El espectáculo es dramático, como lo es el del bañista que llevado por la corriente se ahoga antes de que llegue el servicio de socorro a causa de sus gestos desesperados por evitarlo. Me refiero a esta mayoría de políticos que consideran que el mayor problema con el que se enfrentan es el del desapego general hacia la política, mientras con sus gestos no paran de provocar más desconfianza hacia el propio sistema.

Así lo veo cuando una y otra vez se pone de manifiesto que la crítica entre políticos se centra de manera obsesiva en la erosión de la credibilidad del adversario y no en el juicio de sus ideas, sus propuestas, sus decisiones o las consecuencias de éstas. El sistemático menoscabo del oponente, desde mi punto de vista, es la expresión más clara de la crisis que está viviendo la cultura política del país en general y la de nuestros representantes democráticos en particular. Un desprecio que, a la vez que muestra tal crisis, la acelera y la acentúa. A menudo da la impresión de que los líderes políticos y sus asesores, secos de otra inspiración, han quedado atrapados en las sátiras de los actuales programas de humor, en los que ya nadie espera que lo gracioso esté en la trama argumental - como era el caso de las inolvidables series de Jonathan Lynn y Antony Jay Sí, ministre y Sí, primer ministre,emitidas en TV3- sino en la ridiculización pura y dura de los personajes. De manera que, tal como están las cosas, ya no sé hasta qué punto el estilo de la actual sátira política catalana cumple una función crítica o simplemente se ha aupado en la crisis y saca tajada inmisericorde de ella.

No creo que haga falta poner muchos ejemplos de lo que sostengo porque no hay más que abrir el periódico. Los casos más graves de descalificación personal - incluidos insultos- los vemos a diario en la política española. Pero precisamente porque en nuestro país nos habíamos mantenido en otros niveles de respeto, ahora es más evidente el proceso de erosión política al que estamos abocados sin ninguna capacidad para la autocontención. Sirvan de ejemplo las repetidas reacciones casi simétricas de Mas y Montilla poniendo en entredicho sus respectivas capacidades personales para liderar la reacción a un posible y previsible recorte estatutario. Así, en el último episodio, cuando el pasado fin de semana el president Montilla finalmente adoptaba un tono desafiante en Madrid anunciando que no se resignaría a los posibles recortes y que Catalunya sabría unirse en una sola voz, Mas le respondió que lo dicho sonaba bien, pero que no era la persona adecuada para liderar tal respuesta. Véase la lógica de la reacción: aun cuando se está de acuerdo con lo proclamado en Madrid, lo que se pone en discusión es nada más y nada menos que la idoneidad y la lealtad del presidente de Catalunya a su cargo y a su país. En consecuencia, triste favor al país, se desactiva la amenaza. También se puede leer en la reacción de Mas que CiU sigue discutiendo la legitimidad de tal presidencia, claro está. Pero ya me dirán qué confianza en la política puede tener el ciudadano si lo que se le está diciendo es que la persona del president no es la idónea para cumplir sus obligaciones. ¿O es que tendría alguna lógica política que una respuesta conjunta del país ante el recorte estatutario lo liderase el jefe de la oposición? No hace falta decir que, cuando es Mas quien sugiere estar en condiciones para ejercer este liderazgo, desde el Gobierno se le recuerda - amarga memoria- quién lideró los recortes estatutarios previos en la Moncloa. Y así, de reproche en reproche hasta la derrota final.

No me interesa tanto el ejemplo apuntado como el fondo y la posible superación de la retórica actual de la confrontación política en Catalunya. Y para ello hay que contar con que una de las razones del triunfo de la lógica de la erosión del adversario y el abandono de la discusión de sus propuestas está en su mayor eficacia mediática. Una descalificación es siempre mejor titular que un argumento. Además, es más fácil que sea inmediatamente respondida, de manera que acelera la confrontación, consiguiendo que el debate político acabe en una sucesión de planos cortos y rápidos, como exige la audiencia. Finalmente, el espectador, pero también el periodista, captan muy bien un insulto y en cambio no siempre están en condiciones para comprender un argumento bien documentado.

La política catalana actual está atrapada en el resentimiento - que provoca un profundo menosprecio del adversario- y en la falta de nuevos horizontes, cuando no en la amenaza de los conseguidos de manera cruenta, realidad que la deja atrapada en el corto plazo. Por esa razón, la lógica de la confrontación es tan pobre y no puede superar el fácil tirón mediático hacia la erosión personal al que hacía antes referencia, con lo cual, la política se hunde cada vez más en un barro que disimula las diferencias políticas y sólo destaca el gesto amenazante. La mejor salida a esta pobre situación sería la superación de resentimiento, es decir, recuperar el respeto por el adversario, y construir nuevos horizontes nacionales para poderlos liderar. Pero también ayudaría que cambiaran las reglas del juego político, con una nueva ley electoral, de manera que el mayor compromiso e interés del político fuera la lealtad hacia el elector y no, como hasta ahora, hacia el partido, que es lo que provocan las listas cerradas. Mientras tanto, por favor, que no nos den el latazo sobre el problema de la abstención y de la desafección política a las que, farisaicamente, nos invitan un día sí y el otro también.

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