“Muchos en Promotora de Informaciones S.A. (Prisa) le llaman el amo, y millones de españoles están convencidos de que Jesús Polanco es uno de los hombres más poderosos de España, el único poder fáctico real que, a las puertas del siglo XXI existe en el país”. Así comienza el capítulo tercero del libro El Negocio de la Libertad, publicado en 1999 por la Editorial Foca. El negocio de Polanco –miembro en su juventud de la centuria García Morato, del Frente de Juventudes- empezó en pleno franquismo y se consolidó, hasta desplegar todo su esplendor, con la llegada de la democracia, en un ejercicio sin parangón de utilización torticera del poder político en provecho propio, destinado a hacer de las instituciones democráticas, de la libertad, un negocio.

“La brutalidad de lo relatado”, se dice en la página 139 de ese mismo capítulo, “ha llevado a muchos a preguntarse por la verdadera naturaleza de las relaciones entre Prisa y PSOE, o entre PSOE y Prisa, dos personas distintas y un solo afán verdadero. ¿Realmente se trata, con ser escandaloso, de un simple acuerdo de socorros mutuos entre un Gobierno y un grupo empresarial privado, un do ut des centrado en la concesión de determinados favores políticos a cambio de cobertura y apoyo informativo, o estamos ante algo más profundo y mucho más serio?”

Estamos, sin duda, ante uno de los grandes misterios, tal vez el único verdadero, de nuestra sedicente democracia: ¿Es el PSOE de Prisa o es Prisa del PSOE? Muchos son los que han llegado a sospechar que entre el tycoon y Felipe González existía y existe algún tipo de relación societaria. Ninguno de los grandes escándalos que salpicaron las dos últimas legislaturas de la etapa González habrían ocurrido de no haber contado con la complicidad activa del grupo Prisa. Ninguna de las miserias morales y políticas que ahora afligen a millones de españoles, incluidos muchos socialistas –la demolición de la Justicia o la rendición del Estado de Derecho ante una banda terrorista-, podrían tener lugar sin el permiso tácito o expreso de Don Jesús del Gran Poder Polanco.

Por eso puede afirmarse sin temor a error que el papel de Polanco y su grupo ha sido fundamental en la desnaturalización de nuestro sistema político, una auténtica desgracia para la democracia española, cuyo estado de postración el amo ha sido el primer interesado en mantener. En efecto y en tanto que la democracia es entendida como una oportunidad para hacer negocios, para forrarse con tirios, troyanos y nacionalistas de diverso cuño, ¿qué interés puede tener el sumo hacedor en apoyar una regeneración de las instituciones? “En Jesús Polanco no hay ideología, sólo hay dinero, sólo importa la cuenta de resultados. Lo expuso públicamente en uno de los consejos de administración de Prisa: “Yo soy un puto, y me acuesto con Suárez, con Calvo-Sotelo o con González. Me acuesto con quien me convenga". La doctrina del puto es la gran aportación a la teoría política de este gran editor y hombre de empresa (página 127 del Negocio de la Libertad).

Lo llamativo del caso es que don Jesús ha hecho negocios tanto con el PSOE como con el PP, tanto con Felipe González como con José María Aznar, aprovechando las debilidades de uno, los complejos franquistas de otros (el tiento exquisito que Rodrigo Rato ponía en evitar cualquier opinión adversa de El País, el Cañón Bertha del editor), y los déficits democráticos de todos. Y mientras Polanco se enriquecía, su grupo editorial se consolidaba como el reino del sectarismo por antonomasia que sigue siendo, el paraíso de las medias verdades, el lugar donde no cabía, ni cabe (el último caso, el de Hermann Tertsch, despedido manu militari la semana pasada) la menor disidencia interna, porque todos en Prisa tienen que interpretar la partitura que dicta ese eximio ejemplo de sectarismo que es Juan Luis Cebrián, celebrado capataz del editor.

Nunca, sin embargo, el poderoso editor había caído en un error tan grosero como el cometido el pasado viernes, 23 de marzo, con ocasión de la Junta General de Prisa, cuando arremetió como toro malherido contra el Partido Popular, un episodio, a mi modo de ver, que revela, por encima de todo, las dificultades del grupo y las debilidades que en esta hora menguante enfrenta su presidente. Y es que el incidente de marras, propio, en el mejor de los casos, de un tipo lenguaraz y poco avisado, hubiera resultado del todo punto impensable hace unos años, cuando el cántabro se hallaba en el cénit de su poder e influencia.

Las cosas han cambiado y amenazan con ir a peor. El negocio de la comunicación –no el entertainment, Latinoamérica, etc.-, en el que Polanco ha basado su poder intimidatorio contra las oligarquías financieras y políticas españolas desde finales de los setenta empieza a hacer agua, como actividad madura y/o mal gestionada. La decisión de obligar al Gobierno ZP a concederle una tv en abierto para poder participar en el festín publicitario de Tele 5 y Antena 3, se está revelando (La Cuatro) como un pozo sin fondo. Además, el grupo no ha sido capaz de gestionar de forma rentable la tele de pago. Los resultados de la SER, un reducto del peor sectarismo, son irrelevantes en términos de grupo, y El País pierde aceleradamente lectores. Last, but not least, Zapatero ha decidido que quiere tener grupo de comunicación propio (La Sexta), porque no termina de fiarse de los viejos amigos de González.

Y se suman las debilidades del propio Polanco. En mal estado tanto anímico (la tocata y fuga de Mari Luz Barreiros ha resultado una losa imposible de sobrellevar) como físico, el personaje más poderoso de España parece querer despedirse de sus paisanos, al menos de la mitad de los españoles, con un discurso de odio y revancha, penosa herencia de quien todo lo tuvo y lo tiene, del hombre que, de grado o por fuerza, todo lo consiguió de todos los Gobiernos.

Lejos del emocionante y emocionado discurso de las tres pes (Paz, Perdón, Piedad) pronunciado por Manuel Azaña el 18 de julio de 1938 en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, con motivo del segundo aniversario del inicio de la guerra civil, con el que el líder republicano quiso realizar un último y desesperado esfuerzo de concordia entre los bandos enfrentados, Polanco se destapa con un mensaje guerracivilista pleno de soberbia, que parece destinado a abonar la semilla del rencor entre compatriotas, precisamente él, el hombre más obligado, en razón a las dádivas recibidas, a trabajar en esta hora crepuscular por la concordia entre españoles. Para quienes todavía no le conocían, este señor se ha retratado de cuerpo entero. Pésima herencia. Funesto personaje.