Tengo el privilegio de ser amigo de dos asturianos universales. Uno es el poeta Xuan Bello: no me ciega la amistad si escribo que hoy en día se cuenta entre los mayores escritores de la Península. El otro, el doctor Federico Muñiz, ya retirado, que estuvo ejerciendo el oficio en nuestro país, allá por los setenta: seis años en Vilafranca del Penedès y cinco más en Barcelona, ayudando, en tanto que ginecólogo, a alumbrar alumbramientos -valga la redundancia-.

Pasé unos días de ensueño en la casa que Federico tiene en Cadavedo, muy cerca de Luarca. Para los mediterráneos, el Cantábrico resulta un mar gozosamente bravo -nada que ver con nuestra civilizada charca, tan a menudo encharcada en una luz algo sucia, color papilla, y tan llena de medusas y más cosas-. La casa de mi anfitrión está varada cerca de un acantilado de cien metros de altura que parece dispuesto para que el viajero de Friedrich vuelva a posar en su borde. Pinten en su imaginación un acantilado sobre un mar azul cobalto. Llenen su cielo de gaviotas estruendosas (el PP acertó en su emblema-mascota) y de hermosos cuervos, de unas rocas escarpadas allá en el fondo. Accedan a él desde un jardín algo selvático, en varios niveles de terraza. Ése es el refugio del bueno de Federico: la casa llamada el Hedrón -su nido particular, desde hace más de treinta años-, el jardín y una hermosa panera -un hórreo, para entendernos-, de planta rectangular, no cuadrada; y seis pegollos que la sostienen.

El doctor Muñiz, como digo, desempeñó el noble oficio de galeno por tierras catalanas. El servicio militar le hizo amigo del alma del escritor Xavier Romeu, que murió en 1983. Romeu le presentó a algunos miembros de lo más granado de la cultura catalana del periodo: entre ellos, Maria Aurèlia Capmany y su compañero Jaume Vidal Alcover. Federico habla con pasión de la Capmany y, sobre todo, de su adorado Xavier Romeu.

Se nota que aquellos años golfos imprimieron un sello indeleble en su conciencia. Antes se vaciaba el mar con un vaso de sidra que se agotaba su memoria.

Hablamos largo y tendido de todo eso: de Asturias y de Catalunya, de libros y de piedras labradas como la que adorna su jardín. Hijo de una buena cuna de Candás, el doctor no tiene ningún empacho en vindicar su condición de burgués. Eso sí, detesta a los pequeño burgueses. Muñiz, muy cabezón (como buen asturiano), se siente un republicano de pura cepa y socialista con algunos ribetes utópicos, odia los nacionalismos, cree en la armonía y la concordia entre los distintos pueblos de España. La amistad está por encima de distingos ideológicos. Dice que los vascos y los catalanes somos, a diferencia de los astures, unos victimistas irredentos. Lleva algo de razón.

En fin, Federico: estás muy herido por algo que hiere más que el amor patrio, los pinchos de pita o el pez espada. Aguanta, compañero. En tu jardín nada potager, te especializaste en una flor: la camelia. Las tienes de muy distintos modelos: algunas más chatas, otras algo más estilizadas; rosadas, encarnadas, color naranja... No sabía yo que había tantas clases. Reservaste un rincón a otras especies: el heliotropo, que huele a jabón (la camelia huele a nada, que es un aroma algo inquietante). Entre culín y culín de sidra -que escanciabas desde una altura no olímpica pero sí meritoria-, me aleccionaste sobre tu vergel. A mí y a mi familia nos colmaste de dádivas. Así, unos magníficos lirios -una flor que siempre se me antojó la artización (algo daliniana) de un huevo frito-. Los envolví en un periódico empapado, y aguantaron las ocho horas del viaje. Ahora embellecen la mesita de mi recibidor. Al despojar el ramo de su coraza de papel acartonado y tinta desleída, constaté que había envuelto los tallos en un magnífico artículo de Bello titulado La noche de San Xuan. ¡Cómo no iban a sobrevivir los lirios al viaje que los trajo de uno a otro mar, ambos tan nuestros!