Es el segundo mensaje que, vía internet, recibo invitándome a apostatar. Está redactado con ese fuego propagandístico del prosélito ciego de pasión por su causa que, particularmente, desde siempre me produjo más frío que calor. En él se me conmina a que dé un paso adelante y no me limite a atacar al obispo de Roma y demás príncipes de la Iglesia Católica, y pida la baja como bautizada, para que me borren de la lista de esa grey. Pero ese apóstol de la apostasía no tiene ni idea de mi horror patológico a todo lo tocante a papeleos y burocracia. Siento arritmias y taquicardias ante la idea de rellenar siquiera el documento que me adjunta, para que lo imprima, apostate y lo envíe al arzobispado, con la finalidad de que, a su vez, le dé traslado a la iglesia donde fui crismada.
Si hiciera algo así, como me conozco bien en ese aspecto, sé que ello me supondría comenzar una cadena interminable de divorcios, apartamientos y rupturas: le negaría los buenos días al vecino facha con el que a menudo comparto ascensor, dejaría de comprar la ropa interior en la lencería, cuya dueña es forofa de la COPE, tendría que hacer un Fahrenheit con muchos libros, no querría más tratos con gente querida, a la que vería no como enemiga personal, pero sí con ojos hostiles, y en mis escrúpulos de maníaca llegaría a renegar de mi ciudadanía española, me haría apátrida, para terminar ineluctablemente, al final, abominando de la humanidad y de su sistema de vida basado en la explotación y la esclavitud de las personas y de cuanto pueda transformarse en dinero.
Acabaría convertida en una eremita, alimentándome de hierbas amargas, miel salvaje y rocío de la mañana. Lo malo es que ya no hay desiertos sin dueño, y no gozaría tampoco de la compañía de las fieras, ya todas o drogadas en circos o disecadas, adornando las paredes del salón de sus asesinos. Seguiré, pues, siendo una cristiana hereje, que no cree que Cristo viniera a divinizar a nadie, sino a todo lo contrario. Amén
Carmen Gómez Ojea. Escritora.

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