EL RUNRÚN

Tras cuarenta años prohibidas, esta Semana Santa las capuchas han vuelto a la población siciliana de Corleone. La policía ha levantado el veto y los encapuchados han ocupado de nuevo sus lugares en las procesiones de ese pueblo que el mundo entero asocia con la mafia, y no por casualidad. Durante cuatro décadas los penitentes han tenido que desfilar con la cara descubierta, que es menos emocionante. El motivo era claro: en estas décadas turbulentas cualquier asesino podía vestirse de cofrade y, oculto tras una capucha, en el más absoluto anonimato, acabar con algún rival. La prohibición se ha levantado después de que - hace ahora un año- detuviesen a Bernardo Provenzano, jefe de todos los jefes, y la situación esté más calmada.

Capucha llevaban también los miembros de ETA que la pasada semana aparecieron entrevistados en el diario Gara.También llevan capucha los policías que, por razones de seguridad, no deben ser identificados. ¿Y los ladrones de bancos? Pues esos llevan capucha, careta (de pirata, de Pato Donald, de Bush, de Blancanieves...) o media de nailon, a elegir. Cubrirse el rostro y dejar únicamente los ojos a la vista es el primer paso indumentario de todo aquel que no quiere ser identificado, sea porque intenta obrar bien o porque intenta obrar mal. Pero imaginemos que la prohibición siciliana de ir con la cabeza tapada no hubiese ido dirigida a penitentes católicos sino a miembros de la comunidad musulmana, de cualquier comunidad musulmana de una ciudad europea. (A las mujeres de esa comunidad, claro está, porque ellas son las que - en según qué meandros de la fe- tienen que ir con la cara cubierta.) E imaginemos que la prohibición se hubiese hecho por los mismos motivos que en Corleone: para no facilitar la tarea a los delincuentes. La indignación de los multiculturales hubiese sido de aúpa. Cuando, hace unos meses, Alberto Fernández Díaz propuso en el Ayuntamiento de Barcelona prohibir el uso de la burka en la vía pública, le dijeron de todo menos sostenible. Fernández Díaz explicaba que lo proponía porque la burka atenta contra la dignidad de la mujer y porque es un disfraz ideal para los delincuentes. Tanto que, en una ciudad india, hartos de que les roben gracias a esa prenda, los comerciantes vetan el acceso a las personas con burka, y digo personas porque, si el hábito no hace al monje, la burka no presupone necesariamente que debajo haya una mujer. De modo que quizá haya una forma de que Fernández Díaz consiga prohibirla. Que incluya esa prenda dentro de un catálogo más amplio de cucullas enmascaradoras, en el que también estarían los capirotes de los penitentes de Semana Santa. Así, nadie podría aducir partidismo procatólico. Ni una burka en la calle durante todo el año y, la próxima Semana Santa, en las procesiones, todos con la cara a la vista. Aunque si todo el mundo va a ir siempre con la cara a la vista, también habrá que hacer algo con los que se pasan el día entero con el casco de la moto puesto, sin que se les vea la cara: los mensajeros. Con el casco de la moto puesto pasean por la calle, con el casco puesto suben en el ascensor, con el casco puesto entran en las oficinas y con el casco puesto entregan los paquetes en recepción. Híbridos de Aquiles de Troya y la Hormiga Atómica, ¿qué será de ellos? Obligarles a quitarse el casco cuando bajan de la moto sería arrancarles su esencia, su talismán, su razón de ser.