La subasta, de Miquel Roca i Junyent en La Vanguardia
Da la sensación de que, políticamente, estamos en una subasta. Entre los postores se ha creado un clima enrarecido. Ya no se sabe por lo que se oferta, pero todos están dispuestos a que su puja deje corta la de su adversario. El listón sube y sube con tanta pasión como irracionalidad. Se ha entrado en la fase en la que ya no importa ni lo que se pretende adquirir ni si se tienen suficientes recursos para pagarlo ni qué dirán al postor cuando llegue a su casa con un objeto inservible cuyo destino más previsible es el desván de los trastos.
Si uno la arma, el otro monta la marimorena y el de más allá se instala en el esperpento. Nadie se amilana: ¡será por miedo!
¡Todos a la subasta de los despropósitos!
La subasta tiene, ciertamente, espectadores, pero la mayoría lo que hacen es dividirse entre los que se quedan atónitos ante las pujas de los postores y los que, indiferentes ante tanto desatino, se desentienden de la puja y pasan olímpicamente de los postores que concurren a ella. Al final, son muchos los que se interrogan sobre si el objeto de la puja vale tanto, cómo se pagará y quién lo pagará. Y, como tienen la sensación de que en estos casos la factura la acaban pagando todos ellos, miran con recelo al futuro.
¡Cuántos esfuerzos para participar en una subasta tan absurda! Porque el objeto de ésta no es otro que el cargarse - así de sencillo- el trabajo bien hecho de veinticinco años excepcionales en la más reciente historia de Catalunya y España. Los postores rivalizan en ponerlo todo patas arriba; lo importante es que su puja sea aparatosa, que no pase inadvertida. Poco importa lo que se lleve por el camino; lo que se valora precisamente es la percepción de que todo es posible. Incluso en plena euforia de recuperación de la memoria histórica, lo primero que se sacrifica es la memoria al servicio de repetir los mismos errores de nuestra historia.
Lo curiosos es que la sociedad, en una trayectoria bien distinta, parece inclinarse por la moderación y la tolerancia. En la subasta el discurso es del todo o nada; a veces, incluso, el de yo más sin reparar en nada. En el país, el discurso es el del progreso paso a paso, el del diálogo, el de estudiar los costes antes de decidir. Se sopesan los tipos de interés antes de inclinarse por una u otra hipoteca. Es un país con un discurso razonable. En la subasta, no.
En la subasta, el mercado no está presente. Y pudiera ocurrir que, al final, las pujas ganadoras fueran tan desorbitadas que, para pagarlas, tuviéramos que endeudarnos todos; y que la deuda no nos permitiera invertir allí donde urge. Una subasta irracionalmente llevada es peor que una barbaridad; es una amenaza para nuestro futuro.
