La ansiedad del ´cowboy´, de Ana María Vidal en La Vanguardia
El concepto de autoridad suele asociarse a su pariente cercano, el autoritarismo. Su ejercicio está firmemente formateado en un sistema excluyente: uno gana, el otro pierde; uno tiene razón, el otro no. Se conjuga utilizando la conjunción disyuntiva o: o tú o yo. Puede llegar hasta la total destrucción del otro.
Ese modelo, incrustado en nuestros inconscientes, tejidos por siglos de civilización patriarcal, le da la absoluta primacía al mundo de la razón, de las ideas. A modo de orejeras, nos hace creer que es el único panorama posible y es ejercido de forma mayoritaria, ¡aunque no exclusiva!, por los hombres. Impregna nuestro lenguaje y nuestro posicionamiento frente al otro en todos los ámbitos de la relación personal. Ha pretendido dominar la Tierra, sin querer escuchar su agonía y, por extensión, al otro, sin reaccionar ante el imparable avance de la miseria y el hambre que afectan a un porcentaje inaceptable de habitantes del planeta.
A veces asoma otra autoridad: la que emana credibilidad, confianza, convence por su carisma, no por su fuerza impositiva. Argumenta, escucha, incluye. Es capaz de contemplar verdades relativas y revisables en vez de aferrarse a las absolutas e inamovibles. Prioriza el bien común a la victoria del ego o la salvaguarda del orgullo. Suele surtir efecto. Tal vez aún no todo esté perdido. Los valores que cotizaban a la baja pujan por salir a flote de nuevo, apelando a lo mejor del ser humano.
Parece que esa autoridad respeta el principio femenino, el que está vinculado al cuidado, la nutrición, la contemplación del bien común, el goce de ser, la receptividad, la prioridad por la vida, la circularidad, los vínculos. Me gusta llamarla autoridad natural. Reduce la distancia entre el cuerpo y la mente y puede aprenderse. Aunque restaure el principio femenino, rescatarla atañe tanto a hombres como a mujeres: es nuestra cultura la que se cortó de ese principio, de igual modo que nos cortamos de la escucha, la otra gran asignatura pendiente de nuestro ruidoso, avasallador y terrorífico entorno comunicativo. Dejemos claro que oír y escuchar son dos cosas bien distintas. La primera es un acto pasivo, la segunda necesita de nuestra apertura y receptividad, anímica y corporal, de nuestro deseo de acoger la información que nos es dirigida y asumir esa recepción con respeto, reconocimiento y creatividad.
Se admite, ya que somos un conjunto coherente compuesto por el cuerpo, las emociones y el lenguaje, con sus respectivas inteligencias. Según lo saneado que esté ese conjunto, tendremos una capacidad más o menos saludable de interrelacionarnos con los demás. Un eje personal claro nos evita la necesidad constante de medirnos, de proteger el orgullo de posibles rasguños narcisistas. La ansiedad del cowboy por ganar a toda costa, por miedo a perder su hombría, desaparece. Revisar cómo vivimos nuestro cuerpo, integrar su presencia consciente al comunicarnos, utilizarlo para que nos permita tomar distancia, escuchar, gestionar nuestras emociones, nos allanará el camino hacia una saludable transformación de la comunicación verbal. Pasar del poder sobre al poder de es practicar la fórmula y tú y yo.
Revisar la propia afinación de manera sistemática hará que nuestra participación en la sinfonía general sea lo más armoniosa, responsable, creativa y constructiva posible. La autoridad natural requiere la aceptación del cuerpo y la escucha como instrumentos comunicativos vinculados a la conciencia y al servicio del bien común. Es la que apuesta por un nuevo paradigma.
ANA M. ª VIDAL, investigadora sobre los grupos de hombres y profesora.
