Se ha repetido estos días hasta la saciedad que la política catalana camina hacia atrás, como los cangrejos. Y que sus cándidas y lamentables peleas infantiles nacen de la rivalidad entre los partidos que se disputan la herencia del nacionalismo. ERC es el ratón de los dibujos animados. Lo suyo es atrapar el queso. CiU adopta la pose irritada del gato.

Fondón, choca una y otra vez contra el muro. Se habla menos de la atonía del PSC, que contribuye como el que más a amenizar el jardín de infancia. Con maneras de niño repipi, el PSC pretende ganarse la confianza del maestro (ciudadanía) acusando a los vecinos de pupitre. "¡Señorita, Artur se ha hecho pis!".

Nunca acierta el PSC a decirnos qué es lo que le gustaría hacer cuando sea mayor. Controla grandes parcelas de poder, pero de su boca no salen más que denuncias de los vicios rivales.

"¡Mariano y Josep también se han hecho pis!". Contra el PP, vive el PSC estupendamente. Y también contra CiU. Aunque mejor vivía contra Pujol: ¡qué tiempos aquéllos! De aquellos polvos vienen estos lodos. El PSC es un partido tácticamente invencible, experto en coleccionar despachos oficiales. Sin embargo, treinta años exactos después de sus primeros éxitos, todavía no sabe adónde va. Lideró, es verdad, la dignificación y modernización de los municipios. Resuelta esta tarea y mientras la inmigración extranjera introduce en dichos municipios colosales retos, seguimos desconociendo cuál es el proyecto del PSC, dejando a un lado sus rutinarias apelaciones al catalanismo social. ¿Hacia qué idea de Catalunya, de España y de Europa pretende conducirnos con su flota de coches oficiales?

Procuremos trascender la caricatura. La rivalidad entre CiU y ERC por la posesión del Santo Grial de la catalanidad no solamente pone en evidencia la parálisis del PSC. Y no solamente responde a una lucha por el poder (aunque es obvio que de eso se trata en primer término). Responde fundamentalmente a la extrema flaqueza con que el viejo sueño romántico de Catalunya se adentra en la selva del siglo XXI. Una flaqueza debida a tres factores objetivos. A la globalización, en primer lugar, que amenaza con simplificar drásticamente la variedad cultural del mundo. Si una identidad tan esplendorosa y magistral como la francesa siente esta amenaza en el cogote hasta el punto de convertir La marsellesa en una muralla, ¿no va a perder los nervios la identidad cultural catalana?

El segundo factor de la flaqueza es económico. La revolución industrial y la pujanza de los siglos XIX y XX explican la autoestima catalana, explican su resistencia cultural y explican los pleitos con la España de matriz castellana por el reparto de poder. Una España que, a lo largo de estos mismos siglos, se dolía acomplejada por la decadencia imperial, por el retraso. Una España que naufragaba en el ensimismamiento; que explotaba en arrebatos de cainismo irredento y feroz autoritarismo. Pues bien, el formidable progreso de la España actual (la coincidencia en la emergente región de Madrid del máximo poder político y de un enorme poder económico) pone en jaque la suficiencia catalana. Y, por consiguiente, cuestiona de raíz los esquemas catalanistas. Es el catalanismo el que ahora se expresa en tono doliente y exasperado. El tercer factor que explica la flaqueza catalana es la inmigración. Las fórmulas del catalanismo romántico se revelan impotentes ante el reto colosal de seducir a los recién llegados.

El tiempo ha envejecido una cierta idea de Catalunya que, con más o menos pasión, comparten las diversas familias del catalanismo. Ahora bien: la salsa catalana ha perdido sabor, pero no ha caducado. Al contrario (como sucede también en las Francias, no sólo en los Quebecs), el patriotismo amenazado está más vivo que nunca en el corazón de muchos catalanes. Exasperado por la conciencia del final. No es extraño que se produzcan peleas y conflictos gallináceos entre los más sentimentales, pues todos dudan y a la vez se reafirman en el camino emprendido en la niebla. Competir en momentos de fragilidad fomenta la exasperación, la fantasía y el trompeteo retórico: ¡autodeterminación! Ningún nuevo relato aparece en el horizonte (pues Ciutadans y el PP son reacciones alérgicas a lo que ya está acabándose, no propuestas capaces de aglutinar mayorías alternativas). En este contexto, el silencio del PSC, el partido que mayor poder acumula, es atronador.

La ciudadanía, obligada espectadora de un escenario deprimente, no sabe dónde agarrarse. Cunden el desconcierto y la estupefacción. Aumenta el desapego. El momento catalán es grave. Las amenazas del futuro son muy serias: provincianización económica, catalanismo doliente, previsible explosión de siniestros populismos reactivos. Pero el porvenir ofrece también interesantes oportunidades. La defensa del eje económico barcelonés cuenta con un frente social extraordinariamente amplio. Y siguen por explorar, por otra parte, las inmensas posibilidades que ofrece la eurorregión: un horizonte que, inteligentemente dirigido, podría compensar, por elevación de miras, el previsible final decepcionante del periplo estatutario. ¿Puede la política catalana abandonar la competición de dibujos animados? Bastaría con que los dos grandes partidos buscaran una fórmula para alejarse del córner de los desequilibrios. Y recuperaran el espacio central en el que la sociedad civil, anhelante, les espera.