DEBATE: Del acoso escolar a la violencia

Desde hace algunos cursos, y de forma periódica, la palabra bullying ha ido apareciendo en los medios de comunicación como un cajón de sastre en el que se puede introducir toda una plétora de manifestaciones y de conductas que, en mayor o menor medida, presentan como denominador común comportamientos violentos.

Según el Síndic de Greuges, Rafel Ribó, el bullying, aun teniendo una gran repercusión mediática, es un fenómeno minoritario en los centros educativos catalanes, lo cual no impide que la Generalitat y las propias escuelas hagan todo lo posible por detectar e intervenir inmediatamente ante un acoso escolar.

Ahora bien, no debemos caer en la paranoia de considerar que cualquier comportamiento inicuo o abusivo es ya un caso flagrante de bullying. Si hacemos memoria de nuestro paso por las aulas, seguramente nos vendrá a la mente aquel compañero que solía insultarnos, o que nos quitaba algún cromo, o que no nos dejaba jugar a pelota. Y recordaremos también que, si podíamos, le plantábamos cara y que si no nos veíamos capaces, nos teníamos que aguantar. Con ello, no quiero decir que sean actos que se deban fomentar o aplaudir, pero no dejan de ser parte del comportamiento humano en su proceso de socialización. Y dentro de estos parámetros, no hace falta considerar la posibilidad, demasiadas veces apuntada, de que estos comportamientos puedan provocar traumas que marcan al alumno hasta llegar a la adolescencia, como mínimo.

¿Pero cuál es, entonces, la causa que hace que hoy se hable tanto de violencia -que existe en casos aislados- en las escuelas? Afirmar que la escuela es el reflejo de la realidad, además de ser una obviedad es una verdad como un templo. Y por tanto, es una incongruencia que la sociedad pida a las escuelas muchas de las funciones que debería pedir a las familias y que, al mismo tiempo, se vayan limitando los mecanismos de control y de corrección -inherentes desde siempre a las instituciones educativas- que son la base de su actuación y el fundamento de su autoridad. Hemos convertido la escuela en una especie de ansiolítico que nos libera de la ansiedad o de la mala conciencia por haber perdido los valores y modelos que la soportaban. La sociedad -la familia- ha dimitido de sus funciones educativas y las ha traspasado a la escuela. Es aquí donde muchos niños reciben el primer no, donde por primera vez deben hacer algo que no les apetece o han de comer lo que se les pone en el plato; en las escuelas se les ha de enseñar a utilizar los cubiertos y se les ha de enseñar a lavarse los dientes; la escuela les ha de enseñar a ir por la calle vigilando el tráfico y respetando a la gente mayor.

Se han perdido los valores de la responsabilidad, del respeto, del esfuerzo..., y han cambiado los modelos que seguir: ahora ya no importa quién es más trabajador, más solidario o más constante. El que medra es el más espabilado, el que mejor engaña o el que se aprovecha de su fortaleza física. Y el resto se resigna y calla, por comodidad, por indiferencia o porque no quiere oír que son unos chivatos. Los referentes de nuestros hijos son, mayoritariamente, personajes violentos. Empezando por los protagonistas de dibujos animados, siguiendo por los superhéroes y terminando con toda la tropa de personajes estrambóticos que llenan programas y tertulias en televisión.

La escuela, por sí sola, no tiene suficientes mecanismos ni suficiente influencia para cambiar estos valores y modelos. Necesitamos la ayuda de las familias, que nos den su confianza y que se identifiquen con los proyectos educativos de cada centro. Hace falta un replanteamiento profundo del funcionamiento de la sociedad y de los principios que la rigen. Y, por encima de todo, debemos recuperar los tres principios básicos de la educación: respeto, autoridad y normas.

ARTUR JOFRE I MOLINA, pedagogo.