No sabe cuánto cuesta un café y se siente descolocado ante la joven desenganchada del "No nos falles" del 14-M por la noche. Que Zapatero no es un ídolo de multitudes ni va sobrado de carisma ya lo sabíamos. Lo confirmó anoche con un lenguaje mucho más próximo al de otros políticos que al de la gente de la calle y con tendencia a refugiarse en la macroeconomía, el léxico de los despachos y la frialdad de los conceptos contables. Pero al margen de los contenidos y las opiniones emitidas por el presidente, su confesión televisada ante cien ciudadanos “normales" (copyright Rajoy) no reflejó la España crispada que pregonan a diario los medios.

Se habló de la crispación sin crispación. Ese fue el ejemplo de esos cien ciudadanos que necesitan -uno de ellos lo dijo-, creer en los políticos. Tiene sentido porque en el formato elegido no tiene cabida el mensaje manufacturado ni la ira del mensajero. No en la muestra plural de cien personas elegidas por profesionales de la Sociología. El mensaje como pedrada y el alineamiento del mensajero forman parte de la singular aportación de la clase periodística a la tangana permanente y la generación de climas artificiales.

Los preguntones no eran periodistas. Mejor para los telespectadores. Habría sido imposible encontrar al entrevistador o entrevistadores libres de sospecha en el ejercicio de la neutralidad. Los hay pero, con la que está cayendo, nadie se lo hubiera reconocido. Si se procesa la intención política de jueces y fiscales -en clave de partido, claro-, procesar la del periodista es como la gimnasia matinal de cada día. Dicho sea como referencia casual a los predicadores del alba, inevitable banda sonora de la crispada actualidad política.

Sin embargo, ese retrato no se mostró anoche en el original programa 'Tengo una pregunta para usted'. Mientras el ministro Rubalcaba activaba la maquinaria jurídica y policial para reventar el primer intento de Batasuna de presentarse a las elecciones de mayo, Zapatero glosaba por enésima vez su voluntad de sacar a ETA de nuestras vidas. Y mientras el PP hurgaba en su desatinado enfrentamiento con el imperio Prisa de la comunicación, el presidente del Gobierno se abstenía de tachar de franquistas a los preguntantes desafectos. Ni éstos le tomaron por un enemigo de España. Aunque tuvo que escuchar cosas duras: "Me avergüenzo de un presidente que negocia con asesinos", le dijo una de las preguntantes.

Hubo momentos mejores y momentos peores, pero la experiencia, sin precedentes en España, fue muy positiva. Incluida una moderna y atractiva puesta en escena. Fuera del estudio se mantenía la bronca, ya crónica hasta las elecciones generales. O hasta que ETA cometa la innombrable barbaridad que vuelva a juntar al PSOE y al PP contra el enemigo común.

Entretanto, crispación, ira, odios africanos y gerracivilismo en cartón piedra, entre el partido que gobierna y el que aspira a gobernar. Entre la izquierda y la derecha, los tirios y los troyanos, los que se instalan en una trinchera y los que se instalan en la de enfrente. No se trata de desgastar al adversario sino de romperle las piernas e inmovilizarlo. Sería ennoblecer el cuadro hablar de legítima pugna política entre el Gobierno de la Nación y el principal partido de la oposición. Los límites de lo que encaja en una normal disputa de partidos con vocación de gobierno ya se desbordaron hace algún tiempo. Y desbordados van a seguir hasta que el viento purificador de las urnas deje en la cuneta a Rajoy. O a Zapatero.