TRANSBORDO, MONCLOA

Esta vez, la movida catalana no impresionó a España. Pudo hacerlo, porque nunca se había utilizado con tanto desparpajo la palabra independencia. Nunca desde la República se había usado tanto la expresión "Estado catalán". Y nunca había sido utilizada por tantos representantes políticos en el Parlament. Pero no tuvo crédito. Ni la derecha del "se rompe España" ofreció el menor síntoma de alarma. Todo se ha quedado en un fogonazo de cuatro días que fue entendido y calificado en medios periodísticos como un ridículo o un sainete, en medio del elocuente silencio de la clase política de Madrid.

Es lo peor que le puede pasar a una tormenta: que nadie se la tome en serio. La oferta de la presidencia a cambio de un referéndum de autodeterminación se despachó como una frívola subasta. La idea misma ha sido entendida como una carrera de dos, para ver quién cosecha más votos independentistas en las elecciones locales. Y el conjunto del espectáculo fue metido en el amplio saco de una clase política de Catalunya que produce la impresión de que siente la irrefrenable seducción del sobresalto.

Lo más negativo ha sido el juego de contradicciones que hizo olvidar el envidiado oasis. A ERC, que tiene la llave de casi todo, le cuesta ser un partido de gobierno. CiU vive la esquizofrenia de soñar con un ministerio en Madrid, al tiempo que habla de independencia. Montilla ya no podrá dormir tranquilo, porque al primer calentón independentista le pueden subastar su "corona". Y Zapatero ha tenido que ver cómo su sueño de 25 años de paz autonómica se puede destrozar en cualquier barbacoa, en cuanto se llega al tercer calçot.

Ése es el ambiente general. Pero sería injusto reducirlo a esas percepciones. Quizá nos hayamos equivocado todos en los comentarios de urgencia de cada suceso. En el fondo, y salvado el origen casi folklórico del tsunami, lo ocurrido esta semana ha sido el fruto de una resaca y un ensayo. Resaca de todo el proceso estatutario, que ha dejado a los nacionalistas necesitados de recolocarse en el mapa: ERC, que está gobernando con un Estatut que rechazó y no quiere perder su seña de identidad soberanista al colaborar con Montilla, y CiU, que no quiere pasar por ese grupo que, como se dijo, pierde su catalanismo al coger el puente aéreo. Esos complejos, mientras existan, provocarán todos los sobresaltos imaginables. Cuando no sea en una calçotada,será en una fiesta de verano.

Y ensayo, aunque algo burdo en las formas, de cómo se deben recibir los previsibles recortes del Constitucional. Aquí en Madrid es muy fácil invocar el respeto a las sentencias y a las instituciones. Nadie se imagina al señor Aznar, por ejemplo, convocando a las masas porque el mismo tribunal le echó ayer abajo su "decretazo", y además a estas alturas le debe importar un pimiento. Pero en una comunidad con tanta identidad como Catalunya será difícil la sumisión ante el recorte. Si de algo sirvió la escaramuza de estos días, no es para que el Constitucional se sienta chantajeado, sino para que los demás tengamos previsto con qué pólvora responderán algunos: la pólvora, quizá mojada, del Estado catalán. ¿Es desproporcionado e irracional? La historia está llena de esas reacciones.

Movilizados Una de las incógnitas políticas es la rentabilidad electoral de las masivas movilizaciones del PP. ¿Se sentirá tocado Zapatero? Pues sorpréndanse, pero según varios ministros: para nada. Reconocen, que el electorado de Rajoy está caliente y con ganas de urnas a dar el golpe de gracia a los socialistas. Pero el PSOE alimenta su esperanza: "Cuanto más se moviliza la derecha, más se moviliza nuestro electorado". Es su forma de mantener la moral.

Olfato Madrid, inauguraciones mil. Ayer se abrió el tercer túnel del Guadarrama. Magdalena Álvarez quiso cerrar uno antiguo para reparaciones. Esperanza Aguirre se opuso. ¿Otra guerra con una ministra de ZP? Mucho más pacífico: "No se puede suspender el tráfico de un túnel en plena Semana Santa". No tiene relevancia política. Sólo demuestra por qué Aguirre tendrá mayoría absoluta: sabe cómo no irritar al personal.

Será por dinero Cuando Díaz Mera acabó su declaración en el juicio del 11-M sin confesar lo que debía confesar, no crean ustedes que se asustó, se acomplejó o tuvo algún tipo de sentimiento de culpa. Le acababan de imponer una multa de mil euros. Pudo sentir la mala conciencia de no colaborar con la justicia. Pero don Agustín, con toda prestancia, se levantó, se abrochó la americana y se acercó al tribunal. Sólo hizo una pregunta: "¿Dónde tengo que pagar?"