A pesar de su retórica belicosa, George W. Bush gustaría mucho de evitar tener que optar entre ordenar ataques aéreos contra emplazamientos nucleares iraníes o aceptar un Irán con poder nuclear. Por el momento, los funcionarios de su Gobierno esperan que las sanciones selectivas,que se dirigen directamente a los líderes iraníes, permitan llegar a un arreglo. La reciente decisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de intensificar las sanciones actuales sobre Irán, prohibiendo tratos con 15 personas y 13 organizaciones, se orienta precisamente en ese sentido. Sin embargo, si bien algunos miembros del Gobierno de EE. UU. argumentan que sanciones similares influyeron para que Corea del Norte cediera con respecto a su programa nuclear, hay varias razones por las que es poco probable que la misma estrategia funcione en el caso de Irán.
Ante todo, en realidad las sanciones selectivas no funcionaron en el caso de Corea del Norte. La congelación de 25 millones de dólares de sus fondos, depositados en el Banco Delta Asia de Macau, ciertamente irritó a los norcoreanos. Sin embargo, esto no evitó que Kim Jong Il ordenara una prueba de misiles balísticos en junio pasado o una prueba nuclear subterránea en octubre.
En lugar de ello, la voluntad de Corea del Norte de reanudar las negociaciones refleja en parte la decisión de los estadounidenses de dejar de insistir en el "desmantelamiento completo, verificable e irreversible" del programa nuclear norcoreano como precondición para entablar conversaciones para la normalización de las relaciones. La Administración Bush ha aceptado que Corea del Norte es una potencia nuclear y que los extranjeros poco pueden hacer al respecto, de modo que Estados Unidos ha cambiado su postura diplomática desde el enfoque intransigente de Japón a la posición de China, más flexible y orientada a asegurar la estabilidad.
El cambio es comprensible. Considerando sus compromisos militares simultáneos en Iraq y Afganistán, junto con la capacidad nuclear demostrada por Corea del Norte, la Administración Bush no puede amenazar a Kim por la fuerza de un modo creíble. Las sanciones han remecido al régimen norcoreano, pero no lo suficiente como para hacerle renunciar del todo al programa nuclear, que es su máxima garantía de seguridad.
Al mismo tiempo, que los norcoreanos estén dispuestos a llegar a un arreglo también refleja la decisión de China de hacer valer sus cartas, ya que sigue siendo la única potencia extranjera con alguna influencia real en el Gobierno de Kim.
Exasperados por la negativa de Kima contribuir a aminorar las tensiones internacionales, las autoridades chinas han dejado en claro su rechazo a proteger y subsidiar a la elite norcoreana si sigue empujando a Estados Unidos a una confrontación. Los chinos no pueden obligar a Kim a un desarme total, pero le pueden persuadir de que negocie con un Estados Unidos que ahora se muestra más flexible.
Como resultado, Estados Unidos y Corea del Norte han llegado a un entendimiento que difiere del acuerdo marco al que se llegó bajo Clinton, principalmente debido a que Corea del Norte ahora tiene un historial tanto como país que rompe sus compromisos como de ser uno que dispone de armas nucleares. Habiendo retornado a la mesa de negociaciones en una posición de poder, Corea del Norte hoy espera llegar a un acuerdo que libere los fondos retenidos y le reporte nuevos beneficios que ayuden a apuntalar al régimen. En tanto los chinos sigan haciéndose oír y los estadounidenses sigan dispuestos a negociar, el acuerdo puede mantenerse en pie. Pero es improbable que alguna de estas posturas diplomáticas se mantenga indefinidamente.
En cualquier caso, nada de esto ayudará a la Administración Bush frente a Irán. Ningún actor externo tiene sobre Irán la influencia que China tiene en Corea del Norte, e incluso si Estados Unidos ofreciera a Irán un enfoque más conciliador, es improbable que el Congreso, dominado por los demócratas, lo apoyara. Golpeados por las críticas de que su posición sobre la guerra de Iraq es incoherente y que tienen una actitud blanda ante las amenazas a la seguridad, los demócratas parecen decididos a aumentar la presión sobre Irán, mostrándose partidarios de sanciones mucho más amplias que las propuestas por la Administración Bush.
Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, Tom Lantos, ha presentado un proyecto de ley que ampliaría el alcance extraterritorial de la ley estadounidense con respecto a avalistas, garantes, aseguradores, instituciones financieras y agencias de crédito a las exportaciones de los gobiernos extranjeros, lo que prohibiría a las filiales extranjeras de compañías estadounidenses invertir más de 20 millones de dólares en el sector energético de Irán, y eliminaría la facultad presidencial de eximir de estas penalidades. También incluiría a la Guardia Revolucionaria de Irán en el listado de grupos terroristas e impondría limitaciones adicionales a las exportaciones destinadas a la industria de aviación civil del país.
Más aún, los republicanos se están sumando a la tendencia. La representante Ileana Ros-Lehtinen ha propuesto una ley que exigiría a los fondos de pensiones del Gobierno estadounidense, los fondos de pensiones privados y los fondos mutuos vendidos o distribuidos en Estados Unidos que retiren sus inversiones colocadas en compañías que inviertan más de 20 millones de dólares en Irán.
Finalmente, del mismo modo que Irán no se encara a ninguna China - es decir, un actor externo con una influencia interna considerable-, Corea del Norte no se encara a ningún Israel, un vecino que cree que su seguridad podría depender de un ataque militar preventivo.
Israel no desea atacar a Irán sin el apoyo de Estados Unidos y seguirá presionando al Congreso y al presidente con todos los medios a su alcance.
El atractivo de las sanciones selectivas contra Irán es obvio: su intención es ayudar al Gobierno a evitar una acción militar que podría crear más problemas que los que solucione, y permiten a la Casa Blanca argumentar que apuntan a socavar el Gobierno de Irán y no a su pueblo. También tienen muchas más probabilidades de lograr el apoyo internacional que unas sanciones que eliminarían el petróleo y el gas iraníes del mercado mundial.
No obstante, es poco probable que las sanciones, selectivas o no, puedan minar el consenso que existe dentro de Irán a favor de su programa nuclear. Como en el caso de Corea del Norte, la capacidad nuclear constituye un potente símbolo de la soberanía de un país y su prestigio internacional, y sería la mejor garantía de que Estados Unidos nunca pueda hacer allí lo que ha hecho en Iraq.
Las sanciones dan a los legisladores y diplomáticos mucho tema de conversación. Pero, a menos que haya un cambio radical en la política interna de Irán, no harán más que posponer la difícil (y cada vez más probable) disyuntiva entre una acción militar o aceptar un Irán nuclear.
IAN BREMMER, presidente del Eurasia Group, consultoría de análisis de riesgos políticos globales, y autor de ´The J Curve: A new way to understand why nations rise and fall ´
© Project Syndicate, 2007 www. project-syndicate. org Traducción: David Meléndez Tormen

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