SABATINAS INTEMPESTIVAS

Imagínense por un momento una situación surrealista. Por ejemplo, una manifestación de jóvenes con carteles donde se pudiera leer: "La propiedad es un robo". Da lo mismo que debajo le pusieran la firma de Proudhon, Bakunin o Kropotkin, los viandantes que la contemplaran pensarían que se trataba de una fiesta etílica ligada al carnaval. La inmensa mayoría de las parejas que exigen, y con toda justicia una casa, un piso, un lugar donde vivir, lo quieren en propiedad. Difícil encontrar hoy algo más sagrado que la propiedad. Una manifestación denunciando que la propiedad es un robo no provocaría la intervención de la fuerza pública sino de los servicios de asistencia sanitaria; una cuestión mental, desquiciamiento.

No creo que exista nada que haya progresado tanto, valga la expresión, como el instinto de propiedad. La gente se siente propietaria de todo, por más que le demuestren cotidianamente que no tiene nada y que por más títulos de propiedad que acumule, lo suyo no vale un comino y puede ser embargado o confiscado, con tan sólo dejar de pagar una letra, un recibo, un servicio llamado público. Nunca ha sido tan obvia la propiedad y jamás ha sido tan frágil y vulnerable. Nada más patético que ese matrimonio empeñado hasta las cejas cuando asegura que todo lo que tiene es en propiedad.Se lo quitarán al menor descuido.

El instinto de propiedad es posiblemente una de las manifestaciones más evidentes de lo sagrado. Lo que es sagrado para mí, me pertenece. El ámbito de lo sacro no es ya una cuestión estrictamente religiosa o trascendente porque se ha vuelto religión y trascendencia las cosas más vulgares de la vida social. Desde los deportes, considerados religión de masas, a las creencias fuertes. Es fácil entonces deducir que en una sociedad donde lo ligero y frívolo se puede convertir en sagrado, ¿qué importancia no habrá de tener lo propiamente vinculado a la religión? Esto quizá explique, o al menos ayude a entender, por qué ha vuelto el cilicio. Nadie lo ha contado ni quiere hablar de ello, pero el cilicio ha vuelto. Diario tan serio como Il Corriere della Sera ha dedicado un artículo hace un par de semanas al cilicio en la clase política italiana, que sería conveniente trasladar aquí donde los periódicos pueden dedicar media página a las cuitas de 28 militantes de Esquerra Republicana en el barrio de Gràcia pero ni una línea a la mafia marbellí, quizá porque está más allá de Elx (sic, por Elche, para ciudadanos que leen en castellano), límite geográfico, social y político de nuestras inquietudes. Lo sagrado también puede ser la lengua, aunque parezca sorprendente.

En una estremecedora serie de reportajes desde Ceuta contaba José Bejarano en La Vanguardia que la cofradía ceutí del Cristo de Medinaceli tenía por gala y costumbre recorrer el barrio del Príncipe, total y exclusivamente musulmán, amén de pobre como las ratas o quizá más. Ante la inquietud de que se pudieran producir atentados por parte de esa población humillada, los servicios de información policial españoles contactaron con los jefes mafiosos del menudeo y la droga autóctonos -léase moros- para garantizar que no hubiera incidentes. Sin entrar en la cuestión de las contrapartidas, evidente por toda evidencia -nadie protege o hace un favor de esta naturaleza gratis en un momento que la seguridad resulta un negocio próspero- lo que me pregunté es por qué lo hacían.

¿Por qué tiene que pasar el Cristo de Medinaceli por en medio de una barriada exclusivamente musulmana? Por tradición, imagino, lo cual no quiere decir otra cosa que por derecho de conquista y poder. Y entonces me acordé de aquellas imágenes que nos sublevaban a todos, digo bien, a todos los que las contemplábamos, fuéramos católicos o no, cuando los lealistas de Irlanda del Norte cruzaban por el medio de los barrios católicos de Belfast para recordarles cada año, con gozo y alevosía, amén de pífanos y tambores, una vieja victoria de la Inglaterra anglicana sobre la Irlanda católica. Un desfile que provocaba la ira de los ciudadanos católicos del Ulster hasta llevarlos al paroxismo, paso previo a la rebelión. ¿Se imaginan por un momento la procesión del Cristo de Medinaceli, con su airoso e iluminado paso, y sus encapuchados sospecho que con hachones, cayados y trompetas, recorriendo un barrio musulmán? Si los ciudadanos cristianos de Ceuta no quieren que a ellos les pase lo mismo dentro de muy poco deberían rectificar inmediatamente, o entraremos en una alucinante pero justificadísima guerra de religión. ¿O no?

Desde el momento que lo sagrado invade los territorios de la comunidad y las comunidades son, como no podía ser menos en el siglo XXI, variopintas, hemos de plantearnos la reducción de las manifestaciones públicas a los ámbitos privados; como el disfrute de la propiedad, más o menos. El esquema dogmático de o todos moros o todos cristianos, es una convocatoria a la revuelta, o como mínimo a la acumulación de agravios que llevarán a la revuelta. No sé si somos conscientes de que la actual dogmática sobre las creencias y muy especialmente la exigencia de una Europa cristiana tiene el mismo basamento ideológico de aquella del inefable Torras y Bages, según el cual Catalunya, sin ir más lejos, sería católica o no sería. Sin apenas darnos cuenta hemos vuelto a tiempos borrascosos. La competencia entre ayatolás de las diversas religiones no amenaza la propiedad, ni lo sagrado, pero sí las libertades ciudadanas. No sé si algunos se acuerdan del Fuero de los Españoles, aquellas tablas de la ley en los tiempos del cólera, que aseguraban que todo español era libre de pensar lo que quisiera... pero donde faltaba la letra pequeña en la que se advertía de que no se lo dijera a nadie.

Un medio de comunicación tan notable como ABC y en su canónica tercera página, el obispo don Antonio Montero Moreno, acaba de reivindicar que se reinstalen crucifijos no sólo en las escuelas sino en los hospitales, cuarteles y juzgados, y el argumento es demoledor en lo que tiene de recordatorio de un pasado espeluznante: "cuesta infinito creer, escribe el prelado, que esa insignia de reconciliación planetaria pueda suscitar rechazo en niños no cristianos, que no estén torcidamente amaestrados". Es para echarse a temblar el acogerse a la benevolencia de los administradores de lo sagrado.

A lo mejor es que pertenezco a otra época, pero a mí me asusta que ni grupos sociales ni grupos políticos, absolutamente nadie haya denunciado la reciente visita de los representantes de las religiones monoteístas a la Generalitat, con foto de familia incluida, donde aparecen el president Montilla, emparedado entre Carod Rovira y Joan Saura, y cubiertos sus flancos por los administradores de lo sagrado de católicos, protestantes, ortodoxos, musulmanes y judíos. Fueron a la plaza San Jaume para pedir "mayor presencia en los medios de comunicación, para que el hecho religioso no quede relegado (sic) a los programas confesionales". Y lo piden institucionalmente. Estamos ante una corriente general que amenaza con implicarnos a todos en un debate religioso, incluso a aquellos que jamás hemos participado en cosa semejante.

También para mí lo sagrado existe, y lo tengo muy en cuenta. Para mí es algo trascendental y estoy dispuesto a defenderlo asumiendo todos los riesgos, el que nadie pueda inmiscuirse en la vida privada de la gente privada. Toda intromisión en este campo constituye una limitación al inalienable derecho a la intimidad. Por ejemplo, considero que tenemos el deber de escribir con nombres y apellidos a los delincuentes, siempre, porque los ciudadanos podrán ser anónimos pero quien delinque no.

Ahí tenemos el anonimato periodístico de un individuo como don Pere Torrents Vallés, barcelonés de la Diagonal, protagonista de una de las historias más sórdidas que he podido leer últimamente. La Audiencia de Barcelona le acaba de condenar a dos años de prisión -que por tanto no cumplirá- por haber sido capaz de chantajear a una de sus hermanas para que no cobrara la herencia suculenta que le correspondía. El chantaje consistía en amenazarla con hacer públicos unos correos electrónicos de carácter sexual, que tenía en su poder, y que mostraban sus relaciones con un hombre que no era su marido. Y ahora viene lo más blasfemo ante todo lo sagrado: el chantaje lo ejercieron en su propio despacho de la calle Balmes dos abogados del ilustre Colegio de Barcelona, condenados también e inhabilitados, por hacer de ejecutores del chantajista.

A mí contar esto sí me parece un deber sagrado, porque una sociedad opaca es una sociedad oscura, idónea para los ayatolás que viven de ser los únicos que se jactan de ver en la oscuridad. Entre las cosas que echo a faltar es una entrevista con el señor Pere Torrents Vallés. A mí me gustaría saber por ejemplo qué religión practica este chantajista -en la misma medida que hubiera deseado que se señalara la intensa participación espiritual en el Opus Dei de varios de los implicados en la trama de Marbella, porque a algunos los conozco-. Sería apasionante leer un reportaje en el que el señor Pere Torrents Vallés explicara qué vota, si socialista, convergente, pepé o esquerra. O si, como probablemente intuyo, será de esos que no votan y advierten con gesto de desdén, "para qué votar, si todos los políticos son unos corruptos". Asumamos pues la sentencia del clásico: ¡Maldito parné!