Adquirí el pasado sábado, y con auténtico alborozo, el nuevo Diccionari de la llengua catalana en especial, algunas pertenecientes a la letra zeta: Rajoy (que, creo, debería ser Raxoy) se frotaría las manos del gozo. Bien, el nuevo da más el pego -hace más patxoca-, como decimos en catalán.

Enseguida me fui a la letra con la que principian todos nuestros diccionarios -digo los de por aquí cerca- y me di cuenta de que el flamante diccionario todavía no incluye apretar, un castellanismo de uso muy frecuente y común. Por el contrario, sí incorpora clicar -la versión anterior sólo consignaba clic: progresamos, pues. El nombre ya hace la cosa-. Clicar es, traduzco, "darle a un botón del ratón de un ordenador para validar una orden". Mis hijos todo lo clican, porque sus maestras en la escuela hacen lo propio. Clican lo mismo el ratón como el timbre de una casa (espero que cuando uno de los dos estimule un clítoris, no lo clique, con perdón). Dentro de lo que cabe (y ahora ya me fui del clítoris y demás), cuando se trate de llamar la atención del inquilino de una casa a la que nos presentamos de visita, si clican, ellos incurren en un error, por así decirlo, menor que si aprieto yo. Por lo demás, aún no podemos utilizar, con todas las de la ley, el hermoso color catxumbo - sólo comparable al del perro que ha puesto sus pies en polvorosa.

Voy a leerme este libro plácidamente en los próximos años; un poco cada día, como recomendaba Espriu. En eso, un diccionario se asemeja a un libro de poemas -y no a una novela-. Hay quien recurre a un libro de poemas -¡gracias a Dios el nuevo diccionario no incorpora el execrable término poemari!- con la urgencia con la que se apresta a abrir un diccionario para conocer el significado de una palabra. Echo en falta tonto. Cuentan que un ilustre sabio nonagenario del país dijo, al recibir el Diccionari en su versión hoy superada: "Aceptan guapo -una especie que más bien escasea- y no tonto -especie que abunda por estos pagos-". Pensando en la semana que dejamos atrás, con el lío padre (y guapo) sobre la soberanía -que rebaja, más, el prestigio de nuestro país-, resulta una afirmación de lo más certera. Sumerjámonos, pues, en el diccionario: mayor placer no cabe, a pesar de que disfrutar todavía no se pueda hacer en catalán - lo que, como daño colateral, aboca a la chirriante transitividad de los verbos gaudir y fruir. Consulten, también, la entrada moro: ahí está entero el prurito de adecuación a los nuevos tiempos, sí señor.

He leído algo sobre la elaboración de esta nueva versión de nuestra obra léxica magna. Así como celebro que, sintonizando Catalunya Informació, Marta Garcia diga hui y vesprada, aplaudo que el diccionario siga incluyendo la palabra desficaci, cuya expansión semántica va mucho más allá de lo valenciano. Ya Fabra adujo -e intentó predicar con el ejemplo; poco, a decir verdad- que un diccionario normativo debe regirse por ciertos criterios de equilibrio territorial. Y esta lengua, con sus enriquecedoras variantes dialectales, es la misma en Lles que en Elx. Sólo los legos maldicientes tienen la caradura de seguir poniéndolo en duda.

A todos los que utilizamos el catalán, este soberbio Diccionari nos va a dar aliento, o aire, con su abanico de páginas (1.768). Ahora que el vano -qué hermosa palabra, ya incluida en la anterior versión- ya no se considera un vulgarismo. Un diccionario es muchísimo más que este ejercicio superficial y gratuito de desclasificar algunas voces que he realizado aquí. Éste es mi diccionario, y de momento me gusta mucho. Como Montilla es mi presidente, y de momento no me sigue gustando nada.