Hablan dos amigos extranjeros. El amigo norteamericano nos dice: "En Europa estáis obsesionados con la identidad. Pensad más en la libertad y la seguridad, o vais a dar la razón a los conservadores de mi país, que os ven como un continente de museos y balnearios, sin fuerza para luchar contra el terrorismo". El amigo asiático afirma: "En Europa podéis hablar y actuar con libertad. Además, lucháis por la seguridad sin renunciar a los otros derechos. Os necesitamos como referencia. No dudéis de vosotros, o daréis la razón a nuestros integristas".
Las dos advertencias se complementan. Europa tiene que atenuar su alerta hacia la identidad y, a la vez, reforzar su creencia en la libertad. Han empezado tiempos de sustitución de la nacionalidad por la ciudadanía, del Estado nacional por el poder transnacional, de la cultura por territorios al territorio con muchas culturas, necesitadas de una ley, una lengua y, lo más importante, de un compromiso de convivencia. Incluso por viejo, el Viejo Continente puede ayudar a repensar los fundamentos de la nueva sociedad pluriétnica.
Es inútil, si no suicida, ignorar que Europa y el mundo son ya pluriétnicos. Como el chiste del inglés tranquilo y el Támesis, si las aguas suben cada día un centímetro no hay que esperar a que el mayordomo les abra la puerta, mientras anuncia: "Milord, ¡el Támesis!". Tampoco hemos de esperar a reconocer que Europa es multiétnica y por lo tanto a aplicar políticas de interculturalidad, en bien de la diversidad, pero también de la cohesión social. O viceversa.
¿Qué valores hay que privilegiar para corresponder a este desafío crucial? La libertad y la tolerancia son importantes. La dignidad y la igualdad, también. Todos confluyen en la democracia y hacen que la seguridad en una democracia esté más segura que en una dictadura, porque recibe el apoyo de la mayoría. Pero el valor que los enhebra a todos es la razón. Un valor europeo expandido al mundo y enriquecido con él, hasta ser del mundo, sin adjetivos. No me refiero a nuestra razón, ni a la del racionalismo en particular. Tampoco a la razón mal entendida como la voluntad de ser racional,lo cual no aclara qué es ser racional. La razón es el pensar, y debiera preocupar que Europa esté hoy poco dada a eso, preocupada no sólo por la identidad, sino por el beneficio material como fin de la vida y la consiguiente indiferencia y relativismo frente a la importancia de lo y los demás.
La razón es el pensar que cuenta. No es un pensar cualquiera, ni tampoco especializado. Y que cuenta en un triple sentido. Uno: no puede ser sino el pensar que precisa del contar,o sea, del hacer cuentas, que es segmentar y recombinar los datos y valores de la realidad, para poder entenderla mejor. Dos: la razón es el pensar que tiene en cuenta,pues además de medir y calcular, interpreta y delibera, sopesa lo que hay o puede haber. Y tres: la razón es el pensar que tenemos en cuenta,porque es el pensar más importante que otros, más técnicos o, por lo contrario, triviales. En otras palabras, razonar es el tipo de pensamiento que sirve para comprender, de un lado, y para complicar un poco más las cosas, de otro lado: es el pensar problemático donde los haya, porque razonar es el pensar que hace que pensemos.
¡Y cuánto hay ahora mismo que pensar en Europa! Que nos asista la razón para encontrar nuestra vía y que sirva, sin imposiciones, a otras regiones de la aldea global. Otro día haremos esa lista.
NORBERT BILBENY, catedrático de Ética de la Universitat de Barcelona.

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