"La abuela movía la mano de un lado a otro y dijo: "Una vez eliminado este largo kintir, tú hermana y tú seréis puras". Por las palabras y los gestos de la abuela pensé que ese espantoso kintir, mi clítoris, llegaría un día a ser tan largo que se balancearía de un lado para otro entre mis piernas. Me agarró y me sujetó el tronco... Otras dos mujeres me separaron las piernas. El hombre, que probablemente era un circuncisor tradicional itinerante del clan de los herreros, cogió unas tijeras. Con la otra mano agarró la entrepierna y empezó a pellizcarla, como la abuela cuando ordeña una vaca. "Ahí está, ahí está el kintir", dijo una de las mujeres. Entonces las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí, como cuando el carnicero corta la grasa de un pedazo de carne. Un dolor inenarrable, penetrante, me subió por las piernas, y aullé. Después vino la sutura: la larga aguja roma penetrando con torpeza en mis labios externos sangrantes, mis gritos de protesta y angustia, las palabras de consuelo y aliento de la abuela... Terminada la sutura, el hombre cortó el hilo con los dientes."

Esta es la cruda descripción que hace de su propia ablación, cuando tenía tan solo cinco años, la somalí Ayaan Hirsi Ali en su libro "Mi vida, mi libertad". Esta mujer valiente, huyó de todo ese mundo de abusos y desprecio hacia las mujeres, se refugió en Holanda y llegó a ser diputada. Ayaan Hirsi defiende las políticas favorables a desenmascar las prácticas brutales y criminales que se realizan contras las mujeres bajo la pantalla de la tradición y la cultura.

En España se sigue practicando la ablación a las niñas. Se hace secretamente y se siguen diversos métodos. El sistema que ofrece mayor protección hacia los padres y madres que las llevan a la práctica consiste en aprovechar un supuesto viaje de vacaciones familiar a sus países de origen. Cuando las niñas vuelven aquí, ya vienen mutiladas. Hay otro método más arriesgado, aunque más barato. Unas cuantas familias reúnen el dinero necesario para contratar a uno de estos circuncisores profesionales. Si estos mutiladores "tradicionales" viven fuera, les llegan a pagar el viaje hasta España y en una misma mañana, mutilan a todas las niñas de las familias que han pagado el encargo.

De todo esto saben los médicos de familia, los tutores de las escuelas donde estudian estas menores y las autoridades de las distintas administraciones. A pesar de ello, no sé de nadie que cumpla condena en España por haber permitido la mutilación genital de sus hijas. Ahora, el gobierno de Eritrea anuncia que ha prohibido la ablación bajo penas de multas e incluso de cárcel. Veremos qué efectividad tendrá esa norma ya que el 90% de las niñas del país africano pasan por ese calvario. En el mundo, más de dos millones de mujeres son mutiladas cada año. ¿Por qué miramos hacia otro lado ante tal brutalidad?