ANÁLISIS
El señor Paulino Rivero mostró el viernes un gran naipe en Tenerife. El diputado Rivero es conocido en toda España por los buenos modales con que presidió la comisión parlamentaria sobre los atentados del 11-M, de infausto recuerdo. Habla suave, luce un esmerado corte de pelo y viste unas camisas de cuello ancho que le dan un aire criollo; parece el encargado de un ingenio azucarero. Es maestro de escuela. Maestro y alcalde de la pequeña población tinerfeña de El Sauzal. Hijo de una familia humilde, comenzó desde abajo hasta conquistar el escaño. En la actualidad es el candidato de Coalición Canaria a la presidencia del archipiélago, tras una astuta, dura y embrollada pugna con los camisas de seda,la aristocracia económica de las islas, especialmente mandona en Gran Canaria y Tenerife.
Mostró un gran cinco de oros el candidato Rivero porque es tradición en Canarias que la dirigencia regional salude las visitas de los presidentes de Gobierno con algún gesto ostentoso y reivindicativo. A Felipe González le publicaron cartas abiertas en los diarios, a toda página. Con José María Aznar fueron más precavidos, porque tiene malas pulgas e igual mandaba a la Armada de Perejil a tomar los cabildos, de manera que sólo le enseñaron unos dossiers y unas carpetas. A Zapatero, la sonrisa del godo, le han mostrado el naipe y los cinco envites. Y una bandera saharaui en el mitin del sábado.
Rivero, decíamos, ha bregado con los camisas de seda,factótums del regionalismo desde que la UCD canaria, huérfana de Adolfo Suárez, se rompió en mil pedazos y en tropecientas candidaturas municipales independientes. Lentamente, la amalgama se recompuso, con el concurso de ex comunistas y cristianos de base en fase posteucarística. El hilo comunista es interesante de seguir. El PCE isleño lo lideraba Fernando Sagaseta, un abogado locuaz, volcánico, enamorado de la Unión Soviética y enemistado con Santiago Carrillo, al que consideraba un traidor. Carrillo, siempre maquiavélico, ladeó a Sagaseta, aupando a José Carlos Mauricio, un joven con aires de galán y labia extraordinaria, que llegaría a ser el mejor orador que ha pisado el Congreso de los Diputados desde los idus de 1977. Es un tipo capaz de hablar durante más de una hora sin papeles ni guiones, con orfebrerías del Caribe, ramalazos de García Márquez y un respeto exquisito a las oraciones subordinadas. Mauricio es hoy el hombre fuerte de Coalición Canaria en Las Palmas. Cabildea el maduro galán.
La política canaria es más complicada que la Italia de Andreotti y tan desmadrada como la Venezuela oronda que en los años sesenta viajaba en gigantescos Buicks por las avenidas petroleras de Caracas.
Canarias es una confederación isleña; cada isla, con sus intereses y con sus clanes. Canarias es fulano y fulano, y fulano, y fulano. Canarias es Miguel Zerolo, alcalde de Santa Cruz de Tenerife, acusado por la fiscalía anticorrupción de presunto tráfico de influencias, que se presenta a la reelección con unos cartelones donde pone: "Yo cumplo".
Canarias es también una de las esperanzas del PSOE en las elecciones del 27 de mayo. En la oposición desde hace catorce años, los socialistas suben y parecen captar el descontento ante la oxidación regionalista. Las encuestas sitúan al ex ministro Juan Fernando López Aguilar en primer lugar, pero no es fácil que gobierne. Si no hay mayoría absoluta - muy difícil de obtener con un sistema electoral que prima las islas pequeñas-, lo más probable es un nuevo pacto entre Coalición Canaria y PP.
¿Por qué sacrificar entonces al joven jurista Aguilar? Porque el principal objetivo de la sonrisa del godo es amasar el máximo número de votos en la España periférica. Ensanchar distancias. Dejar al PP encerrado en el Gran Madrid, en las catedrales góticas de Castilla y, si no hay más remedio, en la playa valenciana de la Malvarrosa.

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