a cada exageración, una sonrisa", dijo. Bendecía la escena la diosa Naturaleza, vestal mileurista.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados