EL RUNRÚN

Como cada año en vísperas de Sant Jordi, oímos quejas sobre el exceso de libros publicados. Se supone que a los lectores tanta sobreabundancia nos marea, nos atonta y hasta nos quita las ganas de leer. Ayer mismo, en una tertulia de escritores, un lector se levantó de entre el público dispuesto a atajar el problema de raíz: "Me gustaría saber por qué los escritores escribís tanto", regañó a los autores de la mesa. "Antes no era así. Antes, los grandes escritores publicaban un libro cada veinte años", declaró, con la esperanza de que cundiera el ejemplo. Su argumento era algo tosco, pues aparte de que la extensión de los libros solía ser mayor, de cada gran escritor nos queda uno o dos libros de referencia aunque haya escrito muchos más. En todo caso, el problema de este lector tiene arreglo: si considera que un autor publica demasiado, nada más fácil que no leerle. Y si la superabundancia (que ciertamente es agobiante) es un problema para él, puede tratar de paliarla acudiendo a un librero que sepa seleccionar con buen criterio.

Lo que es más raro es que a un autor le reprochen escribir poco. Pero como de reproches no andamos escasos, también esto se da. Aquellos que se demoran en publicar el siguiente libro o que han dejado de publicar novedades se convierten a menudo en objeto de recriminación.

La última vez que he podido observarlo ha sido en un artículo en el que el autor mostraba su descontento por la concesión del Premio a la Trayectoria a Quim Monzó, a quien se atrevía a calificar de "escritor que no escribe".

Dejando aparte la discusión acerca de si escribir en un periódico es escribir o no lo es, basta con dar un repaso a la historia de la literatura para constatar que son muchos los grandes escritores que han escrito poquísimo. Las razones son muchas y variadas, desde el alto grado de autoexigencia que impide dar un libro por acabado hasta la falta de deseo que impide comenzarlo. Podemos leer un interesante compendio de estos motivos en Bartleby y compañía,donde Vila-Matas realiza una apasionante incursión en la ilustre nómina de escritores poco prolíficos. Pero sean cuales sean estas razones, asumirlas con dignidad dice mucho sobre la sinceridad y la lucidez de un escritor.

Por todo ello, reprocharle a un autor que publique poco resulta tan absurdo como lo contrario. Otra cosa distinta es cuando el reproche parte de los lectores adictos que esperan que su autor favorito publique un nuevo libro. Cuando esto me sucede como lectora, trato de recordar que un buen libro siempre se puede releer. Releer los 86 cuentos es casi lo mínimo que un seguidor de Monzó puede hacer, dado que el autor se tomó el inmenso trabajo de revisarlos, depurarlos y publicarlos de nuevo.

De modo general, somos demasiado esclavos de las novedades y tenemos poca costumbre de releer lo que nos ha gustado. Sin embargo, sería un pacto justo entre lectores y escritores: estos últimos, al igual que los cocineros, tienen un trabajo ingrato: se pasan meses o años encerrados en la cocina para que después los invitados se traguen el plato en un santiamén. Releyendo más contribuiríamos a paliar esta injusticia. Y como lectores, sacaríamos mucho más jugo de volver a aquello que un día nos cautivó que de apuntarnos a lo último que ha salido.