De la educación sentimental de las mujeres, de Isabel Morant en El PaÃs de la Comunidad Valenciana
Hace solo unos dÃas, en la puerta del Congreso de los Diputados se reunÃa un amplio grupo de mujeres que festejaba la aprobación de la Ley de Igualdad entre hombres y mujeres. No era para menos, pues se trata de una ley que intenta dar un nuevo y decidido impulso a la revolución que están experimentando las relaciones entre hombres y mujeres que, al parecer -y ¡por fin!-, vamos camino de lograr que sean más libres y más justas y que -esperemos- no tengan vuelta atrás.
Mientras estas cosas ocurrÃan estaba yo enfrascada en la consulta de algunos libros de la abundante bibliografÃa que a lo largo del tiempo se ha escrito para mostrar la diferencia entre mujeres y hombres -diferencias, claro está, que debÃan actuar en contra del sexo femenino-. AsÃ, a modo de ejemplo, el discurso de los hombres ilustrados se asentaba en una verdad incontestable: las diferencias fÃsicas -y morales- que se observaban entre los sexos debÃan imputarse a una Naturaleza incuestionable que servÃa para dar razón de las funciones sociales que les corresponde a unas y a otros. La diferencia se colocaba también como barrera infranqueable a las pretensiones de igualdad de unas pocas mujeres, ilustradas ellas mismas, con una visión radicalmente distinta de las cosas. Esta se trataba, en sÃntesis, de que las diferencias negativas de su condición se debÃan a la manera como habÃan sido educadas o, más exactamente, a la falta de educación que habÃan sufrido. PretendÃan, por ello, que no existiendo ningún obstáculo intelectual que lo impidiese, ocupar los mismos espacios y desarrollar las mismas funciones que hasta el momento correspondÃan exclusivamente a los hombres de su misma clase y condición.
Los ilustrados, sordos a las razones que daban lugar a estas propuestas, enfocaron la educación femenina en el ámbito de la formación moral y doméstica, no en el de la libertad, en la que, en cambio, habÃa que educar a los hombres. Los resultados de esta educación los denunció, todavÃa casi un siglo después, doña Emilia Pardo Bazán, una de las mujeres más lúcidas -y libres- del siglo XIX, para quien la formación que se daba a la mujer de su tiempo no podÃa considerarse educación, sino doma. Se trataba de un tipo de educación preventiva y represiva hasta la ignominia, que partÃa del supuesto del mal, nacÃa de la sospecha, nutrÃase de los celos, inspirábase en la desconfianza...
Esto ocurrÃa dentro de una situación en la que el ideario de las elites liberales trataba de no dar alas, a diferencia del pasado, al pensamiento misógino que, digámoslo de una manera suave, alertaba sobre la maldad congénita de las mujeres, pertenecientes todas a la estirpe de la Eva pecadora, cuyos desmanes son de sobra conocidos. Por el contrario, aquellos hombres -y mujeres- se esforzaban por ser más modernos y, en algunos casos, un poco menos clericales. SeguÃan apreciando, ciertamente, los textos clásicos del catolicismo, como esos textos sencillamente delirantes que son La formación de la mujer cristiana de Vives o La perfecta casada de Fray Luis de León; pero sus bibliotecas se enriquecÃan con una nueva literatura considerada más moderna y útil para la educación femenil: las novelas sentimentales, destinadas explÃcitamente a un público de mujeres, a las fibras más sensibles de cuyo corazón trataban de llegar. En efecto, en aquellas novelas, que se declaraban llenas de verdad, se magnificaba la moral femenina y su absoluta -y desinteresada- dedicación al ámbito del sentimiento y de lo privado. Lo cual difÃcilmente podÃan cumplirlo las lectoras más libres, que pretendÃan para ellas una misma moral y las mismas libertades sexuales que se concedÃan a los hombres. Del mismo modo que las mujeres más pobres tampoco podÃan cumplir a plena satisfacción los muchos deberes a que les obligaba la maternidad: empleadas en ganar el pan de sus familias, poco más podÃan hacer por la mejor salud y educación de sus niños.
El ideario, ciertamente, favorecÃa a los hombres, que hicieron del hogar el mejor refugio contra los sinsabores de lo social. A la vez respondÃa a las aspiraciones de las burguesÃas biempensantes, que, en su ascenso social, pudieron esgrimir a su favor la moral de sus mujeres y sus valores familiares, frente a sus enemigos declarados: las feministas y demás demócratas, a los que les resultarÃa fácil calificar de menos morales o de libertinas. Cuando no les acusaron de querer la destrucción de las familias.
Todos los caminos llevaban a un mismo lugar: la exclusión de las mujeres de lo público, en el que se empeñaron intelectuales y polÃticos hasta tiempos muy recientes. Hoy felizmente -¿por fin?- este ideario a que condujo la "educación sentimental" parece periclitado, mientras un nuevo espÃritu de justicia y de progreso se instala en la sociedad que -con excepciones muy significativas- ha acogido positivamente la Ley para la Igualdad entre hombres y mujeres que acaba de aprobarse. Se trata de una ley mayor, como enfatizarÃa el presidente Zapatero defendiéndola personalmente en el Congreso, con la incomprensible ausencia del lÃder de la oposición.
Las mujeres, que perseguimos lograr una mayor igualdad en el reconocimiento y en la práctica de los derechos y deberes de los que ahora disfrutamos, que, por otro lado, tanto ha costado de conseguir, estamos contentas con lo hasta ahora alcanzado agradecidas a los hombres, que tanto en el pasado como en el presente, han pretendido ser justos convirtiéndose en nuestros aliados.
Isabel Morant es profesora de Historia de la Universidad de Valencia.

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