En varias ocasiones he defendido algo que parece elemental en la vida pública: el representante político no puede ser parte del problema que preocupa a los ciudadanos, sean electores o no, sino de la solución.
Y que cuando la política se enmaraña porque cada cual apela a lo suyo siempre quedan las personas en comunidad. Con intereses varios, pero con el sentido común todavía en buen uso.
Y en este momento, después de la experiencia catalana, ya se postulan los ciudadanos para captar la atención y los votos cara a las próximas elecciones. Una iniciativa interesante, sino fuera por los peros. En primer lugar, siempre nos pareció oportuno que una iniciativa de este tipo no podía ampararse en cuestiones del tipo "qué hay de lo mío", sea lo mío un sector profesional, un territorio o un grupo social que se sobreidentifica, precisamente apoyado en los criterios que rechaza el ordenamiento jurídico para establecer distinciones (recuerden: sexo, raza, religión). Está bien para un grupo de presión o para Lugones pero poco más. De ahí al GIL, un paso.
En segundo lugar, los integrantes deberían tener gran sentido de lo colectivo y estar atentos a problemas concretos. Ni en tiempo, ni en proyección, ni en mandato, ni en objetivos, ni en planteamiento nos parecía que los ciudadanos estaban llamados a realizar nada parecido a un proyecto de vida personal. Hoxe aquí, mañán alí!.
Y, en tercer lugar, más deseable en el bloque de derecha que en la izquierda. Sobre todo porque en este momento causa pavor su ansia de poder. Absoluto y sin reparos.
Tomás Cortizo. Catedrático de Geografía en la Universidad de Oviedo.

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