El debate sobre la articulación del estado sigue abierto y con demasiada virulencia.
No entiendo muy bien, pasados casi treinta años de convivencia democrática, la aversión y el rechazo visceral que los nacionalistas de muy diverso cuño sienten por España y por lo español, como no sea que ese es el molde sobre el que articulan su discurso político. Es inexplicable que, pese a la brutal descentralización de la administración central, que, en la práctica, ya es poco más que la caja de la Seguridad Social, los asuntos exteriores -y no todos-, el control del ejército, de la policía y de la guardia civil -que compatibilizan su actividad con policías autonómicas- y las instituciones políticas comunes -Congreso, Senado, Tribunal de Cuentas, etc.- y judiciales -Audiencia Nacional, Supremo, etc.- y unos pocos organismos más, las relaciones con y entre las autonomías sigan siendo uno de los asuntos de mayor controversia.
Cada muy poco tiempo planea sobre la opinión pública el fantasma del independentismo, ya sea por declaraciones inapropiadas o por propuestas rebuscadas que no pretenden otra cosa que la confrontación y el desafío. Si a eso unimos que el separatismo vasco ha dado lugar a uno de los terrorismos más cruentos de Europa, todavía inacabado, la conclusión es que el debate sobre la articulación del estado sigue abierto y demasiado vivo. Hasta tal punto que, pese a los esfuerzos recientes de encauzar el conflicto por medio de la reforma de los Estatutos de Autonomía, parece el principal reto para la convivencia de los españoles en el futuro.
Es verdad que muchas veces las opiniones vertidas en Cataluña o Euskadi se descontextualizan de manera interesada por los medios de comunicación de Madrid -siempre dispuestos a proteger las esencias de lo que ello interpretan como España- lo que genera un grado de tensión excesivo que no se corresponde con la realidad. Pero es cierto también que los nacionalistas están sobrevalorados en la política nacional. Como concentran sus votos en sus áreas de influencia, con bastante menos sufragios que Izquierda Unida, por ejemplo, obtienen resultados mucho mejores en número de diputados. Y eso distorsiona por completo las alianzas y las componendas.
Así que ha calado entre muchos españoles que gracias a CiU, y ahora Esquerra Republicana, y al PNV vascos y catalanes sacan mucha más tajada de los presupuestos. Sin embargo ese es un debate generalmente falto de rigor y, por supuesto, sin una buena lectura de los datos. Los asturianos, que nunca han tenido nacionalistas destacados, son una de las comunidades mejor tratadas. Desde siempre y con todos los gobiernos.
EN ESE SENTIDO la discusión política en España ha tomado una deriva demasiado pasional y poco racional. La mayor parte de los argumentos que se emplean excluyen las referencias objetivas para referirse en exclusiva a las emociones, es decir al corazón de los seguidores de cada opción. Así que, además de mentiroso y provocador, se trata de un debate peligroso. Hasta ahora las fuerzas digamos centralistas, PP y PSOE, también en cierto modo Izquierda Unida, habían mantenido un discurso más o menos equilibrado que ha saltado por lo aires en los tres últimos años. Es posible que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero optara de manera ingenua por intentar arreglar el desconcierto autonómico. Pero cometió, al menos, dos errores: el primero no alcanzar acuerdos con el PP antes de abrir el proceso, por más que la oposición de Mariano Rajoy haya sido decir que no a todo desde el primer momento; y en segundo lugar precipitarse con el Estatuto catalán presionado por un tripartito demasiado descontrolado cuando gobernaban Pascual Maragall y Josep Lluis Carod Rovira.
Consecuencia de ello se ha recrudecido un debate entre los sectores más tradicionales y los nacionalismos históricos que ha distanciado a todos en un momento en el que no había demasiadas causas para que eso ocurriera.
Tomado como entidad nacional, España es hoy uno de los países que más crecen y en los que mejor se vive. Quizá el que más ha progresado de la Unión Europea y al que mejor le ha venido este largo ciclo de prosperidad económica. Eso es incontestable. Y lo ha hecho a pesar de esas querellas internas, de esos fatuos intentos de desprestigiarse entre sí como ha ocurrido con campañas como la del cava catalán. En vez de ocuparnos de la invasión en toda regla de los productos americanos, principalmente culturales, hemos perdido el tiempo en estúpidos discursos sobre agravios comparativos. Qué país!
PERO TAMBIEN es cierto que pese a tantas querellas innecesarias, tantas zancadillas interesadas, tantas peleas hinchadas, España como entidad europea se ha desenvuelto bien.
El sentido práctico del mundo financiero y de las empresas -por cierto incluyendo espectáculos tan bochornosos como las opas sobre Endesa- ha dejado en nada esas disputas entre políticos y entre españoles de a pie, a los que tanto molesta el uso de las diferentes lenguas que han sobrevivido aquí o allá y que son un patrimonio muy valioso y no un arma arrojadiza sobre la que construir un discurso patriótico como han hecho tantos políticos.
A mi me gustaría que en España, en Cataluña, en Andalucía, en Asturias se planteasen asuntos de calado como los que denuncia con vehemencia José Bové en Francia, indignado por el espectacular avance capitalista que conculca todo: tierra, patrimonio, ideas y estilos de vida.
Pero aquí no, estamos discutiendo sobre si los valencianos tienen un kilómetro más de un autopista que los extremeños, y mientras tanto las multinacionales imponiéndose implacablemente con el papanatismo habitual de los españoles: desprecian lo próximo y abrazan entusiasmados lo ajeno. Qué tontos!
Mario Bango. Periodista.

Buf, por fin no me enerbo al leer un artículo político de opinión escrito fuera de Cataluña. Con reflexiones como estas me siento un poco más español. Saludos.
"Una cosa que podremos agradecer al franquismo es que se nos ha conferido un saludable horror al nacionalismo metafísico, si bien no estoy seguro de que no vayamos a caer en otras metafísicas": lo escribía un republicano y maestro de sociólogos, Salvador Giner, en 1978; hoy es President del 'Institut d'Estudis Catalans'...