El domingo pasado por la mañana, los Aguirre Solarte -abuelos, sus siete hijos y veinte nietos-, cargados con provisiones y botas de vino, se subieron hasta el Pagasarri para festejar con galerna y viento del Cantábrico el cumpleaños del aitite (abuelo), y comentar la situación política del país con la perspectiva que ofrecen 671 metros de altitud.

Tras una larga y animada sobremesa, en la que se habló del probable descenso del Athletic a segunda división y de cómo tan triste suceso no cambiará en nada la fidelidad de la familia a los colores rojiblancos, se levantó el abuelo, don Jose Ventura, para cantar, primero, el himno de San Ignacio en euskera y, luego, pronunciar estas palabras:

“Quisiera que no olvidaseis nunca que nosotros, los Aguirre Solarte, fuimos liberales fueristas mucho antes de que existiera el nacionalismo vasco, y defendimos el régimen foral como contrapoder frente al poder absoluto de los reyes. Pero ahora, ese poder despótico lo ejercen nuestros paisanos más violentos, que se alzan más como jefes de tribus o clanes que como demócratas, por mucho que el otro día en Barakaldo apelasen a la democracia para poder participar en las elecciones sin condenar la violencia”.

Mientras el abuelo hablaba, su mujer, doña Ceferina, le contemplaba embelesada espiando la impresión que sus palabras producían entre sus nietos. Los veintiocho miembros de la familia Aguirre Solarte escuchaban al abuelo con la misma atención con que los intérpretes de Banderas de nuestros padres atendían las instrucciones de Clint Eastwood durante el rodaje de la película.

Cuando, en medio de una brisa vivificante, el abuelo terminó su disertación, el primero en levantarse fue Eneko, el benjamín de los nietos, ‘el chispas’ como le llaman sus amigos, para decir con brevedad y rotundidad que “los que no tienen nada que perder, tienen todo que ganar y ésta es la regla de nuestros energúmenos”.

Doña Ceferina, la abuela, no comprendió muy bien la breve disertación de su nieto, pero su marido, inclinándose levemente hacia ella, le explicó que lo que había querido decir es que si ETA dejara las armas, perdería un proyecto existencial que considera heroico, por una alternativa que para los chicos de la pistola no tiene nada de emocionante, en tanto en cuanto supondría incorporarse a un mundo que les resulta hostil, un mundo sin armas ni explosivos y en igualdad de condiciones, algo que no encaja en sus esquemas –trabajar como cargadores en los muelles de Santurtzi, por ejemplo-, porque para ellos no puede haber felicidad donde sólo hay el sudor de su frente.

Doña Ceferina pidió a su marido que repitiese estas palabras en voz alta para conocimiento general de la familia, lo que don José Ventura cumplió a rajatabla, añadiendo luego esta reflexión:

“El presidente ZP, con su ley de la memoria histórica, su política unilateral y sus guiños al mundo radical, ha echado por la borda treinta años de consenso y ha dividido a los españoles en dos bandos, como si estuviéramos asistiendo a un combate de boxeo. Probablemente, el presidente, de naturaleza escurridiza, se adentró en ese peligroso viaje subterráneo pensando que en el particular momento político que vivimos es la audacia el decisivo común denominador de todo cálculo. Sin embargo, parece que ha confundido la flecha que apunta al cielo con la que señala el infierno, y en esa tarea el PP también ha tenido su parte de responsabilidad. Así es como el terreno de juego ha quedado enfangado por completo”.

* Javier Ybarra Ybarra es escritor y autor de Nosotros, los Ybarra.