Comento con uno de los infinitos politólogos al uso, enfrascados en el especulativo bosque de la casuística, que la semana pasada resultó, además de circense -según decíamos anteayer-, banal y ridícula al dispararse y trascendentalizar dos insubstanciales anécdotas: la calçotada del republicano Vendrell y el cafelito del presidente del Gobierno. Y el politólogo se me enfada: "Eres un elitista, la vida de verdad es trenzada por los detalles cotidianos, ¿hubieras preferido que de la calçotada y del programa televisivo hubieran surgido versiones de los teoremas de Kant?", termina sarcástico.

Y bien, sí, lo hubiera preferido. Porque de la calçotada no surgió nada, sólo disparó la verborrea de alguien. El cual soltó lo que su mente alberga con relación a la política, y resulta deplorable que un líder de un partido que se proclama esencialista catalán y además está en el Govern se alimente de disparaderos en el mejor de los casos sin sentido, y en el peor fatales para la imagen y el pensamiento de Catalunya.

Lo que remite a una grave cuestión: Catalunya sólo cata el poder, pues en su auténtica dimensión ni siquiera lo ostenta desde hace seis siglos, y esto marca mucho. Así, convierte espejismos en eventos, el pobre Companys proclamó el absurdo 6 de octubre porque cuatro enfebrecidos lo acusaban de tibieza catalanista, mientras la República se instauró chillando "¡muera Cambó!", y después se convirtió a Pujol en arquetipo del localismo mojigato sólo porque no era marxista. O sea, que los hechos en su rotundo volumen importan poco ante la comidilla verbal con que los pringan las ortodoxias al uso. Si aquí una prestigiosa tradición cultural sigue siendo el recuerdo de la tertulias del Ateneu de antes de la guerra, con la exigüidad creadora convertida en delirante gracejo triunfal, a ejemplo de aquel Francesc Pujols diablejo de Els pastorets intelectuales.

Y en España es diferente, aunque igual: faltos de grandes estructuras mentales, sí, kantianas, los detalles se agigantan. El mismo Dos de Mayo, fecha patriótica por excelencia, no estalló a causa de grandes impulsos, sino porque los franceses habían trasladado de sitio a un memo como el infante don Antonio, que tanto daba donde estuviera. Yun tipo como el almirante Méndez Núñez, capaz de bombardear Valparaíso masacrando a mujeres y niños, es tenido aún por héroe nacional por enhebrar la fracesita de "Primero honra sin marina, que marina sin honra".

¡Ah, yo tampoco sé cuánto cuesta un café! En Italia, sí, porque es delicioso, aterciopelado, pero aquí... Vaya presidente sería Zapatero si dedicara el tiempo a beber malta torrefactada por las tascas madrileñas.