CARTAS AL DIRECTOR
Después de ser convocadas las elecciones autonómicas y municipales, se me antoja, quiero suponer que al igual que a muchos ciudadanos, a quién confiar el voto en esa cita con las urnas. Para quienes pertenecemos a una generación intermedia, que ni ha vivido los rigores de la guerra ni de la posguerra civil española, ni tal vez pueda erigirse en paladín de la lucha antifranquista, ésta es una de las ocasiones en las que, por vez primera, tenemos claro a quién no hay que votar.
El bochornoso espectáculo que venimos soportando a manos de los más insensatos líderes políticos que padece este sufrido país nuestro, nos invita, como poco, a quedarnos tranquilamente en casa el día de las votaciones. Tanto por defecto como por exceso, tanto los acólitos de Rajoy como los seguidores de Zapatero, vienen demostrando de un tiempo a esta parte que no son gentes de fiar. Me niego en redondo a pelearme con mi vecino, con mi compañero de trabajo o con mi colega de tertulia sólo porque este par de sujetos se hayan empeñado en que volvamos a enfrentarnos entre compatriotas. Bonita desgracia la nuestra. Qué lástima que se hayan enterrado comportamientos y tolerancias tan amplias como las que ilustraron personajes como Suárez, Carrillo, Fraga, González, Tierno-Galván y tantos otros. Aún en las peores circunstancias, y no fueron escasas, jamás perdieron el sentido de la ética, de la cortesía parlamentaria ni del respeto por las ideas del adversario, que no enemigo.
Estos dos individuos, quien gobierna y quien ostenta el grado de jefe de la oposición, han de pasar a los anales de la historia como los dos personajes más ineptos de cuantos nos hayan tocado en suerte. Rodeado el uno por los Rubalcabas y «Pepiños», y el otro por los Acebes y Zaplanas, se han propuesto demostrarnos que, además de hacer ostentación de una supina ignorancia, carecen del menor síntoma de educación, respeto y cortesía, ya no hacia ellos, que por mí se pueden ir a hacer puñetas todos juntos, sino a tomarnos por imbéciles al común y paciente de los ciudadanos. Al diablo con los De Juana o los Otegis. ¿Es que no hay nada más importante de qué hablar?, ¿es que pretenden que nos volvamos a liar a hostia limpia entre españoles?
Y lo bueno de todo es que tendremos que soportar una nueva e insufrible campaña electoral llena de insultos, descalificaciones y un sinfín de predicciones apocalípticas. La verdad es que los españoles no nos merecemos semejantes representantes. Pues que sepan estos descerebrados, que creen que nos dirigen, que somos muchos los que pensamos que no podemos confiar nuestro voto a quienes mienten hasta más allá del amanecer por reconquistar el poder, a quienes se comportan en el Parlamento como vulgares verduleras, con todas mis disculpas para éstas, a quienes gobiernan para minorías y de cara a la galería, o a quienes, con sus actitudes, no paran de ofendernos ni de animarnos a que nos acordemos de todos sus familiares, con bastante más frecuencia de la aconsejada. No se puede votar a nadie que aliente el odio y la incomprensión, que se salte el diálogo y el sentido común, que promueva la intolerancia y el enfrentamiento o el resentimiento como moneda de cambio. Por extensión, tampoco se puede hacer por los representantes de uno u otro partido que actúan como meras comparsas sucursalitas de las «gracias» y gilipolleces que se les antojan a sus jefes de filas con sede en Madrid.
Ya sé que acabarán implorando, los unos y los otros, que no nos quedemos en casa, que vayamos a votar con independencia de por quién lo hagamos, que usemos el llamado voto útil, y quién sabe cuántas nuevas invenciones. Teniendo en cuenta que, al margen de los dos partidos mayoritarios, la verdad es que hay poco con quien arar, bien valdría la pena que los votantes imitáramos el contenido de una famosa novela del premio Nobel de Literatura don José Saramago y nos abstuviéramos de introducir la papeleta en la urna. Que se voten ellos y sus respetadas familias. Probablemente sea una atrocidad, por lo novelesco de la historia, pero tampoco estaría de más que de decidirnos ir a votar, lo hiciéramos por cualquier candidatura vecinal, nacionalista, ciudadana, verde, gris o rocambolesca, de las muchas que se presentan. Seguro que sería la medicina ideal para que los representantes del «apañado» bipartidismo se dieran cuenta de que los electores también tomamos nota. Como Juncal, el torero. Claro que tomamos nota, y claro que no estamos por la labor de regalar nuestro voto a quienes, después, tan sólo lo van a utilizar para alimentar su ego personal, cuando no para seguir abriendo una inmerecida brecha entre la mayoría de los ciudadanos que a lo único que aspiramos es a vivir en paz, y a que nos dejen en paz, si no es mucho pedir.
Martín Montes Peón.
Oviedo

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