Tenemos un problema que es urgente e importante a la vez, y más vale que lo digamos en voz alta. La Catalunya política vive sometida al capricho de unos kamikazes, mientras en la sociedad catalana se va instalando una tríada formada por la indiferencia, el desánimo y la pérdida de autoestima, superada sólo por la mayor o menor ambición civil que -más allá del agudo descrédito institucional- trata de concretarse -según el día- mediante nuevas iniciativas que no se conforman con el balneario como paradigma. Durante la pasada semana, la Catalunya política ha vuelto a tocar fondo, cuando parecía que se había dejado definitivamente atrás el desconcierto y la inestabilidad que marcaron la presidencia de Pasqual Maragall.
Hablando estos días con personas de diversas sensibilidades políticas y de varias generaciones y sectores sociales, he constatado un hartazgo extremo y la penosa sensación de que nadie está trabajando seriamente para superar una inercia que nos conduce de un terraplén a otro, de una crisis voceada diariamente a una crisis silenciosa pero igualmente grave. El último lío ha sido la gota que ha llenado un vaso que, sólo aparentemente, se vació en las últimas elecciones catalanas. En esta viñeta se han mezclado sin ton ni son un eventual referéndum de autodeterminación, un eventual cambio de socios en el Govern de la Generalitat y una eventual respuesta ante un posible fallo restrictivo del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatut. El resultado final es que el president Montilla ha asistido a la subasta de su cargo como si la cosa no fuera con él, mientras se ha hecho evidente el extraño concepto que tienen de la confianza los socios del segundo tripartito. El Govern d´Entesa ha quedado tocado, aunque no se admita públicamente.
También ha aflorado, a la sombra de los calçots republicanos, la falta de una estrategia clara y firme en CiU, formación que debería haber rechazado de plano, desde primera hora, cualquier negociación de este improvisado asunto con los republicanos. Artur Mas perdió demasiado tiempo con el anuncio estrafalario de ERC y puso en alto riesgo su mejor perfil. La falta de astucia del equipo de Puigcercós libró a CiU de acabar haciendo el numerito grotesco con los republicanos en el Parlament. La dirección convergente debe hacerse un chequeo a fondo para saber por qué es tan vulnerable a las provocaciones de ERC y por qué acepta que un partido impredecible que ha constituido un bloque con el PSC pueda poner en jaque al nacionalismo mayoritario con cualquier truco de barraca de feria.
Abramos el compás y dejemos a los partidos a un lado. Para los catalanes que están lejos del catalanismo o son indiferentes a este marco de referencias, episodios como el reciente no hacen más que acentuar la falta de atracción de un relato que, además, se transforma en lo risible, lo esperpéntico, lo extraño. Para los catalanes que se sienten partícipes del catalanismo en alguna de sus versiones, la banalización de ciertos supuestos - pongamos el derecho de autodeterminación- los deja en falso y los expulsa de la centralidad para arrastrarlos hacia una marginalidad de facto. Para todos, una política conducida por la lógica del kamikaze no es más que una forma de ahondar en la desafección democrática. La política se acaba percibiendo como algo innecesario en la medida en que sus actores no se la toman en serio y se permiten cualquier gesto y cualquier declaración sin calibrar las consecuencias que pueden sobrevenir. El político kamikaze, y aquellos que por activa y por pasiva le hacen el juego, no acepta el peso de la responsabilidad, y ello es registrado por la ciudadanía como una forma superior de desprecio a la realidad. El mayor pecado de un político. Sin la realidad, la política nos coloca en el país guiñol.
Jordi Pujol, con sus aciertos y errores, con sus intuiciones brillantes y sus decisiones discutibles, colocó la realidad como premisa de toda política. Incluso cuando parecía que enviaba señales de épica virtual para lograr algún objetivo especial. Esto parece una obviedad pero es urgente recordarlo en estos momentos. El pujolismo trató siempre de conjurar el país guiñol del irrealismo; sabía que la fuerza del catalanismo político es conectar con amplias mayorías, incluso con aquellos que son indiferentes. Así fue a principios del siglo XX con una sociedad dinámica que buscaba nuevos cauces. Cuando el catalanismo ha perdido de vista la realidad, el país guiñol lo ha contaminado todo. A veces, con tintes trágicos, como pasó el 6 de octubre de 1934.
Lo peor que le puede pasar a la política catalana es que acabe siendo un territorio en el que ya no seamos capaces de distinguir la boutade de los proyectos. Que todo sea medio en broma y medio en serio. ¿Cómo afrontarán nuestros políticos una posible decisión negativa del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estatut si no son capaces de reubicar el centro de los debates en los límites reconocibles de la realidad? Si hablamos en broma de autodeterminación, ¿quién se ocupará de hacer política contra un bloqueo institucional? El catalanismo - un camino que sigue abierto- contribuyó a hacer de Catalunya una referencia en las Españas y para otras naciones sin Estado. El catalanismo tiene, pues, un deber previo de realismo con el país. Algunos piensan que ya no sirve de nada. Sirve, sobre todo, para evitar el imperio de la estupidez.

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