Tienen razón quienes consideran que hay problemas serios. Siempre la han tenido, probablemente siempre la tendrán, y siempre la tuvieron. No suele faltar este tipo de problemas. Menos razonable parece el alarmismo imperante de aquellos que se desenvuelven con gusto en el caldo de cultivo de la tensión. No se reducen a dejar constancia de lo que ocurre, trabajan para que suceda así. Les resulta preferible el estandarte al debate y amenazan con tormenta, la que están dispuestos a provocar. No son meteorólogos, sino que ellos mismos son nubes negras. No les cuesta adivinar ni pronosticar relámpagos y rayos. Forman parte integrante de la borrasca.

Podría decirse que la mayor parte de los ciudadanos más bien se ocupa de vivir adecuada y serenamente y no con melodramatismo ni con grandilocuencia. Quizá es un lujo permitírselo, pero también es cierto que algunos necesitan poco, incluso nada, para mostrarse indignados. Y de precisar algo sería suficiente con constatar que no está en sus manos toda decisión para mostrarse siempre molestos. Sin embargo, hay quienes no necesitan estar en un permanente estado de exaltación ni de excitación. Y no es que sean indiferentes o tibios o apáticos. Es que simplemente consideran que, sin llegar a estar nunca satisfechos, ni pretender ingenuamente estarlo, hay más razones para otra cosa. Puede comprenderse a quienes se encuentran en situación desesperada, amparados en buenas razones. Y en ocasiones se comprende también, aunque esta vez demasiado bien, a quienes precisan tener a sus aguerridas huestes en permanente formación. Para tales fines, el enfado sería la condición natural. Incluso la indignación.

Desde luego siempre hay alguna razón para estar enfadado. Basta fijarse tanto en nuestros hogares como en el trabajo o, sencillamente, en lo que denominamos la calle.Y, en cualquier caso, resulta no sólo recomendable, sino, sobre todo, justo, no hacer del enfado lugar de residencia. Tal vez sólo de paso. Sería juzgar intenciones suponer que hay quienes prefieren estar indignados, confiados en la eficiencia de esta estrategia. Con independencia de la intención, se hace funcionar al enfado como un procedimiento para mantener y favorecer las adhesiones. Así, las legítimas expectativas y aspiraciones se contaminan por un modo de hacer que produce deterioros nuevos. Para denunciar un supuesto mal provocan otro indiscutible.

Ninguna objeción, por supuesto, a que todos manifestemos lo que pensamos, incluso nuestro malestar, indignación, repulsa y que lo hagamos por los cauces que nos hemos otorgado. Aquí no hay concesión, sino reconocimiento. Podríamos en cualquier caso ser más exigentes para ser maleducados o insultar. Y no lo decimos desde ninguna posición melindrosa, sino respetuosa. Hay quienes dicen expresarse con serenidad pero lo hacen por tan crispadas razones que resulta delator. Se les nota. En ocasiones, demasiado.

El asunto reviste cierta gravedad cuando los eslóganes descalificatorios, o las consignas exhibidas, pretenden pasarse por argumentos. Su consolidación obedecería, como en la más pura propaganda, a un ejercicio de repetición. La reiteración se ofrecería como prueba de la propia convicción. Y para los exaltados no se trataría de unirse por hacer causa justa común, sino por compartir un enemigo. Cuanto menos cuidadoso, más directo y expresivo, supuestamente más sincero, se dice.

Pero no es suficiente con estar convencido, es preciso ser convincente. Y aquí se cierne la sombra de la resaca. Tras el fervor y la tempestuosa entonación, tras los himnos y los estandartes, tras las consignas, tras las fotografías y las pomposas declaraciones, de nuevo, se requieren argumentos. Y además, existen las refutaciones y la necesaria controversia. Y entonces no bastan los adjetivos ni los estados de ánimo. Ahí no se agota el sentido de algo.

Reivindicar el pensamiento sereno, la mesurada y articulada vertebración de las ideas, la sencillez de las posiciones, no supone la claudicación ante las sentencias ni implica ignorar la compleja realidad. El juicioso se nutre de la conversación y no se apropia de las pancartas. Respetar la libre expresión de las ideas no impide, a su vez, procurar y reclamar que lo sean. Libres y ajustadas, libres y justas.

Todos hemos de explicarnos, tener la paciencia y la honestidad de ofrecer nuestros puntos de vista, nuestros intereses, nuestras posiciones. Y de cuestionar lo que pensamos y de abrirnos a la palabra del otro. Las convicciones pueden ser también convencimientos, los principios ponerse en cuestión, los valores valorados en su justo valor. Esgrimirlos es un arte. Ahora bien, utilizarlos como arma arrojadiza disfraza la debilidad presentándola como fortaleza.

Y al abrigo de la receta, el supuesto pensar encuentra tibio a quienes buscan, debaten y proponen, cuando ésta es la maravillosa fragilidad del pensamiento, que no ha de confundirse con debilidad alguna. Efectivamente, se precisa la movilización, la organización de las buenas voluntades. Pero movere es no sólo mover, sino también motivar. Y únicamente así consideramos en serio la libertad del otro. Y más aún, tiene que ver con emocionar. No nos pronunciamos, por tanto, contra la posibilidad de compartir emociones comunes, de conmocionarnos. Es más, resulta imprescindible. Es necesario implicarse, intervenir. Pero, en primer lugar, ante el oleaje de pronosticadores de catástrofes, que airados pretenden acallar otra palabra, el discurso contundente de tantas vidas que, desde la moderación, el pensamiento crítico y la activa participación confirman diariamente que la forma de combatir lo que no es adecuado no es añadir malos modales y descalificaciones. Lo justo es también sentido de la medida. Menos euforias y más mesura y argumentos. Y alguna serenidad.

A. GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.