A DIESTRA Y SINIESTRA

Cuando se acerca época de elecciones, al votante español le entran las mismas dudas que al comensal que hojea una guía de restaurantes. ¿Dónde ir a comer? ¿Donde siempre, aunque sepamos que luego el cocido es siempre igual y que el ajo va a repetir durante cuatro años? ¿Probar algo nuevo, tal vez esa tasca pequeña que han abierto al lado de casa, aunque algunos vecinos nos han advertido que su basura ahuyenta a las ratas? Finalmente, el comensal se decanta por la cocina de toda la vida: más vale lo malo por cocido que lo bueno por cocer.

El PSOE es como un gran restaurante vegetariano y macrobiótico, con un cartelón al frente donde se prohíbe fumar y una carta que promete una comida sana, nutritiva y baja en calorías. Luego resulta que las mesas están abarrotadas, las resplandecientes ensaladas vienen salpimentadas con moscas africanas y dictadores tercermundistas, y la mitad de los platos ya no está en el menú. Por ejemplo, las lentejas saharauis, especialidad de la casa, hace tiempo que se terminaron, y otro tanto pasa con la verdura a la vivienda, la pasta de inmigrante o el buen rollo de primavera. En el anuncio luminoso de la entrada hace mucho que se fundió la O de obrero, luego le tocó el turno a la S de socialista y ahora parpadea la E de español. Es cierto que las camareras parecen rebotadas de una funeraria, pero el cocinero, en cambio, es todo sonrisas y talante. Sirven el café a 80 céntimos, aunque luego la cuenta salga por un riñón.

El restaurante de enfrente, el PP, es un asador de los de carretera y manta, con un salón enorme lleno de sillas lóbregas, decorado con cabezas de toro apolilladas y ambientado con humo de farias. Se las da de popular, pero sólo se llena cuando la gente sale en masa del tugurio anterior, harta de lechugas de plástico. Los camareros suelen llevar caspa, peluquín, palillo en la boca y lápiz en la oreja. Sirven la comida fría, los helados derretidos y el champán caliente. Si tienes mala suerte hasta te toca pagar la minuta de una boda que andaba por ahí en medio.

Batasuna, en cambio, es una herriko taberna llena de gente maja y deportista que cambia la carta cada cierto tiempo. Unas veces se llaman HB, otras HZ, otras PCTV y otras ABS, de manera que uno no sabe si va a comer una sopa de letras, a encargar un ordenador portátil o un sistema de frenado. Las siglas suelen cambiar, pero el menú siempre es el mismo: carne muerta. Hay que decir en su favor que la sirven al punto, dependiendo del gusto del cliente: muy hecha, poco hecha o sangrando. Lo mejor sería que se llamasen RIP, pero es que el euskera tiene más tirón que el latín.

No gastan libro de reclamaciones pero si alguna vez el cliente sale descontento, será por accidente. Es lo bueno que tiene la cocina tradicional, que vas a tiro hecho.

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