No debería ser necesario recordar que la invasión de Iraq -un gran error- se justificó, por parte de Bush, con el argumento de que había armas de destrucción masiva. Los expertos decían que no estaba probada su existencia y que para ello se requería más tiempo. El Consejo de Seguridad de la ONU se opuso a la invasión. Con ello la determinación de Bush se colocaba fuera de lo que entendemos por legalidad internacional y forzaba una decisión que, al correr de los días, resultaría fatal. A menudo los éxitos son malos consejeros y justamente Bush, animado por lo ocurrido con la invasión de Afganistán, donde deshizo los campos de entrenamiento de Al Qaeda y estuvo a punto de detener a Bin Laden, pensó que algo parecido podría ocurrir en Iraq.

En Afganistán la opinión mundial no encontró nada que decir, puesto que Bush el día del derribo de las Torres Gemelas de Nueva York ya anunció que estaba obligado a llevar la respuesta hasta donde fuera. Se estaba ya en una guerra que por no declarada no dejaba de ser real. Todo ello se hallaba fuera de los moldes conocidos, puesto que el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono por aviones comerciales norteamericanos secuestrados constituía de por sí un acto bélico que poco tenía que ver con la guerra clásica, como, por ejemplo, el bombardeo japonés sobre Pearl Harbor.

Sadam Husein ya anunció lo que iba a ocurrir. Los norteamericanos y sus aliados penetrarían en el país, pero luego se quedarían empantanados. Habría insurgencia y empezarían a llegar a Estados Unidos ataúdes con soldados estadounidenses envueltos en su bandera. Sadam Husein era un dictador feroz, criminal, pero era inteligente y sabía que los estadounidenses, tan temibles en el aire o en el mar, una vez pie en tierra perdían su capacidad armamentista.

Las armas de destrucción masiva no se encontraron. No las había. Pero en cambio sí apareció algo que viene a ser un arma de destrucción casi masiva. Movidos, sin duda, por Al Qaeda, aparecieron en Iraq los suicidas de la bomba en la cintura. Cierto es que los terroristas, mezclados con los insurgentes, utilizaron el ya clásico coche bomba. Sin embargo, los estragos peores fueron los de las bombas que estallaban en la cintura de individuos que se introducían incluso en los locales de la policía o en los mercados y otras aglomeraciones. El hombre bomba no aparecía por primera vez porque ya se le había visto salir del campo palestino para atacar puntos sensibles de Israel. Además de las bombas que estallaban, se produjo un recelo de israelíes sobre palestinos a los que en los puestos de control se les obligaba a desvestirse en parte para mostrar que no llevaban bomba, antes de acercarse al control policial propiamente dicho. Una separación y recelos que envenenaban las relaciones que, de otra manera, hubieran podido normalizarse.

Parte de las casi diarias matanzas de Iraq son producidas per personas con bomba incorporada. Últimamente, como se recordará, estallaron bomba y persona en la cafetería del Parlamento iraquí, produciendo la muerte de algunos diputados y otras diversas personas. El Parlamento iraquí está situado en el centro de la zona llamada verde que está resguardada como ninguna otra del país. Con varias líneas de defensa se tenía la zona verde como inalcanzable. Allí, aparte de ministerios, se hallan ubicadas embajadas, como la de Estados Unidos, y hasta ahora nadie había podido introducir un coche bomba o algo parecido. Pero, en cambio, sí pudo penetrar un individuo que en este momento no se sabe muy bien quién fue.

En la colección de horrores de guerras y luchas faltaba la bomba humana, que ha hecho estragos a caballo de Al Qaeda en varias partes del mundo. Precisamente, todos hemos visto con qué profusión aparecían bombas humanas en Casablanca y en Argel. Del foco de extremistas islámicos de Casablanca salieron algunos de los que participaron en el espantoso ataque de la madrileña Atocha. Todo hace creer que las llamadas células de Al Qaeda se organizan lentamente y permanecen en estado durmiente hasta que se las aviva por razones diversas. Así ocurrió con los suicidas de las bombas en el metro de Londres y así acaba de ocurrir en el Magreb. Algunos antes del estallido han proferido gritos como: "¡Alá es grande!". Es una pena que esos grupos asocien lo religioso con los actos de máximo terror. Haría falta que los ulemas y otros representantes religiosos predicaran en las mezquitas lo que es cierto: el Corán, que para ellos es la palabra de Dios, no habla de violencias y menos de morir matando. Ya sabemos que Al Qaeda y otros grupos extremistas no pueden representar al entero mundo islámico y menos al musulmán. Sin embargo, nos gustaría oír condenas desde distintos puntos del mundo islámico. Deberían predicar lo contrario de lo que los terroristas realizan. Deberían oírse voces del mundo islámico en favor de la paz como regla musulmana.

En el juicio que se desarrolla en Madrid ha aparecido la sombra de suicidas que intervinieron en el gran crimen de Atocha. Algunos se suicidaron cuando iban a ser apresados en Leganés. Parece que con ello cumplían el precepto de Al Qaeda que ordena el suicidio cuando sus hombres se vean en peligro inminente de ser aprehendidos.

Suicidios en frío y para matar no los había habido porque en épocas antiguas o bárbaras tampoco existía la dinamita. No se llamaban bárbaros, aunque los romanos organizaban espectáculos muy crueles en sus circos. Los duelos entre gladiadores - "¡Ave, César, los que van a morir te saludan!"- no conllevaban la muerte de los dos. Vencía el que no moría..., aunque por sus heridas algunos perecieran más tarde.

También otra cosa fueron los kamikazes japoneses, que solían ser aviadores que transformaban su aparato en proyectil intentando hacerlo caer sobre la cubierta de un buque de guerra.