Confieso mi fascinación por un personaje llamado Jaume Drudis, que Víctor-M. Amela presentó en su entrevista en la contra como un diseñador de sopas. Este leridano que trabaja para una compañía de sopicaldos ha creado (diseñado) 360 cremas distintas y asegura que Eto´o es en buena medida un delantero letal gracias a la picante pepesoup centroafricana y que probablemente los alemanes son tan productivos merced a la acción estimulante de sus sopas estofadas. Somos lo que comemos, así que cuando uno se entera de que los españoles consumimos 154.833 millones de litros de sopas al año deberíamos pensar que el exceso de crispación seguramente es el resultado de caldos demasiado calóricos para un país que lleva camino de jubilar los abrigos. O dicho de otra manera, podemos pensar que si por nuestras venas circula el espíritu wagneriano de escudellas, cocidos, calderos y ollas, tiene una cierta lógica que nos comportemos como belicosos nibelungos.

Xavier Domingo dividía el mundo entre amantes y enemigos de las sopas, como si los caldos fueran para unos pócimas de amor y, para otros, bebedizos tóxicos. Exagerado o no su planteamiento, la historia de la humanidad se puede explicar en buena parte a partir de las ollas, no sólo porque la alfarería se inició en el neolítico, sino también porque el desarrollo de Esparta como imperio va unido a un caldo negro llamado bodrio, una palabra que ha pasado a los diccionarios con el peor de los acentos. Algunos irónicos cronistas escribieron que los espartanos fueron grandes guerreros porque preferían la muerte a retornar a Esparta y volver a comer el horrible caldo. En fechas más modernas, resulta significativo que el doctor Thebussem aconsejara a Alfonso XII la reaparición de la olla podrida en los banquetes reales como argucia política, porque era un plato único cocinado con productos de todas las zonas y latitudes de la Península, más o menos lo que los Borbones consideraban que era España.

Las sopas nos acompañan de por vida, por más que Josep Pla sostuviera que los catalanes somos poco soperos, al contrario que nuestros vecinos castellanos, franceses o italianos. Pero los ampurdaneses deben de ser caso aparte porque un Dalí moribundo, que no comía más que a través de la sonda, pidió sopa de ajo en la Torre Galatea, para despedirse del mundo con el sabor de su juventud marinera. Pla y Dalí ratificaban el refrán qui menja sopes se les pensa totes,aunque la sentencia preferida del pintor la había copiado de un fraile capuchino barcelonés del XVIII, que escribió en su tratado de cocina: "Después de Dios, la olla, y lo demás es bambolla". Más o menos lo mismo que decía Jaume Drudis en la contra.