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11 Abril 2007

Entre sus iguales, de Edward Lucie-Smith en Culturas de La Vanguardia

Hace tiempo que los británicos han fetichizado la obra de William Hogarth (1697-1754) y la consideran como la producción del primer pintor importante nacido en suelo inglés. Semejante consideración excluye las exquisitas miniaturas pintadas en los períodos isabelino y jacobeo por Nicholas Hilliard e Isaac Oliver. Una nueva y ambiciosa exposición de la Tate Britain ofrece la oportunidad de poner a prueba este juicio.

Hogarth es más conocido por las pinturas y los grabados realizados en series o, a menudo, en forma de parejas opuestas. La más famosa de estas secuencias esLacarrera del libertino,que hoy se encuentra en el Museo Sir John Joane de Londres. Una secuencia equivalente es La carrera de la prostituta,que sólo sobrevive en forma de grabados. Los lienzos originales fueron destruidos por un incendio en 1755. La carrera del libertino gozó de un importante éxito en el siglo XX: inspiró la ópera del mismo título de Stravinski (1947) y un ballet coreografiado por Ninette de Valois (1935). Más tarde inspiraría también un conjunto de aguafuertes de David Hockney (1971) y una serie de fotografías de Yinka Shonibare (1998), un artista británico de origen africano. De modo que Hogarth sigue muy arraigado en la cultura británica; en el Reino Unido, sus imágenes moralizantes constituyen tanto un Ur-text como las obras de Shakespeare.

En algunos aspectos importantes, Hogarth parece muy moderno: sus series de grabados son precursoras de las tiras cómicas o incluso de los culebrones televisivos contemporáneos. La segunda comparación quizá sea más importante, puesto que nos acerca al hecho de que el arte de Hogarth está relacionado de modo íntimo y poco habitual con el teatro. Cierto número de pinturas suyas son translaciones directas de cosas vistas en el teatro; entre ellas, las sucesivas versiones de la escena culminante de La ópera del mendigo de John Gay. Haciendo uso de canciones populares famosas, dicha obra sugería la existencia de estrechos paralelismos entre el hampa londinense y los sectores elevados de la política y la sociedad británicas. Un objetivo especial de la sátira era el primer ministro sir Robert Walpole.

En general, la pintura del siglo XVIII mantuvo una estrecha relación con el teatro, el principal entretenimiento popular del momento. La obra de Hogarth presenta siempre unas aristas más ásperas que cuanto se producía en Francia; en realidad, el artista era de un chovinismo feroz y condenaba lo que consideraba la decadencia de los usos y costumbres galos. Además, puesto que inició su carrera como grabador y sólo más tarde se dedicó a la pintura, sus imágenes estaban concebidas para ser leídas - construidas detalle a detalle- más que destinadas a la mera contemplación. Da a veces la impresión, considerando sobre todo sus obras satíricas, que Hogarth pertenece más a la literatura que al arte.

Si comparamos los cuadros de figuras pequeñas - que forman la mayor parte de su producción- con los equivalentes franceses, Hogarth es mucho menos meloso. Así, pese a la indumentaria dieciochesca es más bien un artista de una época anterior. Pieter Bruegel el Viejo viene a la mente. Sin embargo, existe una diferencia muy importante. Las figuras que aparecen en las escenas de género de Bruegel son campesinos. Y sabemos bien que los clientes del artista no eran campesinos, sino que procedían de la élite de su época. Hogarth, en completo contraste, fue un hombre de ciudad. Cuando la campiña inglesa aparece en sus cuadros, se trata sólo de un telón de fondo secundario para el acontecimiento principal. En una de sus escenas de conversación con marco rural, La familia Jones (c. 1730), Hogarth lo ilustra de modo bastante explícito. Las figuras principales, vestidas con elegancia, pertenecen auna familia terrateniente galesa. A lo lejos, hay campesinos trabajando y descansando y una diminuta pareja de amantes copulando en un almiar. Estamos ante el comentario de un hombre de ciudad sobre el estilo de vida rural.

El origen de la fama del artista entre sus contemporáneos fueron los grabados, y no cabe duda de que fueron también el principal origen de sus ingresos. Las personas que compraban esos grabados eran en buena medida como él, miembros de una nueva clase media con aspiraciones. La importancia de esa clase en la sociedad inglesa fue uno de los rasgos que distinguió la vida en el Reino Unido de la vida en el continente europeo. En Francia, los artistas siguieron manteniendo una dependencia mucho mayor del mecenazgo oficial o, en ausencia de él, del mecenazgo de personas situadas mucho más arriba en la escala social que en el caso de Inglaterra. Hogarth, por el contrario, se dirigió en gran medida a sus iguales.

Como muchos autodidactas, no toleraba la imposición de limitaciones. Quiso probar muchos tipos diferentes de cuadros. Tuvo una suerte variada. Los grandes cuadros bíblicos para el hospital de San Bartolomé en Londres cosecharon poco éxito en su época y desde entonces han obtenido un aplauso similar. Los intentos con la pintura histórica - para los artistas y críticos del período, el ámbito más elevado del arte- suscitaron poco entusiasmo. La última obra de ese tipo, Segismunda llorando sobre el corazón de Guiscardo (1759) escandalizó a sus contemporáneos por lo que el catálogo de la exposición describe como "la imagen escandalosamente tangible y despreciable del reluciente corazón". El público contemporáneo lo consideró absurdo y grotesco. En la actualidad vemos que anticipa, de un modo sorprendente, el Sturm und Drang de las pinturas de Fuseli.

Lo que Hogarth hacía bien eran los retratos: pintó un autorretrato basado en uno de Murillo - que ya estaba en una colección inglesa a principios del s. XVIII- en el que parece compararse con su pequeño dogo. El más conocido de esos retratos es un maravilloso boceto titulado Vendedora de gambas,la imagen de una sonriente vendedora callejera pintado para su propio placer. Las pinceladas rápidas y virtuosas de esa pintura anticipan la obra de Manet.

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