Hubo varias sorpresas y muchas lecciones en una larga conversacion que mantuve la semana pasada con la familia Kaliff, granjeros de maíz, del interior de Nebraska, Charles de 79 años y sus tres hijos.

La primera era que los Kaliff están en contra de la guerra en Iraq. "Tenemos que cortar y correr", dijo John Kaliff, de 48 años, usando la frase "cut and run", es decir salir corriendo de Iraq, una frase que jamas me habria imaginado pronunciarse en una granja del conservador "cinturón del maiz".

Pero las últimas noticias sobre el trato negligente de veteranos mutilados y cucarachas, ratones y moho en las paredes del hospital militar Walter Reed había hecho mella en el campo de Nebraska. "Ni tan siquiera podemos cuidar a los que vuelvan así que más vale cortar y correr", añadió John.

Lo más sorprendente de la conversación con los Kaliff, sin embargo, era el impacto en Nebraska del "boom" del etanol, el combustible que, según insisten el presidente Bush y los líderes demócratas, va a librar a EE.UU. de su dependencia de los países productores de petróleo en Oriente medio.

Paradójicamente, los acontecimientos en Iraq no son ajenos al boom del etanol que ha cambiado la vida de los Kaliff. Porque, aunque jamás habría que achacar la guerra exclusivamente al petróleo iraquí, ni el neocon más fantasioso habría pedido tanto sacrificio, tanta sangre americana por la democracia y la libertad de 24 millones de iraquíes de no haber sido Iraq el número dos en el ranking mundial de reservas de petróleo tras Arabia Saudí. Wolfowitz lo reconoció, y Ariel Cohen, analista neoconservador sobre seguridad energética del Heritage Institute en Washington, elaboró un buen plan de aprovechar el petróleo iraquí para romper la OPEP -ver "The Road to Economic Prosperity for a Post-Saddam Iraq " (Heritage, septiembre del 2002).

Pero tras años de sabotaje e infrainversión la producción del crudo en Iraq ni tan siquiera alcanza los 2,6 millones de barriles diarios anteriores a la guerra, y el gobierno no se pone de acuerdo sobre la nueva ley del petróleo pese a los esfuerzos de la consultora estadounidense Bearing Point, una reticencia gubernamental achacable quizás al miedo a una bomba insurgente bajo el coche de un ministro que privatizase el petroleo iraquí para el beneficio de Exxon.

Por su parte, la OPEP se encuentra más intacta que nunca con Hugo Chávez consolidado en el poder en Caracas y Riyadh negociando con los chinos. Rusia, por su parte, ha resultado tan poco impresionada como los Kaliff de Nebraska por la muestra de fuerza de la superpotencia en Iraq. Total, el barril del crudo vuelve a estar por los 65 dólares.

De ahí la fiebre del etanol de maíz en Nebraska y el resto del cinturón del maiz. Empezó hace dos años cuando algún asesor en la Casa Blanca le explicó al presidente que la cosa no iba bien en Bagdad. De repente, George Bush, el presidente del lobby petrolero, sorprendió a todos al anunciar en su discurso del Estado de la unión del 2005: "¡Tenemos una adicción al crudo importado!" Ofreció ayudas federales a la producción de etanol y, este año, elevó al 25% la cuota de etanol y otros biocombustibles que se pretende alcanzar antes del 2017, siete veces más que la producción actual.

La demanda insaciable de maíz procedente de la planta de etanol de York –propiedad de la empresa española Abengoa a 10 minutos en camión de su granja- ha convertido la granja de los Kaliff en una mina de oro. El precio del maíz se ha duplicado en un año hasta cuatro dólares el bushel (35 litros). "Esto había sido durante muchos años la supervivencia de los más fuertes. A dos dólares el bushel estábamos llegando a duras penas al final del año con un poco de ayuda del gobierno. Ahora, ingresamos en un año lo que antes ingresábamos en dos", dice John Kaliff.

La granja con sus silos de acero y tractores, brillantes bajo el sol de marzo, data de los años cuarenta y había pasado de crisis en crisis desde entonces. "Solo sembrábamos dos líneas; ahora sembramos 24 a la vez; entonces el rendimiento era 30 ahora con los híbridos de Monsanto es 220", dice Charles Kaliff que es más bajo y delgado que sus hijos.

"Los años 30 eran desde luego los tiempos más duros; yo recuerdo que tuvimos que sacar medio congelado a uno de la familia de un montón de mazorcas", dice Charles. Pero con el programa de créditos creado bajo en New Deal de Roosevelt, un granjero podía pedir préstamos al estado federal en momentos difíciles y reembolsables cuando el precio subía. Al mismo tiempo, se evitaba los altibajos volátiles y destructivos de precios mediante la creación de reservas contraciclias que se usaban en temporadas de escasez y el pago de subvenciones para que los granjeros dejaran tierras sin cultivo evitando así la sobreproducción. "Las cosas fueron mejorando en los cuarenta y cincuenta", dijo Charles. "En aquel entonces teníamos que dejar un 15 o un 20% sin cultivo para mantener los precios", dijo otro hijo, Mark, de 42 años.

Pero a partir de los setenta se adoptó un nuevo sistema bajo el mando del secretario de Agricultura de Earl Rusty Butz. Bajo presiones de las grandes compradores de maíz, multinacionales de agrobusiness como Cargill y Archers Daniel Midland (ADM) y otras multinacionales de alimentos que empezaban a usar el maíz como ingrediente omnipresente, Butz fijó como objetivo la producción masiva del maíz a precio tirado. Un nuevo sistema de subvenciones incentivaba al granjero a producir más maíz aunque los precios caían. Granjeros como los Kaliff se encontraban en la pinza de una deuda creciente necesaria para comprar tractores y otra maquinaria, o semillas cada vez más caras debido al oligopolio de fabricantes semilleras como Monsanto y precios en caída libre constante. Su respuesta: cultivar más maiz para conseguir más subvenciones lo que provocaba, a su vez, más caídas del precio del maíz.

El resultado de la era del maíz a precio tirado se veia de miles de formas. Montañas de maiz delante de los silos de Nebraska, enormes mega granjas de ganado con decenas de miles de cabezas de ganado hacinadas que se alimentan a base de maíz barato; la presencia de maíz en un 25 por cien de los 45.000 productos en venta en un supermercado medio; la sustitución de azúcar por jarabe de maíz para endulzar bebidas como la Coca Cola; el hecho de que, según los análisis de carbono 13 -sólo presente en maíz- los estadounidenses comen indirectamente más maíz que ningún otro pueblo del mundo. Quizás no casualmente, la era del maíz barato coincide con la era de la obesidad.

Ahora se produce otro gran cambio de paradigma en la historia del maíz con la demanda insaciable de la nueva industria del etanol. En todo el país se espera un aumento este año de 40.000 millones de metros cuadrados de cultivos de maíz. De repente se habla de una escasez de maíz asta en estados como Nebraska. "Si siguen construyendo plantas es probable que Nebraska tenga que importar maíz", dijo Roger Mills, responsable de ventas de la planta de York, lo que sería algo comparable con la importación de aceitunas en Jaén. Decenas de nuevas plantas de etanol se levantan y son las mismas multinacionales de agribusiness que antes se beneficiaban de las subvenciones que antes abarataban el maiz las que ahora producen el etanol con subvenciones federales. (ADM) -líder en el sector con un 25% de la producción total- Aventine, Cargill , USBE y Tyson, construyen plantas con capacidad para 100 o 150 millones de galones al año. Hay ya 115 plantas en EE.UU. y se construirán 70 más este año.

Pero hay un grave problema si se pretende que el etanol de maíz sea el sustituto de la gasolina que elimine la dependencia energética de EE.UU. de Oriente medio y de las grandes compañías petroleras, y es que el maíz , en realidad, es un producto más de la industria petrolera. Según un estudio realizado en la Universidad de Minesotta sólo el 20% de cada nuevo galón de etanol de maíz es "nueva energía" ya que "hace falta mucha vieja energía fósil para hacerlo: desde el fuel oil para los tractores, el gas natural para hacer fertilizantes y el carburante para las plantas". La granja de los Kaliff consume 120.000 galones de fuel oil al año y los fertilizantes imprescindibles para un cultivo tan uniforme son intensivos en energía fósil. El maíz de los Kaliff luego se trasporta en camiones a la planta de etanol que, para calentar y destilar el maíz, consume enormes cantidades de gas natural. Luego se vuelve a trasportar. Es por eso que George Naylor, el granjero libertario del libro Omnivore's Dilemma de Michael Pollin (Penguin, 2006), bromea que, lejos de ser una alternativa, el maíz se cultiva precisamente para el uso "del complejo industrial-militar", la máquina de guerras en tierras lejanas.