Nadie podía haber imaginado que veinte años después de que el catedrático Josep Gifreu formulara su análisis sobre el espacio catalán de comunicación como mecanismo básico para vehicular un sentido de pertenencia en las naciones actuales, la situación mediática para los catalanes pudiera ser la presente.
El doctor Gifreu, en aquel texto de 1986 recientemente recuperado en su libro La pell de la diferència (Pòrtic, 2006), Cultura, comunicació i dependència, teorizaba en una perspectiva global, pero ponía su atención en el futuro de nuestra nación y, particularmente, de la lengua catalana. Su diagnóstico era claro: la construcción democrática de la nación catalana -un objetivo que si ahora sigue siendo legítimo, en 1986 era más cercano al conjunto de los partidos políticos catalanes- pasaba por la capacidad de avanzar decididamente en la consolidación de un espacio de comunicación propio.
Los diez años anteriores al diagnóstico de Josep Gifreu presentaban un balance razonablemente positivo, especialmente si se tenía en cuenta que se había empezado de cero. En 1976 habían aparecido el diario Avui y Ràdio 4. También en aquellos años se desarrolló con fuerza la nueva prensa comarcal en catalán. TVE, que desde finales de los años sesenta había introducido algún programa en catalán -una o dos horas al mes-, en 1977 ya daba 16 horas semanales y con Pilar Miró al frente, en 1988, llegó a superar las 60 horas semanales en catalán distribuidas entre el primer y el segundo canal. El temps salía a la luz en 1984. Y TV3 había empezado sus emisiones regulares en 1984 -el año anterior había empezado a emitir Catalunya Ràdio- con un éxito extraordinario y que, gracias a la tenacidad de ciertos sectores de la sociedad civil valenciana y balear, también llegaban al conjunto de los Països Catalans. A pesar de todo, no es que Gifreu se mostrara ingenuamente optimista. En un balance del periodo 1977-1988 publicado por la Fundació Jaume Bofill, el catedrático de Teoría de la Comunicación, ahora en la UPF, ya apuntaba cinco grandes desafíos de futuro, ninguno de ellos resuelto positivamente hasta el momento y entre ellos destaca la necesidad de articular una "eurocultura de marca catalana", horizonte en el que Gifreu situaba ya entonces cualquier posibilidad de verdadera recuperación lingüística y cultural.
Veinte años después, el espacio catalán de comunicación no se ha normalizado según podía imaginarse. Sólo por señalar los acontecimientos más recientes, el domingo 1 de abril desapareció la programación en catalán en La 2 y para esta semana solamente se conserva el Informatiu migdia diario en TVE y el Informatiu vespre de lunes a miércoles. Es decir, han desaparecido los programas semanales Ambulls de dona de Sílvia Coppulo, Senyores i senyors de Àngel Casas y La banda y 135 escons, producidos por la propia cadena. Y todo ello, a pesar del compromiso público y solemne del presidente Montilla en Girona, en diciembre pasado. La situación de Ràdio 4, aunque cuenta con el loable empeño que ha puesto nuestro conseller de Cultura para evitar su cierre, sigue siendo incierta. Por otra parte, la recepción de TV3 en las Baleares ya fue objeto de acuerdos a la baja con el Gobierno de Matas en tiempos de CiU. Y ahora, el Gobierno valenciano tiene decidido impedir la llegada de TV3 al País Valencià, actualmente reconducido a través de un canal digital y con compromiso de continuidad, también por el entonces ministro Montilla. Este cierre va a ser efectivo el 25 de abril, día en el que se conmemoran los 300 años de la derrota en la batalla de Almansa frente al ejército borbónico, antesala del 1714 en Catalunya. Es decir, el Gobierno valenciano quiere conmemorar aquella derrota, que no considera suya, sumándole otra más, también en contra de su propio ámbito histórico de pertenencia cultural. Y, en cualquier caso, ante el posible acuerdo de reciprocidad que se está negociando para recibir Canal 9 en Catalunya y TV3 en el País Valencià, parece que el Gobierno valenciano exige lo políticamente cobarde y profesionalmente inaceptable: que se prohíba la expresión País Valencià en TV3, por otra parte, muy poco usada. El PP valenciano es tan franquista que ni se da cuenta de hasta qué punto se le nota.
La pregunta que uno no puede evitar es sobre qué es lo que temen los gobiernos español, balear y valenciano a propósito del catalán en los medios de comunicación. ¿Les asusta que una mayoría de ciudadanos de las Baleares o de valencianos pueda votar al independentismo pancatalanista en las próximas elecciones? ¿No duermen pensando en la posibilidad de que en todos los karaokes de las Illes Balears y el País Valencià se canten canciones de Raimon y Maria del Mar Bonet? ¿Creen que la radicalidad nacionalista de TV3 y Catalunya Ràdio puede hacer mella en las conciencias políticas de tales territorios? ¿No se fían del potencial del espacio nacional español de comunicación, que suma de la Primera hasta la Sexta, que va de la Cope a la Ser, de La Razón y El Mundo hasta Abc y El País? ¿Tienen miedo a que la programación en catalán de TVE, junto con la de TV3, ponga en peligro la potencia lingüística del español? ¿O simplemente se trata de que el catalán, y el espacio nacional cultural y de comunicación que le es propio, molesta tanto que no lo soportan ni en una posición marginal? ¿Sobre qué bases ideológicas se sustenta el proyecto nacional español que, ni a derecha ni a izquierda, pueda resistir la diferencia cultural, por discreta que ésta sea? ¿Acaso temen, de verdad, a la cultura, la lengua y la nación catalanas?

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