Se enfrenta a un auténtico póquer de ases de la política estadounidense, en su partido nada menos que a una mujer que puede hacer historia por múltiples razones -la senadora Hillary Clinton- y al afroamericano más elocuente desde Martin Luther King, el senador Barack Obama. En lo que respecta al partido de la oposición, los rivales son el llamado alcalde de América, Rudolph Giuliani, y el senador John McCain, un auténtico héroe de guerra con más de veinte años de experiencia en el Senado.

Sin embargo, ningún experto desprecia las posibilidades del ex senador John Edwards, candidato a la vicepresidencia por el Partido Demócrata en el año 2004 y que, libre de otros compromisos y dotado de una considerable fortuna personal, está haciendo campaña por la presidencia desde hace casi dos años y medio.

Edwards fue recientemente noticia por anunciar que a su esposa Elizabeth se le había reproducido un cáncer, esta vez en la caja torácica, una dolencia tratable pero incurable, pese a lo cual no iba a abandonar su campaña. Algún cronista, con especial falta de tacto, ha apuntado a la posibilidad de que Edwards se convirtiera en el primer presidente viudo desde los tiempos de Benjamin Harrison, hace más de un siglo. Otros, no menos macabros, recordaron un éxito de Hollywood de hace unos años, El presidente y missWade,en el que un presidente viudo, interpretado por Michael Douglas, se enamoraba de una joven activista política (Annette Bening, esposa en la vida real, por cierto, del auténtico activista político y famoso actor Warren Beatty).

La desgracia no es ajena a la familia Edwards, que perdió a su hijo mayor, Wade, cuando sólo tenía 16 años, víctima de un absurdo accidente (un golpe de viento volcó el jeep en el que viajaba). El matrimonio decidió ampliar la familia cuando Elizabeth ya se acercaba a los 50 años, con lo que a su hija mayor, nacida en 1982, se unieron tras el correspondiente tratamiento de fertilidad otra niña en el año 1998 y otro niño en el 2000.

Estos detalles, tan personales e íntimos, son cruciales en Estados Unidos, donde se escudriña hasta los aspectos más recónditos de la vida de los candidatos y los diarios van llenos, por ejemplo, de las malas relaciones de Giuliani con los hijos que tuvo en su segundo matrimonio (el ex alcalde de Nueva York se casó por tercera vez en mayo del 2003). Pero, obviamente, la historia familiar no hará presidente a Edwards, ni le proporcionará por su cara bonita - la verdad es que no aparenta los 54 años que tiene- la candidatura demócrata a la presidencia.

A favor de Edwards juega el hecho de haber sido elegido senador - sirvió un solo mandato, de 1999 al 2005- por un estado tan conservador como Carolina del Norte presentando unas credenciales centristas, su brillantez dialéctica - ganó su fortuna como abogado, dentro de la extendida práctica estadounidense de que el letrado cobre una minuta proporcional a la indemnización conseguida- y, sobre todo, porque a lo largo de su carrera política se ha caracterizado por no recurrir nunca a la publicidad negativa contra sus adversarios.

En la práctica, sin embargo, su posible éxito se basa en dos factores bastante más prosaicos: ser capaz de aglutinar, en las primarias, el abundante voto anti-Hillary, y enfrentarse en la elección final con un candidato republicano demasiado mayor (McCain) o demasiado liberal (Giuliani). Lo primero es lo más difícil.